CRÍTICAS
Mi querida señorita: Una película partida en dos que se sobreexplica tapando sus aciertos

Stills de 'Mi querida señorita'. ©Michael Oats. Montaje: ©Cine con Ñ
Mi querida señorita es la historia de Adela, una joven profesora de catequesis y restauradora de antigüedades que vive con sus padres y su abuela en Pamplona a finales del año 1999. Todo cambia cuando un antiguo compañero del instituto vuelve a su vida al mismo tiempo que irrumpe una persona nueva, la fisioterapeuta que acude a atender a su abuela. Adela no puede evitar sentirse atraída por ella, pero necesita aclarar cosas sobre sí misma. Por ejemplo por qué necesita tomar estrógenos y su madre no la deja ir al ginecólogo.
Tremendo reto el de Fernando González Molina (Legado en los huesos, The best day of my life), «actualizar» el clásico de 1972 de Jaime de Armiñán, icono del cine español en general y del queer en particular, con la curiosidad de coincidir en el Festival de Málaga con la igualmente arriesgada Día de caza, de Pedro Aguilera. Producen Javier Ambrossi y Javier Calvo para Netflix, y eso, que puede ser una garantía, es también un riesgo. Porque además cabe la duda de si para contar esta historia hacía falta el referente histórico.
Mi querida señorita tiene como protagonista a la debutante Elisabeth Martínez y en un trasunto del personaje de Julieta Serrano a Anna Castillo, que es la que mejor está del todo el reparto. El casting es un tanto esquizofrénico, combinando solvencia con caras conocidas y el tradicional baile de guiñitos y cameos marca Los Javis. María Galiana, Nagore Aranburu o Paco León podrían hacer sus papeles con los ojos cerrados, Eneko Sagardoy es el que no parece muy cómodo con el suyo, equivalente al que en el 72 interpretó Antonio Ferrandis.
Mi querida señorita, en dos partes

Mi querida señorita está dividida en dos mitades claramente diferenciadas que además actúan como espejos la una de la otra. La primera es la vida de Adela en Pamplona, entre el trabajo como restauradora en la tienda de antigüedades de su padre, la catequesis y cuidar de su abuela, donde empieza a descubrirse a sí misma. La segunda comienza tras descubrir que es una persona intersexual y mudarse a Madrid, presentándose como un hombre, A.D., para abrazar su nueva identidad y crear una «familia elegida».
La película juega a que se reflejen: la familia biológica reprimida con los compañeros de piso que se pasan de comunicativos, el detalle en la restauración de obras de arte por el cuidado en reparar corsés de dominatriz —hay trabajos peores—, la Navidad por el día del Orgullo. Es un comentario también hacia la primera película, porque quitando la reaparición de la novia, la parte de Madrid no tiene apenas elementos del original, implicando como la «actualidad» (el 99-2000 en que se ambienta) consigue superar las restricciones de los años 70.
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Y aunque tenga sentido y ese juego especular nos dirige hacia un final «feliz» en el que A.D. construye un yo más sano y en paz esté bien pensado… no funciona. Las dos partes son muy dispares. La primera está mucho más conseguida en su ambientación, mientras la segunda suena a 2026, no al año 2000, aunque usen móviles compactos y paguen en pesetas. Sus tonos deben chocar, pero no tanto como para que la primera parezca un drama costumbrista y la segunda un desfase de cameos con check-list de identidades diversas que retratar.
No ayuda que la transición entre una y otra se haga con un discurso del personaje de Paco León —un cura homosexual que plancha bailando a Mónica Naranjo que yo me comería con patatas en El Ministerio del Tiempo o Física o Química, pero aquí no— que parece el del entrenador de beisbol de Timmy en un dramita de sobremesa gringo. En la parte de Madrid hay al menos tres parlamentos de personajes que le desvelan la verdad de la vida a A.D. y resultan pesados, anticlimáticos y sobreexpositivos. No había necesidad.
¿A cuánto público quieres llegar?

El problema del exceso de explicaciones de Mi querida señorita es que está buscando el forofismo de un público entregado antes que ser una película narrativamente sólida. Y en parte lo hace a base de discursos antinaturales —¿nadie deja hablar a Adela ni en su propia historia?— porque estamos tan impregnados de la forma de contar las cosas del audiovisual estadounidense que ni nos damos cuenta de lo artificiosas que son. Es la manera por defecto de buscar la emoción fácil, aunque reviente el tono naturalista de la historia.
La parte de Madrid se desliza por senderos que si se diesen en el Universo Marvel calificaríamos de fanwank. El personaje de Manu Ríos se lleva a A.D. de discoteca por Chueca y hay desfile de cameos gratuitos. Los lazos con la «familia construida» del protagonista se crean porque sí en medio diálogo. La chica lo ama con locura porque patata: se habían visto tres veces en 10 días. Es un enamoramiento tan gratuito —o sea, ¿no será un calentón, mi arma?— que si fuese un personaje cishetero nos cantaría a fantasía proyectiva. Etcétera.
Por el camino, se deja mundos e identidades que habría sido interesante explorar con Adela o A.D., como el de las chicas lesbianas, abertzales y aspirantes a actrices de Pamplona en el puñetero 1999. Que están menos vistas que todas las drags de Chueca, con perdón. Por momentos Mi querida señorita parece un capítulo extra, y mal resuelto, de Vestidas de azul (2023).
Entiendo perfectamente que las identidades LGTBIQ+ y diversas no suelen tener finales felices y las historias que no patologizan sus vidas se cuentan con los dedos de una mano y se suelen considerar de nicho. Los tics de la segunda parte de Mi querida señorita la aparcan precisamente en ese rincón porque no busca superar ese final feliz, ni siquiera construirlo con cierta solvencia. Es mucho más redonda, en ese sentido, Te estoy amando locamente (2023), por hacer una comparación odiosa.
Mi querida señorita no es una «mala» película, pero sí mediocre. Tiene muy buenos momentos, sobre todo en su primera mitad, y un par de actores muy entregados a sus papeles. La planificación de los contrastes entre las dos etapas de la vida del personaje está muy bien pensada y el mensaje de aceptación que quiere dejar es muy positivo. El problema es qu ela moraleja o la causa de una película no la hacen nunca «mejor«, y menos si se interponen en el camino de la historia.
Dónde ver



Jose A. Cano