Series españolas
Mía es la venganza: Sálvame, por favor

En Mía es la venganza comienza hace 20 años, el día que Sonia huyó de su marido maltratador después de que este asesinase a su mejor amiga cuando intentaba defenderla, llevando a las hijas de ambas en el coche. Al sufrir un accidente, se ve obligada a elegir y salva a su propia hija. De vuelta a la actualidad, Mario, el otro hijo de la amiga fallecida, regresa como un adulto para infiltrarse en el exclusivo club social que dirige ahora Sonia, convertida en una empresaria de éxito (y corrupta). Allí está también Olivia, la niña superviviente, que intenta prosperar a la sombra de su madre.
La nueva serie diaria de Mediaset ha llegado en un panorama curioso: con el formato resucitando para la industria vía RTVE mientras el gran éxito del mismo, de la competencia directa, Antena 3, Amar es para siempre, anuncia su final, y sustituyendo al otrora buque insignia de su cadena, Sálvame, cancelado tras la ardua polémica de que sus presentadores se pronunciasen políticamente en un sentido contrario al gusto de los directivos. Es curioso, porque no han debido leer los guiones de la serie que los sustituye.
Por sí misma, Mía es la venganza es un culebrón de manual con todo lo bueno y todo lo malo que ello conlleva. Mirando la sinopsis, la logística y el reparto, es casi la misma serie que La Promesa, con una trama que parte de un personaje que oculta su identidad y amores secretos cruzados, una localización «única» pero extensa, actores muy veteranos —la de Mediaset con el reclamo extra de Lydia Bosch— junto a novatos que formar como estrellas…
Además la serie ha tenido su propio culebrón por vaivenes internos en este caso de Alea Media, productora de series como Patria. El fichaje por la misma de Amalia Martínez de Velasco, antigua directiva de RTVE, provocó algún tipo de fricción creativa con Autora Guerra, creadora de Mía es la venganza (y de las recientes Fuerza de Paz o Escándalo, relato de una obsesión, además de El secreto de Puente Viejo), que acabó con el despido de la segunda y la sustitución de parte del elenco principal. Guerra ha sido elegante al respecto, digamos, y ha invitado desde sus redes a seguir la ficción, así que se intuye que las tramas originales han debido ser respetadas.
Mía es la diversidad

El problema de Sálvame, por lo visto, es que era un programa, y cito a su popular presentador, de «rojos y maricones». En Mía es la venganza de lo segundo hay bastante —el otro hijo del personaje de la protagonista, además de un buen puñado de secundarios que cubren todo el espectro de las siglas LGTB— y de lo primero no podemos estar 100% seguros, pero el personaje de Lydia Bosch es una especie de traducción al formato culebrón del que interpretaba Alicia Borrachero en Crematorio, con una diferencia de clase social de partida que puede ser clave, pero igual de corrupta. Y el alcalde chiquilicuatre de Mía es la venganza no necesitamos que nos digan de qué partido es, gracias.
La diversidad que por lo visto molesta mucho a «la gente» está por todas partes en esta serie, incluso la de clase social, aunque sea de aquella manera, porque el trepismo y desclasamiento son consustanciales al culebrón. Tenemos varios personajes racializados —la mayoría trabajando para los blancos ricos—, una secundaria ciega LGTBI, otra con sobrepeso —su trama gira alrededor de eso, qué remedio—, otro tan abiertamente bisexual que es que va provocando el tío… El otro día, en el Teatro de La Maestranza de Sevilla, se abucheó una versión de Tosca en la que había un beso gay. La misma gente que se espera que vea Mía es la venganza no es la que va a la ópera. Habría qué pensar quién es «la gente».
Aparte, el personaje de Mario, interpretado por Jesús Sospedra, adopta el papel que en La Promesa tiene el de Jana (Ana Garcés): se infiltra como parte del servicio, oculta su identidad, utiliza su atractivo para marear a una de las hijas de la jefa, se finge desvalido para ganarse a sus compañeras de trabajo… Incluso el cliché de ‘la mala’ atizándose un vinazo mientras mira una foto del objeto de su ira y dice «Mía es la venganza» lo ejecuta él. No es un chulazo como los de Pasión de Gavilanes o William Levy en cualquier papel que le den, aunque el actor sea guapete, sino que adopta roles sumisos o astutos habitualmente femeninos sin ninguna vergüenza por parte del guión.
Viendo Mía es la venganza uno piensa que este análisis tan, en principio, superficial de Ramón Gómez Ferriz en El Confidencial tiene algo de razón: a la larga la carcundia tiene perdidas todas las «guerras culturales» porque currar en cosas de la farándula es de mataos y, o seguiremos haciéndolo los hijos de los pobres, o el pijo que lo haga se hará progre aunque sea por postureo. El 90% de las series españolas son bastante conservadoras en su forma de definir las relaciones sociales, románticas y de clase, —Mía es la venganza es clasista desde el paternalismo—, todo el mensaje de diversidad y opresiones sociales —también hay una secundaria yonqui— está aquí. Solo que Lydia Bosch no va a pedir el voto para nadie. Directamente.
Mío es el melodrama

¿Todos los tópicos del formato los cumple Mía es la venganza? Un poco sí, pero algunos son precios a pagar por el ritmo de producción diaria: mucho relleno desde el principio —eso del descompressive storytelling, o sea, alargar innecesariamente—, actuaciones rozando el fuera de juego —cuando vas a ritmo machete no da tiempo a muchas tomas o ensayos, la ventaja es que si aguantan suficiente el reparto se hace tanto con los personajes que luego todo va rodado—, tramas demasiado retorcidas, diálogos demasiado explicativos, redundancia —te enseño una cosa con acciones, pero luego te insisto en otro diálogo sobre exactamente lo mismo— y etcétera.
No lo hace especialmente mal ni especialmente bien. Vuelve al muchas veces comentado por aquí mensaje subyacente del culebrón de todas las épocas: la única forma de ascender socialmente para un currito o una minoría es ser o muy bueno o muy malo. Y como quiera que en la ficción actual lo de ser muy bueno, si no eres Ted Lasso, suena inverosímil, acabamos teniendo a protagonistas como la que tiene aquí Bosch, que para superar ser víctima de violencia de género y siendo una currita, se convierte en tiburona corrupta sin escrúpulos. Como moraleja de clase es preciosa y más perjudicial para eso de «el sistema» que veinte filípicas de Pablo Iglesias de Canal Red.
Otra cosa es que, aunque nadie sea «muy bueno» —excepto algunas de las curritas secundarias que son empleadas serviciales y sus subtramas son amorosas cómicas—, las moralejas subyacentes aquí apuntan a ser las mismas de siempre. Por el camino nos tocan detectives privados, yonquis o proxenetas poco creíbles y seguramente en algún momento policías igual de impostados, pero también salidas del armario muy locas y dramáticas o hijos secretos ocultos durante décadas —no es spoiler, es que sería un giro impactante lógico— y, por supuesto, venganzas imposibles.
En fin, que Mía es la venganza es un gran sustituto de Sálvame, aunque igual a algún actor del reparto no le acabaría de hacer gracia esta idea, en el sentido de que los efectos indeseados para los directivos de la segunda lo que hace es soterrarlos y posponerlos al medio y largo plazo, y también un culebrón diario bastante competente, que si se tiene gusto por lo traído por los pelos que tiende a ser el formato, será más que disfrutable.

Jose A. Cano