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Series españolas

Las noches de Tefía: La luz del Tindaya

Un alarde técnico y narrativo al servicio de una historia cuyo objetivo es ser antes un viaje emocional que histórico, y que aún así se atreve con temas que nuestra ficción suele evitar
Las noches de Tefía: La luz del Tindaya 1

Las noches de Tefía son los recuerdos de Airam Betancor, un empresario canario de mediana edad que cuida de un viejo amigo recluido en una residencia y tiene problemas de comunicación con sus hijos, ya adultos. La vida de Airam se ve sacudida porque un documentalista quiere convencerlo de que dé su testimonio en el documental que está preparando. Uno sobre la colonia agrícola penitenciaria de Tefía, eufemismo para un campo de concentración para homosexuales, disidentes políticos y otros afectados por la Ley de Vagos y Maleantes durante el franquismo, en la que Airam estuvo preso, y de cuya realidad huía junto a sus compañeros imaginando una vida alternativa en un cabaret ficticio: el Tindaya.

Estamos ante la serie más ambiciosa producida por Atresmedia hasta la fecha en la carrera por ponerse a la cabeza de la producción de calidad en España, un producto complejo, fácilmente exportable, caramelito para los premios y que encima pulsa varios temas sociales y políticos de plena actualidad. Es algo, la verdad, nunca visto en una serie española y pocas veces alcanzado en la ficción internacional, pero al mismo tiempo respetuoso con cierta tradición del cine clásico español en general y del de temática LGTBI en particular. Sí, es todo hipérbole. Pero, como pocas veces, un título se lo merece.

Las noches de Tefía es, pues, un producto clave para su plataforma, en el que la capacidad de Buendía Estudios se exhibe, pero también uno que marca la esquizofrenia de Atresmedia: excelencia comprometida social y políticamente para el streaming —es decir, para un target muy específico de mezcla de cierta sensibilidad temática y poder adquisitivo— y telenovelas, a veces turcas, para el abierto. Lejos de esta casa desdeñar el potencial productivo, de entretenimiento o de transformación social de un buen culebrón, pero supongo que se me entiende.

Sustraer esta serie del abierto, como en su momento Veneno al completo o las series más transgresoras e incómodas de Movistar Plus+ —el malo de Antidisturbios no son las protagonistas, que todos menos uno son buena gente, es Villarejo, recuerden—, como estrenarla en Málaga con la fanfarria de un largometraje aspirante al Óscar, es otro pasito en esa mezcla de progresismo elitista hacia dentro y conservadurismo hacia fuera de nuestro audiovisual, que quiere pisar charcos solo cuando sean rentables y no incomodar nunca a nadie que mande demasiado. Aunque cuando se publique esta crítica a los medios se nos llenen las redes de insultos homófobos.

Memoria e Historia

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Las noches de Tefía parte de una novedad en la ficción española: representar los campos de concentración franquistas, que existieron hasta bien entrados los 60 y casi hasta la muerte del dictador. Rastreen, que más allá de historiadores muy de izquierdas o diarios de supervivientes, es complicado encontrarlos ya solo en literatura. En audiovisual, apenas lo vemos en La reina de España (2016), Balada triste de Trompeta (2010) o, más recientemente, ¡García! (2022), todas con la excepcionalidad de tratar el Valle de los Caídos y que el tema de la mano de obra esclava sea como mucho circunstancial, salvo en la primera.

Por otra parte, lo hace gracias a centrarse en un nicho de represaliados muy específico, rentable en términos comerciales y de imagen para la plataforma. Es interesante que el guión una las torturas que sufren Airam y sus amigos al momento de la aprobación en 2005 del matrimonio igualitario, de manera que permite una «actualidad» plausible con la edad de los personajes y la evidente homofobia de los hijos, aunque a veces roce lo panfletario. Y, aunque suene inverosímil, sí, ha habido torturados del franquismo —por su orientación sexual o por muchas otras causas— que han acabado siendo vecinos del torturado. Más aún en sitios tan pequeños como Canarias.

Los personajes que importan, que no son tanto los hijos y la ex esposa coartada del presente sino los otros presos, son, a excepción de los de Miquel Fernández y Patrick Criado —ambos de premio, junto a Marcos Ruiz como Airam de joven—, esquemáticos, pero responden a una voluntad de mostrar a las víctimas de aquellas «colonias penitenciarias». Por otra parte, son recuerdos del protagonista, y por tanto están sesgados por el trauma y la idealización de aquella amistad por parte de un hombre que enfila la tercera edad y se siente cansado. Y es por la manera de expresar esa subjetividad extrema e introducirnos en ella por lo que esta serie es excelente.

