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Contando ovejas: El sueño de la razón produce una buena bizarrada

Una película felizmente extraña sobre nuestra fragilidad psicológica, una frikada a defender

Contando ovejas: El sueño de la razón produce una buena bizarrada 1

España, 1993. Ernesto (Eneko Sagardoy) trabaja como responsable de mantenimiento en el mismo edificio destartalado en el que vive. Su problema es que no duerme por las noches: aunque intente conciliar el sueño contando ovejas, las fiestas continuas de su vecino narcotraficante (Juan Grandinetti) le mantienen en continua vigilia. Todo parece cambiar cuando Ernesto se topa con tres particulares compañeros de piso, que dicen querer cambiar su miserable vida.

Ni comedia negra, ni thriller psicológico, ni animación para adultos: ningún género o etiqueta le va del todo a la primera película en largo de José Corral Llorente, aunque en realidad ponga todos esos ingredientes en el cóctel. Tiene esos códigos pero en sus propios términos, con esas ganas contradictorias de querer y no querer encajar que busca cualquier frikada -en el mejor sentido de la palabra- que se precie. De hecho, no le favorece en nada que alguien se siente a verla con expectativas de reírse o seguir una acción trepidante. O con expectativas en general.

En un estado agónico entre el insomnio sórdido y el sueño grotesco, Contando ovejas es una película felizmente bizarra en tiempos de gustos algorítmicos. No son toques o escenas sueltas; esto es todo un largometraje lanzado a contar las ideas entusiastas de alguien que fanteasaba con maquetas como lo hace su protagonista.

Nuestra insoportable fragilidad

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La película plantea un acercamiento a la fragilidad psicológica que nos rodea a través de la mirada solitaria y miserable de su protagonista, del que no se pierde nunca el punto de vista. La terrible soledad, el menosprecio y el desesperado malvivir de Ernesto toman una representación explícita y corpórea en esta película donde el bicho raro acaba por recurrir al otro mundo en su cabeza para encontrar una salida. El equilibrio mental pende de un fino hilo y su ruptura se puede manifestar en una inesperada reivindicación del propio ego.

Pero todo este razonamiento no se hace desde el presente, sino desde el año 1993, que aparece de forma discreta en la música (¡qué música!) y en pequeños detalles que trufan la puesta en escena. En un año muy cercano al de Las niñas y El año del descubrimiento, Corral Llorente conecta así la situación de Ernesto con distintas ansiedadas ecónomicas y sociales de la España de entonces, que vendía modernidad y celebración (¡qué fiestas!) pero por detrás iba creando una serie de deudas terribles para el futuro.

El hecho de que Contando ovejas ocurra en un único edificio-universo y en el pasado son también herramientas de Corral Llorente para facilitar la entrada al público de una propuesta, por el otro lado, muy personal, en la que se ve que hay volcadas también parte de sus propias inseguridades. La película se puede leer como un intento del director de lidiar con su propio «yo» artístico, con la vulnerabilidad -material, psicológica- detrás del acto creador. Lo hace acercando un lado retorcidamente autoirónico y óscuro de sí mismo, planteando un álter ego que cumple con el tradicional viaje de la víctima que pasa a ser verdugo.

Contando ovejas, contándote a ti

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Pero esa (¿sobre?)lectura vinculada a sí mismo que hace este crítico no la tiene por qué conocer la persona que se siente a ver la película. Por eso hay una mano tendida de Corral Llorente para plantearlo todo desde un argumento que se pueda seguir facilmente como una clásica transición hacia la locura en una serie de códigos narrativos reconocibles, que pueden emparentarla con Taxi driver (Martin Scorsese, 1976) o Joker (Todd Phillips, 2019). Quizá se pueda echar en falta aún más fe en que no haga falta esa estructura amiga, pero no se puede decir que no quiera ser generosa con el que mira.

Paradójicamente, el peligro con una película como Contando ovejas es que, pese a su esfuerzo por resultar accesible -que lo es-, su extraña propuesta supragéneros y de contrastes genere menos empatía con el espectador y acabe en un terreno de nadie para conseguir la entrega y el eco que en realidad se merece. O puede encontrar su público y llegar al fenómeno de culto. Defiendan las películas raras con ganas de encajar, lo necesitan.

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