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Películas españolas

La piel del tambor: James Bond con alzacuellos

Hace, quizás, lo peor que puede hacer una adaptación: ser demasiado fiel y demasiado poco al mismo tiempo
La piel del tambor: James Bond con alzacuellos 2

En La piel del tambor el padre Lorenzo Quart, un agente del servicio secreto del Vaticano, es enviado a Sevilla a investigar las extrañas muertes que se suceden alrededor de una pequeña iglesia en peligro de demolición. Allí se encuentra con un sacerdote de pueblo que oculta secretos, un banquero especulador y dos duquesas, madre e hija, dispuestas a todo por conservar el legado de su familia.

Esta adaptación de la novela de Arturo Pérez-Reverte parece una película de hace 25 años, es decir, de cuando fue escrita la misma, o un piloto de una serie que se estrena directo a cines, como una versión con más nivel de la fallida Quart que estrenó Antena 3 en 2007, el primer intento de llevar el texto literario al audiovisual. No está mal, pero tampoco bien. Es un producto menor, algo torpe por momentos.

La piel del tambor, The Man From Rome para el mundo angloparlante, es un thriller tan correcto que sin llegar a ser mediocre no consigue destacar por nada. Una coproducción diseñada para ser tan internacional y exportable que al final se queda sin personalidad y se olvida de justificar por qué se rueda donde se rueda y no en cualquier otro lugar. Una historia de espías para cumplir que ni siquiera aprovecha bien que está protagonizada por curas para desaparramar un poco, solo le pone alzacuellos a James Bond y tira adelante.

La piel del tambor y el espíritu del best-seller

La piel del tambor: James Bond con alzacuellos 1

La primera novela de Dan Brown, el infumable autor de El Código Da Vinci, un señor que roza el analfabetismo funcional pero aún así vive de escribir mientras yo tengo que ir a ver estas cosas para pagarme el alquiler, se llamó La fortaleza digital. Esa novela existe porque La piel del tambor, de Arturo Pérez-Reverte, se tradujo al inglés y lo petó en EEUU. Brown, que es un lerdo, la plagió mezclándola con tonterías sobre cómo se pensaba que funcionaba internet en la época y parió el célebre ladrillo en el que la Giralda tiene escaleras y el zumo de arándanos es la bebida típica de Sevilla.

La piel del tambor, la película, no llega a esos extremos, sino que se pasa por el otro. Podría ocurrir en Sevilla, en la campiña inglesa o en Buenos Aires, da un poco igual. Arranca con el equivalente a San Patricio para Andalucía del cine cutre, una procesión de Semana Santa. El cura protagonista al final tiene personalidad de detective-que-se-implica-en-problemas-que-no-va-con-él con sus traumitas, pero ni siquiera el hecho patente de que está saltando a la comba con el celibato (créanme, no es spoiler) le causa conflicto.

A esto se añade un pecado aún más grave para una «de suspense»: ejecuta una resolución muy torpe y completamente anticlimática de los dos misterios centrales que lanza. De acuerdo, saber quiénes son el asesino y el hacker, incluso dirimir que son la misma persona, en el fondo son solo excusas para que el protagonista se introduzca en el ambiente propuesto. Pero claro, como el ambiente, en realidad, es neutro, pues por lo menos habría que trabajarse un suspense apañado. No vale que el misterio pocho precisamente sea 100% fiel a la novela si en otras cosas no la han respetado.

Personajes planos contados de forma plana

La piel del tambor

Decía más arriba que parece el piloto de una serie, una versión con mucho más presupuesto de la que intentó hacer Antena 3 hace ya 15 años. Se nota en el empeño en presentar más el ambiente vaticano de los personajes que el presunto tema central del filme. Le crean al padre Quart un M y un Q con sotanas, un enemigo interior y un Papa presuntamente progresista y moribundo, todo elementos que no estaban en el libro (para empezar porque en aquel el Santo Padre era Juan Pablo II, no uno ficticio, y ahí la cosa cambiar). Pero la película acaba y ya, tampoco juega con eso. La piel del tambor puede parecer «007: Operación Pájaro Espino», que como ocurrencia pop tiene gracia, pero luego roza el telefilm.

La narración, así, no es solo completamente funcional, es que a veces se pasa de simplona. El arranque presenta situaciones al buen tuntún, con 3 o 4 falsos principios e incluso dos introducciones diferentes (y contradictorias sobre lo que quieren contar) para algunos de los personajes. La estructura, ya saben, eso de planteamiento, nudo y desenlace, mezcla demasiado la fidelidad a la novela con la trama añadida de conspiraciones vaticanas, de manera que se les descuadra. Hasta Roque Baños se limita a ponerle una banda sonora genérica para subrayar la tensión y poder marcharse rápido a casa.

En fin, que La piel del tambor es uno de esos filmes que se siguen estrenando y parece que llegan más de dos décadas tarde. Probablemente tendrían más suerte y mejor audiencia como miniseries manteniendo su espíritu de aventura popular cumplidora. Hace, quizás, lo peor que puede hacer una adaptación: ser demasiado fiel y demasiado poco al mismo tiempo. Entretiene, así que tampoco se puede decir que no haga su trabajo, pero se puede vivir sin verla, incluso si se es muy fan de la novela.

Imágenes: La piel del tambor (Montaje de portada: Miguel Casaseca)
Jose A. Cano

Jose A. Cano

Jose A Cano (Lora del Río, Sevilla, 1985), es licenciado en Periodismo. Ha trabajado en medios como El Mundo, 20 Minutos, El Confidencial o eldiario.es, entre otros, como periodista de local, internacional o Cultura. Actualmente ejerce como redactor en Cine con Ñ y colabora con medios como El Salto o El Español, entre otros.