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León de Aranoa se ríe de todos los «empresarios hechos a sí mismos» en ‘El buen patrón’

El madrileño y Javier Bardem arrancan carcajadas en Donostia con una comedia negra que parodia incluso el habitual cine social de su director

El buen patrón

El buen patrón es la comedia negra que no sabíamos que necesitábamos, un ensañamiento de Fernando León de Aranoa tras la cámara y Javier Bardem delante de ella con un tipo especial de cacique de provincias, el empresario que se cree hecho a sí mismo y maquina constantemente por mantener el control de su pequeño mundo. Un ajuste de cuentas gozado con complicidad por el público que no acaba de reconocerse exactamente con las víctimas directas de este good boss pero sí en la hipocresía de las empresas consideradas como grandes familias y los premios a la excelencia de los gobiernos regionales que abren y cierran el vodevil.

El Kursaal tuvo dos momentos de romper a reír y aplaudir en este martes en la segunda proyección de El buen patrón. Los dos durante una escena en la que el personaje de Bardem, el corruptillo de baja intensidad Blanco, cena con un antiguo compañero de Facultad (cameo de Francesc Orella), las mujeres de ambos y la hija de este último (Almudena Amor, que se faja con un personaje previsible pero clave). El primero, un chiste tonto sobre que todas las subvenciones van para los del cine. El segundo, ambos señores presumiendo de que nadie les ha regalado nada y la mujer de Blanco recordándole que él heredó la fábrica. «Bueno, pero hay que estar ahí», responde él. «¿Dónde? ¿En el notario?», responde ella.

Javier Bardem se lo pasa en grande en su papel de cacique de andar por casa, parodiando los modos paternalistas del tópico que quiere encarnar -que quizás se le van un poco en la subtrama sobre los cuernos inevitables, para que cuele la seducción que truca un poco el guión-. Puede que el problema del personaje sea lo extremo, pero dado que desde el minuto dos sabemos que es una parodia especialmente ácida y que se trata de desmontarlo a base de darle golpes, se le perdona. También el actor está mucho mejor al retratar a Blanco pillado por sorpresa, fuera de control, cuando ese mundo perfectamente balanceado que quiere crear se empeña en salirse de la balanza.

El resto de personajes, en última instancia, se quedan en superficiales porque están para hacerle el juego, casi todos tropos extremos con algún giro para que no sean del todo previsibles. Es posible que hubiese dado más juego ver a Blanco rodeado por los que considere sus iguales, y no por esa «gran familia» que son sus empleados, aunque en este caso, por un instante, habría dejado de ser «nuestro patrón». En el reparto, Manolo Solo y Celso Bugallo están, como siempre, tan graciosos como creíbles.

El buen patrón y los señoritos de otro tiempo y lugar

El buen patrón

Hay un poco de anacrónico en El buen patrón, quizás precisamente porque ese perfil de emprendedor al que no le han regalado nada también se ha quedado congelado en el tiempo mientras todo, menos su control sobre su pequeño mundo, lo superaba. Las fábricas que se están paralizando ahora mismo por falta de microchips no son por un error en el pedido, sino por la crisis de los microprocesadores y de las materias primas. Pero quizás de ese drama hablemos otro día.

El guión que firma el propio Fernando León de Aranoa es simétrico, balanceado, un equilibrio que obsesiona al personaje y nos recuerdan numerosos gags que no desean ser especialmente sutiles. La película empieza y acaba con secuencias y bromas espejo que, después de varios conceptos que se nos restriegan un poco por la cara, remata con información que debemos rellenar como deseemos. No debemos aquí revelar ni el principio ni el final, pero ante los huecos de ambos nuestro colmillo de espectadores resabiados espera datos que la película prefiere no dar, dejándonos la decisión a nosotros. Que, en parte, es una decisión moral.

En El buen patrón se pueden ver perfectamente referencias a Novecento y, todavía más explícitas, a Los santos inocentes, actualizando las «desigualdades amables» de ambas y recordándonos que siguen siendo una y la misma a pesar del paso del tiempo. También en los enredos progresivos en los que va metiéndose el protagonista está esa venganza de clase, con el público disfrutando de verlo sufrir debido a los oscuros manejos en los que se mete desde su primer diálogo. Aunque sin liarnos: Blanco, si acaso, es hijo o nieto del señorito Iván. Sus maneras son otras, igual de caciquiles pero menos evidentes.

Una comedia negra, en fin, muy divertida y agradecida, con un punto de Billy Wilder -deja al público que sume dos y dos y siempre te querrá- que se sabe panfletaria y no solo lo disfruta, es que a veces, con momentos de pancarta y megáfono, lo autoparodia. Hasta en los momentos trágicos, que los tiene, El buen patrón no deja nunca de lado cierta retranca grandilocuente. Una que nos avisa de que los supervillanos son mucho más de andar por casa de lo que pensamos, y por eso son más peligrosos pero tienen mucho más los pies de barro.

Imágenes: El buen patrón – The Mediapro Studio

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