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CRÍTICAS

Cerrar los ojos: Cowboys de medianoche

El regreso de Víctor Erice a la dirección es una crepuscular divagación sobre los vasos comunicantes entre la vida y el cine
<strong>Cerrar los ojos</strong>: Cowboys de medianoche 1

Un château y un busto que simboliza al dios Jano, aquí con rostros masculinos y femeninos opuestos, son las dos primeras tomas de la película española más esperada en décadas: Cerrar los ojos, de Víctor Erice. Esas dos tomas encapsulan, en verdad, el misterio que se aloja en un trabajo que, como sucede con el resto de la obra del director de El espíritu de la colmena (1973), trenza una sentida meditación sobre la Historia, el cine y la vida.  

Esa casa de campo, ubicada en la Francia de 1947 y en cuyo jardín se levanta esa enigmática estatua a la que nos hemos referido, forma parte del no menos misterioso prólogo con el que se inicia Cerrar los ojos. Pronto sabremos que se trata de los primeros compases de una película titulada La mirada del adiós, y que su director Miguel Garay (Manolo Solo) no llegó a finalizarla a causa de otro interrogante irresoluto: la desaparición de su actor protagonista, Julio Arenas (José Coronado). 

Cerrar los ojos es, así pues, una película mise en abyme, o si se prefiere, una película desdoblada en dos narrativas que, a la postre, explican relatos similares. Ambas historias, la ficción y la ficción que esta contiene, parten de una situación de aislamiento, ambas también articulan una búsqueda y las dos, por último, aspiran a alcanzar una cierta idea de epifanía, que se antoja, más que probablemente, imposible. De imposibles y caminos frustrados Erice puede hablar, por desgracia, con la autoridad que otorga la experiencia. 

Un cine embalsamado en Cerrar los ojos 

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Miguel Garay va avanzando en la película y en su investigación por la desaparición de Julio, con quien le unía una amistad de años, desembalsamando recuerdos y fetiches. No sólo por todo el material de esa película malograda que recupera de un trastero cuando llega a Madrid para participar en un programa sobre casos sin resolver; sino también por la cantidad de memorabilia de la historia del cine y, por extensión, de un momento concreto de la cultura, que desfila en la pantalla. 

Desde carteles de películas de Nicholas Ray a un flipbook que al pasar sus páginas muestra el tren llegando a la estación de La Ciotat o un cuarto repleto de latas de películas en celuloide –“el 90 por ciento de la historia del cine está en fotoquímico”, le recuerda Max, antiguo colaborador–… El cine es en Cerrar los ojos un artilugio capaz de encapsular el tiempo, conservarlo y hacernos regresar al momento mágico en que esa imagen fue capturada. No hay duda de que la nueva obra de Erice es una película nostálgica, pero no solo en sus temas sino también en sus formas. 

El clasicismo domina la narrativa de Cerrar los ojos —tomas generales, planos/ contraplanos y fundidos a negro— y especialmente tedioso durante el primer tramo de la película, que explica el periplo de Miguel en Madrid. Es un clasicismo extraño, que duda por completo de la narración visual para apoyarse, con ciertas irregularidades, en una palabra demasiado discursiva, por momentos hasta inverosímil. Esa antipática estructura, por fortuna, va dejándose atrás a medida que viajamos con su protagonista.

Volver a Shanghái pasando por el Sur

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Si los compases con los que se inaugura Cerrar los ojos remiten ineludiblemente a La promesa de Shanghái, el guion que escribió y jamás fue rodado de la novela de Juan Marsé El embrujo de Shanghái (Lumen, 1993), el segundo tramo evoca el proyecto interrumpido de El Sur (1983) cuando se nos cuenta cómo Miguel Garay regresa a su casa en Almería para volver a su rutina de ‘desaparecido’. 

En el que es sin duda uno de los mejores segmentos de la película, Gray canta un largo pasaje del tema My Rifle, My Pony and Me, de Río Bravo (Howard Hawks, 1959). Guitarra en mano, alrededor de una mesa junto a sus (pocos) amigos, Erice, bajo el alias de su protagonista, invoca en esa canción todos los fantasmas del wéstern para revelarnos que la suya es una historia de filiaciones, en el cine y en la realidad.  

Yo soy Ana

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En ese entramado intertextual que maneja Cerrar los ojos no siempre con buena fortuna, también hay espacio para la que es el emblema fílmico de Erice: El espíritu de la colmena. Ana Torrent es Ana, la hija de Julio y que, como Miguel, también anhela conocer qué ha sido de su padre. ¿Será capaz de reconocerlo y querer a esa figura paterna invisible o descubrirá en su progenitor las fauces de un monstruo? 

(Atención, detalles de la trama en este párrafo). Cuando eso sucede, cuando la hija se encuentra con el padre, la película por fin llega a su núcleo atómico, a las imágenes de una serie de intuiciones sembradas anteriormente que permiten olvidar ciertas atonías de los pasajes anteriores. 

En ese punto cuando por fin las dos caras de Jano que levantaban el telón de la ficción y la ficción que esta contiene cobran todo su sentido: ficción y realidad, vida y muerte, gestos y fantasmas en un mismo espacio, todo conservado en una antigua caja de latón que perteneció a un rey triste y solitario. Aunque para Erice ya no existen milagros en el cine desde Dreyer, esta película al menos ha logrado insuflar vida a los restos de su propio naufragio.  

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Paula Arantzazu Ruiz

Doctora en Comunicación Social por la Universitat Pompeu Fabra (Barcelona), con una tesis sobre Yervant Gianikian y Angela Ricci Lucchi y la cultura visual de la medicina. Colabora como periodista y crítica cinematográfica en Cine con Ñ, Cinemanía, Diari Ara, Rockdelux, Tarde de Perros-SensaCine, Cáñamo, entre otros medios. También ejerce la docencia como profesora asociada en la Universidad de Murcia.