La forma del blanco y negro

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Porque lo que hace a Las noches de Tefía única, por supuesto, es el equilibrio entre los tres espacios temporales y psicológicos en los que se desarrolla la historia y las subtramas paralelas que se hacen espejo entre ellos. Los recuerdos en blanco y negro de los 60, la actualidad de realismo descolorido y la fantasía del artificio en el Tindaya. Técnicas narrativas del drama y el musical con su poco de comedia combinadas con la expresividad del blanco y negro para introducirnos en la cabeza de Airam y, por extensión, en las de todas las personas que sufrieron situaciones como la suya, recordándonos la función del arte como sanador y creador de comunidades.

La superposición de estos tres mundos no pretende una verosimilitud extrema —aunque un detalle que podría ser tachado de exceso de casualidad sea 100% realista, como hemos comentado—sino la transmisión de un momento psicológico y emotivo concreto. Viendo los dos primeros episodios es posible imaginar el destino final de la relación de los personajes de Miquel Fernández y Carolina Yuste, o del de Jorge Usón, pero no se trata de jugar a ser más listos que la serie, sino de entender porque propone lo que propone y de la manera en que lo hace. No te pide racionalizar a los personajes, sino asimilar como utiliza sus herramientas audiovisuales para sentir con ellos.

Por eso Las noches de Tefía se toma licencias como la presencia de luz eléctrica en Fuerteventura en los 60. Una petición de Jon Aguirresarobe, director de fotografía, para sacarle petróleo al blanco y negro en la parte de los recuerdos. Hay otros menos llevaderos, como que en un diálogo concreto La Vespa —a esas alturas el personaje más carismático y por tanto líder de opinión para el público—se exprese en términos de una transactivista de 2023 y no de un preso homosexual de los 60, cuya formación política sería por fuerza muy diferente, pero se pueden dejar pasar a cambio de los saltos al Tindaya. Porque a veces el cabaret es la propia vida.

La corte de Faraón

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Y es que la serie de Miguel del Arco, que se recrea en su propia formación teatral, entronca directamente con la tradición más española que existe, la del vodevil como escape de la realidad y al mismo tiempo celebración de la vida. La comedia bufa y la orgía como declaración política de libertad y colorido frente a un mundo de crueldad, mediocridad e hipocresía en blanco y negro. Por eso están ahí La corte de faraón (1985), de José Luis García Sánchez, y El último show (2006), de Robert Altman, pero también el humor de La Codorniz y del landismo, pero con música y parafernalia de un videoclip moderno.

El mensaje subyacente supura en lugar de escribirse con las letras de neón y el trazo grueso que parecen caracterizar a la serie: la vida, la celebración, el amor o cualquier otro concepto de difícil traducción sin sonar cursi que se les ocurra son incontenibles. Es imposible borrar ciertas partes de la realidad, obligarlas a volverse grises y pálidas para que no molesten, a permanecer toda una vida escondidas en un cajón. Ni la moralina conservadora, ni la crueldad, ni la miseria avariciosa pueden impedir que las personas sean libres. Si puedes hacer una serie cuya forma se articula para expresar eso sin refregártelo, da igual que en Fuerteventura en el 60 y pico no hubiese luz. La iluminación importante es la del Tindaya, y esa no existe.

Las noches de Tefía es, al final, una serie sobre la necesidad de las fantasías gloriosas que pueden superar y transformar la realidad, desde el escapismo más absoluto y en la más deshumanizadora de las situaciones. La mejor serie de lo que va de 2023. Un exceso de forma y de contenido y un alarde de medios por parte de Buendía Estudios. Ese algo más que esperábamos tras el gran año que fue 2020 y que no parecía cuajar. Y, sobre todo, Las noches de Tefía es una serie divertida y emocionante en un sentido amplío y a veces cruel, dos factores sin los cuales todo el resto de lo que acabamos de comentar no tendría sentido.

Imágenes: Las noches de Tefía – Atresmedia (Montaje de portada: Cine con Ñ)
Jose A. Cano

Jose A. Cano

Jose A Cano (Lora del Río, Sevilla, 1985), es licenciado en Periodismo. Ha trabajado en medios como El Mundo, 20 Minutos, El Confidencial o eldiario.es, entre otros, como periodista de local, internacional o Cultura. Actualmente ejerce como redactor en Cine con Ñ y colabora con medios como El Salto o El Español, entre otros.