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Críticas

Honor: Juicio por combate

La adaptación de la estadounidense 'Your Honor' y la israelí 'Kvodo' apuesta más por el melodrama que por el thriller pero logra sostenerse gracias a su reparto
<strong>Honor</strong>: Juicio por combate 1

En Honor, el juez Romero es un magistrado en Sevilla que sigue de duelo por la muerte de su esposa. Conocido por su incorruptibilidad y su profundo sentido de la Justicia, el honorable juez ve comprometida su honestidad y a su familia cuando su hijo se ve envuelto en un accidente de tráfico del que huye tras dejar solo al atropellado, que resulta ser el menor de un peligroso clan de la droga de la ciudad. A partir de ahí, Romero debe intentar utilizar su conocimiento del sistema legal y sus contactos para proteger a su hijo… pero sin perjudicar a ningún inocente en el camino.

Honor es una adaptación de la estadounidense Your Honor, a su vez una traslación de la israelí Kvodo (que tiene más versiones, incluida la francesa Un hombre de honor, la mayoría con más variaciones de estilo que de fondo). Donde la original tenía al reputado Shlomo Moshiah y la anglosajona a un machaca del drama judicial y el noir como Peter Moffat. Dario Grandinetti viene a ser nuestro Bryan Cranston, aunque sin ser productor del invento, en un formato que opta más por la vía del melodrama que sus predecesores, eso sí.

Honor es otra apuesta de Atresplayer por el producto que busca el mismo rendimiento en streaming que en abierto (Las noches de Tefía y similares no salen a Antena 3 completas, que son para fidelizar suscriptores y venderse fuera, y otras como Heridas tienen más espíritu de emisión lineal). La prueba es que el nivel de producción, la parafernalia y muchos nombres son de serie de más aspiraciones, pero el desarrollo es más sencillo y directo que en otras de la misma casa y, sobre todo, más de drama familiar que de género negro.

El juez sin juicio

Honor serie atresplayer

La gracia de Honor es, o debería ser, el tener a un juez incorruptible, un tipo que no solo se sabe los entresijos del sistema, sino que además está acostumbrado a impedir que se usen para mal, necesitando desesperadamente poder aprovecharse de ellos. La situación es un poquito alambicada, aunque no tan loca como para que resulte inverosímil. Quizás el mafioso José Luis García-Pérez tiene algún diálogo que suena más acartonado o peliculero mal, un narco español amenaza más de andar por casa y eso el actor lo tiene más claro que el guión. Pero bueno, bien, se sostiene.

El peso, de todas formas, está en Dario Grandinetti y su entorno familiar y laboral, donde hay toques de melodrama excesivos —no solo la viudedad, que venía de serie, también la suegra metiche y algún detalle más— pero que se mantiene porque el juez es creíble. Sin él, todo el tinglado se vendría abajo. La escena que lo presenta como un tipo recto pero escrupuloso con la ley quizás se pasa de excesiva —el empresario malvado, la empleada con cara de buenísima persona— pero al menos se molesta en no darlo todo mascado, se muestra como es mediante la acción, no la verbalización.

También hay que admitir esta crítica se basa en los dos primeros episodios, los que se han pasado a prensa, de unos ocho. Tanto la versión israelí como la gringa se marcharon a dos temporadas de 10, es decir, 20 capitulazos en los que no acabar convirtiendo al juez en un macarra antisistema con buena retórica o montar un melodrama propio del culebrón completamente insostenible. No sabemos si la española seguirá el mismo camino, pero en algunos aspectos se muestra más contenida y es posible que aprenda de los errores ajenos.

Diestros en Sevilla

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Hay lecturas interesantes en lo que presenta Honor, más allá de que presupone un funcionamiento impoluto del sistema —al menos por el momento, en lo que se ve aquí, todo el que se corrompe es por razones comprensibles y «honorables»—. Por ejemplo, la lectura evidente de clase, que funcionaría un poco mejor si asumiese que el juez cobra como un juez y debería tener más recursos a su disposición, pero que se eleva mucho cuando las consecuencias de sus actos las paga un pequeño delincuente que sobrevive a base de trapicheos y el pobre tipo ni pincha ni corta.

Luego, en una particular obsesión de este, su redactor, el ambiente sevillano está bien logrado, sin llegar a los niveles de El hijo zurdo —solo faltaba, que allí el baranda era Rafael Cobos—, y con un reparto de acentos más o menos equilibrado, aunque siempre decreciente en función del grado de instrucción y agencia que el guión le regala al personaje. Bueno, podría ser peor y se intentan mostrar de forma realista dentro del melodrama diferentes ambientes dentro de la ciudad, en lugar de hacer un publirreportaje.

Archivando el caso, diremos que Honor no es ni «buena» ni «mala», sino todo lo contrario. Depende mucho de nuestro criterio como espectadores. No acaba de ser el drama judicial que seguimos esperando (uno a la altura de Hierro, vaya), aunque es otro pasito en el camino de presentar los juicios en España como son aquí de verdad y no imitando a EEUU. Y tampoco es un melodrama especialmente tontorrón y ofensivo. A falta de seis episodios, y sabiendo de donde viene e imaginando a donde quiere ir, pues haciendo el chiste fácil, está pendiente de que el jurado delibere.

Jose A. Cano

Jose A. Cano

Jose A Cano (Lora del Río, Sevilla, 1985), es licenciado en Periodismo. Ha trabajado en medios como El Mundo, 20 Minutos, El Confidencial o eldiario.es, entre otros, como periodista de local, internacional o Cultura. Actualmente ejerce como redactor en Cine con Ñ y colabora con medios como El Salto o El Español, entre otros.