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Girasoles silvestres: Hazte así, que tienes clasismo

Jaime Rosales intenta realizar un filme naturalista y concienciado con el feminismo en el que la narración en elipsis choca con un guión estereotipado y simplón

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La protagonista de Girasoles silvestres es Julia, una joven soltera y madre de dos hijos que vive en un barrio de la periferia de Barcelona. A lo largo de la película tendrá tres parejas, pasando por diferentes situaciones que pueden darse durante una relación, desde discusiones más o menos normales hasta sufrir maltrato o abandono. Cada uno de sus novios hará evolucionar la forma de afrontar el amor de Julia, que acabará transformada en una persona diferente.

Jaime Rosales ha intentado hacer una película “normal” sobre “personas normales”. Es posible que él no lo formule así en su cabeza, pero es lo que denota todo en este largometraje, que busca ser mucho más accesible que la mayoría de trabajos. Cinematográficamente contiene su tendencia al experimento expresivo aún más que en cualquiera de sus títulos recientes, y la disonancia cognitiva llega de un guión que cree que acompaña a ese naturalismo ambiental y narrativo pero en realidad se aleja de él con cada diálogo y personaje que presenta.

Es difícil, por otro lado, separar la evaluación de Girasoles silvestres de las declaraciones del propio Rosales en su presentación en San Sebastián o en la promoción estas semanas. Aunque ahora reniegue de hablar de la palabra “masculinidad” que usó en rueda de prensa hace menos de un mes, admite haber querido escribir un guión feminista y un catálogo de relaciones en el que la protagonista va evolucionando a través de ellas porque, y citamos, “también hay un aprendizaje en el amor. Ese aprendizaje lo realizamos a través de la experiencia y probamos personas que son diferentes”.

Girasoles silvestres y las buenas intenciones

Girasoles silvestres

A las películas hay que juzgarlas por lo que dicen, no por lo que nosotros querríamos que dijesen, así que más que confrontar lo que Rosales propone con otros modelos que usted o yo consideremos más positivos, el tema está en si son coherentes. Tenemos a un novio macarra maltratador, que malvive en paro y debiendo dinero; otro que es el padre de los niños de la protagonista, un militar y una especie presentado como niño grande miedoso que no acepta sus responsabilidades, y finalmente el tercero, el “bueno”, el deconstruido, un burguesito con trabajo de oficina que aunque al menos se retrata como un humano que se cansa y se enfada, en general es positivo y comprensivo. Y (cuidado, spoiler), gracias a la salud de su relación, Julia crece como persona, encontrando su lugar.

¿No suena, así de primeras, todo muy tonto y literal? Para empezar, la mayor parte de la personalidad de Julia, presunta protagonista, se la cede Anna Castillo, pero no está en el guión. La definen antes los diálogos de los secundarios (Carolina Yuste y Manolo Caro, estupendos, como siempre) que sus acciones, casi nunca toma decisiones y cuando lo hace están mediatizadas por el novio que toque. En la escena del maltrato suponemos que la que llama a la Policía es ella, pero tampoco se ve. Si es una historia de empoderamiento, no se ve por ninguna parte. Es más bien, como traslucen las palabras de Rosales, una historia de buscar al “hombre bueno” correcto para salir del hoyo. El feminismo, pues no sé, ya tal.

Por otro lado, como Rosales cree que está haciendo una película para el vulgo, más allá de un par de planos en los que la cámara gira para acompañar a la protagonista en algún momento de descontrol o en la escena de maltrato -piadosamente rodada con mucha elipsis-, cuando se convierte en subjetiva y vemos en primer plano al oligofrénico diciendo sandeces a medio centímetro de nuestra cara. Esas partes están muy logradas porque es lo que se le da bien al director, jugar con el sitio donde pone el cuadro para transmitir estados subjetivos de conciencia que no se expresan de palabra. Pero como esta película, aparentemente, es para que el populacho le otorgue una medalla por aliado, lo abandona.

¿Puede una actriz trascender su guión?

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Es la pregunta que uno se hace viendo Girasoles silvestres. Señalábamos antes que si Julia tiene personalidad es porque toda se la presta Anna Castillo, en el guión simplemente se deja llevar por cada maromo según le dé para que podamos ser aleccionados sobre el comportamiento de un “buen hombre”. Sin embargo, como quiera que parte de la película se ha rodado en el barrio donde se crio la propia actriz y que tiene a Yuste y Solo para darle la réplica como su familia, Castillo saca petróleo para que empaticemos con el personaje. Tardas en darte cuenta de que Julia no es que esté mal escrita, es que no está escrita en absoluto, porque la intérprete hace bien lo suyo y te distrae.

Tremendo, por otra parte, que Rosales crea que Oriol Pla, que ciertamente es un buen actor, tiene un gran papel entre manos. Su personaje es el primer novio, el peor de los tres, el maltratador acomplejado sin oficio ni beneficio. Es un tópico sin matices de cani de extrarradio que les daría vergüenza escribir para un sketch a los guionistas de Polonia, un personaje de un clasismo ridículo que Pla creerá que interpreta con intensidad, pero que parece una parodia para que se rían los asistentes de algún monólogo pijoprogre. Un horror.

En fin, que Girasoles silvestres no es exactamente el accidente a cámara lenta que parece a tenor de los dos últimos párrafos, pero se queda más cerca de lo que parece. La puesta en escena, seleccionadas elipsis y la narración naturalista son de nivel, lo que las desautoriza son las intenciones verbalizadas por el autor y un guión paternalista, clasista y artificioso. El casting, quitando a Pla, está perfectamente seleccionado y los intérpretes son capaces de transmitir la humanidad que les falta a los personajes. En general, todo profesionalmente correcto. Solo que si trataba de ser un manual de buenas prácticas sobre nuevas masculinidades, pues no sabemos qué es peor. Que haya acertado o que no.

Imágenes: Girasoles silvestres – A Contracorriente Films
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