Series españolas
Sicília sense morts: La mafia necesita disparar, los partidos no

En Sicília sense morts el recién elegido presidente de Baleares recibe en su casa por correo una rata muerta. Este hecho, una amenaza implícita evidente cuyo autoría no está clara, provoca un efecto dominó que remueve la política, las finanzas y el periodismo de las islas. Una funeraria con manejos poco claros, préstamos de empresarios afines a cambio de favores, un político en extremo narcisistas y periodistas con menos coherencia con sus ideales de la que quieren admitir chocarán cuando los acontecimientos se precipiten.
Sobre el papel esta historia puede tener mucho de Crematorio, aquella miniserie de hace ya más de 10 años que trajo el acabado de las «series de prestigio» a las Españas. Solo que aquella descafeinaba, y mucho, la novela original de Rafael Chirbes, y no es el caso de Sicília sense morts, que tiene sus cambios, porque en el traslado de medio siempre son inevitables, pero no solo no quita vitriolo, es que lo añade. Un buen termómetro de cómo ha cambiado nuestro audiovisual si añadimos que aquella la emitió el extinto Canal+ y esta la pasa en abierto una televisión pública.
Sicília sense morts no es (de momento, solo hemos podido ver dos episodios) la serie definitiva sobre corrupción que estábamos esperando, pero tiene la novedad de que la vincula directamente con las redes de extrema derecha herederas del clientelismo franquista y que viene de la mano de tres cadenas públicas. Es cierto que esto último también tiene que ver con la corrupción de quién se refleja (Partido Nacional, en la ficción, logo azul marino con una ‘P’ bien grande) y quiénes controla dichas televisiones. Pero bueno, menos da una piedra.
Sicília sense morts y los intereses creados

Es curioso porque la idea de «Sicilia sin muertos» no es exclusiva de Mallorca, aunque se ha repetido varias veces y tiene que ver con los vínculos culturales -y económicos- de los Països Catalans o como usted los quiera llamar con el sur de Italia. A un fiscal antimafia italiano de visita en Granada se le escapó una vez que en España no hay mafia porque están los partidos políticos, que son los que absorben esos sistemas clientelares de intereses creados. Y si la mafia italiana dispara es porque tiene resistencia, si no le hiciese falta, no lo haría. Saquen ustedes sus conclusiones.
Así, Sicília sense morts, como la novela de la que bebe, tiene su punto fuerte en un guión que explica perfectamente las relaciones de dependencia, los rencores y los chantajes políticos y económicos en un entorno tan pequeño y autocontenido. Aunque las corruptelas son previsibles, los roles y las caracterizaciones no tanto, no llegan a caricaturas, y dan humanidad a unos personajes que la necesitan para ser soportables y que son más creíbles en la medida en que no se les buscan puntos débiles tópicos. Se refleja bien el modelo del corrupto medio que nos dan las noticias, el vendeburras encantador con pies de barro y mandíbula de cristal, como un Venga Juan sin parodia, aunque se acompañe de golpes de humor inesperados que alivian de tanta intensidad.
Normalmente la cámara interviene poco, dejando a los personajes moverse en su ambiente o insinuando alguna acción fuera de cámara, excepto cuando desea meternos en la cabeza de José Antonio Bergas, el ficticio presidente balear. El papel lo clava Fèlix Pons, tanto en los discursos carismáticos como en los momentos de miseria y cobardía, pero el plano también ayuda cuando nos coloca a la altura de la mirada o lo sigue en un momento de ansiedad. Meternos en sus manejos y justificaciones, aunque se disperse el protagonismo por momentos, es lo que le da interés a Sicília sense morts.
Del trazo fino al brochazo a lo loco

Quizás, en el debe, habría que señalar la voz en off de Aina, interpretada por Mar Fiol, la joven periodista que ya arranca la serie advirtiéndonos que el caso que vamos a ver acabó con sus ideales de verdad y justicia. Un exceso algo intenso, tanto formal -es un flashforward en el que, con planos aberrantes, la vemos desordenar la redacción mientras grita desesperada- como temáticamente en una serie que busca ser sobria y «realista sucia». El punto de vista de ese personaje puede ser interesante, pero rompe completamente con el tono del resto que sea tan intervencionista y, al menos en los dos episodios que hemos podido ver, no se justifica que tenga tanta información sobre hechos a los que no tiene acceso. A veces lo que funciona en papel se traslada mal al audiovisual.
Los manierismos «de prestigio» quizás son lo más decepcionante en una serie que crece cuando se limita a mostrarnos al presidente Bergas reaccionando en silencio a las malas noticias en televisión o recordando momentos comprometidos en mitad de una intervención pública. Hay metáforas poco sutiles, vamos a decir, como tenerlo regresando a casa en el coche oficial en paralelo a una rata que corre por un descampado. Y cuando aparece el líder nacional de su partido en Madrid le falta ponerse la gafas de sol de Torrente y dirigirse a la camarera como «chochete». Tanto cuidado en redondear a los protagonistas y el que debería ser el equivalente maquiavélico a un Bárcenas parece una caricatura del representante de Guti en la tercera ronda dentro de un reservado del Club Pigmalión. Leerse El Príncipe no te convierte en maquiavélico.
En resumen, Sicília sense morts no es la gran serie sobre la corrupción que seguimos teniendo pendiente, pero es un intento que se queda lo suficientemente cerca. La impregna el mismo pesimismo antropológico que a El Reino de Rodrigo Sorogoyen, aunque se vuelva más ampulosa por momentos. A veces le puede su deseo de mimetizarse con las «grandes series» de otros países y otras veces sobreexplicarse y hacerse tontorrona cuando no toca, pero en general, es una producción más que notable que hace lo que quiere con eficacia. Pide verla completa con paciencia y atención.


Jose A. Cano