Películas españolas 2026
Un año, una noche: Las formas del trauma

En Un año, una noche seguimos la vida de Ramón y Céline, español y francesa, pareja y residentes en París, que estaban en la sala Bataclán el 13 de noviembre de 2015, durante los atentados. Las diferentes formas que tienen de afrontar el trauma se mezclan con las obligaciones de sus vidas y los obligan a conocerse mejor a sí mismos y como pareja, al tiempo que los enfrentan a las reacciones de sus seres queridos.
La película de Isaki Lacuesta se atreve a tratar el terrorismo, la falsa sensación de seguridad de nuestras sociedades occidentales y sus contradicciones intermedias desde un punto de vista intimista, en el que ni los atentados ni su posterior investigación o sus consecuencias políticas se narran más allá de la vida diaria de la pareja protagonista. Los meses pasan, la vida sigue, llegan los atentados de Niza -que fueron en verano de 2016, casi un año después- y entre medias lo que ha ocurrido es la nada misma, pero para los personajes es todo. Todo pasa fuera, aunque todo se exprese muy dentro.
Las formas de aceptar seguir vivo

Un año, una noche debe su título a que cierra con el primer aniversario de los atentados, que a su manera es un cierre personal para los personajes. Explora todas las versiones de superación del duelo o el trauma que se le ponen por delante, dentro del filtro joven, urbanita y burgués que caracteriza a los protagonistas. Desde quien lo niega y no quiere hablar más del tema hasta quien decide abandonar París o quien se plantea si ahora es o no racista por el miedo y odio que de repente le suscita todo lo árabe. O Ramón, que toma nota de todo lo que pueden recordar él y sus amigos obsesivamente, como para que hizo Ramón González, autor de Paz, amor y Death metal, libro en que se basa el guión de Isaki Lacuesta, Isa Campo y Fran Araujo.
El arranque, como parte de la campaña de promoción, juega con las icónicas mantas térmicas reflectantes para las víctimas de episodios similares y la vuelta a casa, de manera que vemos a Céline y Ramón caminando por las calles de Paris como quien regresa de una juerga en la que las copas han entrado mal y ven pasar un autobús en el que viajan varias personas con el mismo envoltorio dorado y plateado que ellos. Supervivientes de una matanza mediática de repercusión mundial que toman el buho para volver a casa. Luego pasamos a la mañana siguiente, y vemos a los protagonistas poniendo una lavadora o haciendo la compra, porque es fin de semana y toca.
El mensaje, si es que se puede decir que la película lo tenga, no pretende ser muy original, ya que habla de cómo la misma vida permite sanar las heridas que provoca… seguir vivo. Aunque algunos personajes sufren ataques de pánico y otros viven en negación constante y para todos se recomienda la terapia, la curación parece proponerla el mismo paso del tiempo y la voluntad de estar aquí y ahora y disfrutar de lo que se pueda.
El final (o no) de Un año, una noche

El miedo constante en el que acaban instalados los protagonistas, al final, se basa en una cierta ambigüedad apoyada por la propia narración de la cámara de Lacuesta. El fuera de campo sirve para mantener a los terroristas y la violencia en sí más allá de nuestra vista, sí, pero no solo como una forma de piadosa elipsis, también como amenaza latente que sobrevive al propio momento traumático y no deja de acompañar en cada momento de sus vidas posteriores a los personajes.
La cotidianidad, el puro aburrimiento del regreso a la vida que parecía normal antes del atentado, se expresa a través de esos vacíos que deja la cámara no enfocando al punto que sería de máximo interés en otra película, en los flashbacks pero también dentro de un guión que a veces parece no ponerse de acuerdo consigo mismo. Lo que vemos no son siempre momentos vividos, también se encarnan terrores imaginados, y algunas confesiones o avances de la trama tienen más que ver con la subjetividad del personaje que con un retrato realista de los hechos.
También queda otra posibilidad. Que el recuerdo de la pólvora y el vaho de los cuerpos iluminados por las luces de emergencia del club, cuya relevancia concreta no explicaremos, sea en realidad un recuerdo compartido más allá de los personajes de la película o del libro de González. Un recuerdo de cómo tendemos a buscar la belleza o la alegría incluso en momentos como ese, pero también, como insiste Un año, una noche, de que la estabilidad y despreocupación que llamamos normalidad no son tales, sino un estado transitorio en el que intentamos olvidar el miedo permanente y que solo el amor, en sus diferentes formas, puede aliviar.
Imágenes: Un año una noche – BTeam Pictures (Montaje de portada: Miguel Casaseca)

