CRÍTICAS
La niña de la cabra: Mirada infantil para sobrevivir a los 80 gracias a la ternura

Stills de 'La niña de la cabra'. ©Manuel Fernández-Valdés. Montaje: ©Cine con Ñ
La niña de la cabra es Serezade, una niña gitana que vive en el mismo barrio que Elena. Elena tiene ocho años, se está preparando para hacer la Primera Comunión y está preocupada porque su abuela está enferma. Sus padres no acaban de ver bien su amistad con Serezade y a ella, además, le da miedo la cabra con la que esta va siempre. En clase le han enseñado las pinturas negras de Goya, con un macho cabrío presidiendo el aquelarre, y para Elena ya son lo mismo. Al mismo tiempo tiene sueños en los que vuela y visita a su abuela en las nubes o en otros planetas. Pero eso no puede ser, porque su abuela sigue viva.
Ana Asensio vuelve a dirigir un largometraje tras Most beautiful island (2017). Una película en un tono completamente diferente, aunque también con un ojo en la exclusión y con un personaje principal que calla sin otorgar. Otra niñez ochentera (El universo de Óliver, Rita, etc…), que ya llevamos unas cuantas y son casi un subgénero en sí misma, enfocada desde el costumbrismo y con toques aquí y allá tanto de comedia como de drama, aunque sin cebarse en ninguna, buscando la naturalidad y el filtro de la percepción de la niña protagonista (Alessandra González) por encima del resto.
En La niña de la cabra hay un poco de un par de películas recientes sobre infancias ochenteras: El universo de Óliver (2022), de Alexis Morante, y Rita (2024), de Paz Vega. Con la primera tiene en común el duelo por la muerte del abuelo con duelo onírico y la cuestión de los prejuicios, así como el rito de paso tradicional (aquí mucho más explícito esa Primera Comunión) como hito narrativo, que también está, truncado, en la de Vega. Es curioso porque son tres películas andaluzas, y no sé si es simple coincidencia o que la mayoría de infancias idealizadas nos vienen de regiones no empobrecidas del norte y de las del sur la única que tiene cierta industria cinematográfica es Andalucía.
La niña de la cabra y la memoria

La amistad entre Elena y Serezade (Juncal Fernández) se mueve por terrenos más o menos previsibles, aunque lógicos dado el realismo que quiere imprimir Asensio a la narración. Hay poca idealización en esta niñez de los 80 no tanto porque haya situaciones duras, que también, sino porque, como en la Morante, el mundo infantil, el que crean los pequeños entre ellos, se presenta como fundamentalmente hostil y estresante. La protagonista se hace amiga de la niña de la cabra por curiosidad hacia lo considerado ajeno, sí, pero también porque se encuentra con alguien ante quien no se siente obligada a demostrar nada ni a reprimirse.
La narración en ese sentido es fundamentalmente práctica, y sigue la mirada de Elena cuando le conviene y cuando no la objetiva desde la vista de los adultos, aunque estos sean casi siempre una presencia lejana. La abuela prostrada en la cama simboliza de forma evidente la tradicional alianza entre las generaciones dependientes, saltando a esos adultos (Javier Pereira y Lorena López) cuyos problemas, más que en otras, se nos hurtan o confunden, transmitiendo el misterio que todo ese mundo supone para una niña de ocho años. Lo mismo para el cura que interpreta Enrique Villén: para la cámara es un personaje histriónico y risible porque así se ve a ojos de Elena.
En ese sentido se puede añadir que no se inventa los años 80 ni se empeña en subrayar las diferencias. La madre deja bajar a la niña sola a la calle porque así eran las cosas, no es un drama ni una reivindicación de la libertad frente a la generación de cristal, es que es como sería la vida de esa niña. El mundo era más relajado, que no necesariamente más seguro, y menos consciente de otras realidades, pero no existe en competición con el actual, sino como explicación de la niñez de esa generación que ahora es no ya adulta, sino directamente cuarentona.
Las miradas infantiles y las crisis

La niña de la cabra se quiere inscribir también en cierta tradición de miradas infantiles que lo cuentan todo desde la aparente inexpresividad —que va desde El espíritu de la colmena (1973) hasta 20.000 especies de abejas (2023)—. Es decir, los ojos de Elena son importante no solo como filtro de la información, sino como centro de atención del plano y guía de los diferentes episodios. Si el momento es cómico, onírico o coquetea con la aventura, nos lo indicará la cara de la actriz. Hay un trabajo de dirección y planificación importante, que sabe transportar nuestro ojo adulto a través de las sensaciones que transmite la pequeña.
Quizás no funcione bien del todo en el remake femenino de El Principito que se marcan Elena y la abuela (Gloria Muñoz), esos momentos en que la película coquetea incluso con los homenajes al cine clásico de La invención de Hugo (2011), pasa al blanco y negro y el formato se estrecha hacia el 3:4. Es posible que porque resultan momentos extradiegéticos: no se ha sembrado, o no se ha sabido integrar, que la niña de 8 años del año 80 y pico sueñe en cinéfilo. Son tiernos, están bien diseñados, pero quedan como pegotes en el conjunto, al contrario que su interacción con la cabra, por ejemplo.
En fin, que La niña de la cabra es mejor retrato de época que fábula, aunque no hace nada necesariamente mal, que acierta en la forma de filtrarnos la forma de vivir los acontecimientos de la niña. Y, sobre todo, acierta en centrarse en su mirada para regalarnos un plano final tan lleno de ambigüedad como la pregunta que abre para su generación, que es la de los límites entre la rebeldía, el conformismo y trazar el propio camino por uno mismo y no por oposición.

Jose A. Cano