Reportajes
«La ruta migratoria canaria es la más mortífera del mundo, pero apenas se habla de ella»

La ruta migratoria canaria, la que lleva por el mar a miles de africanos como puerta de entrada a Europa, está considerada de las más mortífera del mundo. Una travesía por el océano abierto que puede implicar recorridos de entre 450 y más de 1000 kilómetros y que los organismos oficiales o las ONG del sector. Oficialmente en 2022 murieron al menos 561 personas en dicho trayecto, pero se sabe que es un número estimado muy a la baja por la cantidad de países de la zona que han reportado naufragios y la cantidad de desaparecidos reclamados por sus familias desde África cuyo rastro se pierde. Sin embargo, es una ruta apenas reflejada por el cine.
Armando Ravelo acaba de estrenar en cines Érase una vez en Canarias, un largometraje de ficción en el que se propuso rellenar ese hueco y el del protagonismo de las mujeres racializadas. El cine español ha abordado rara vez el fenómeno migratorio y en esas pocas ocasiones la mayoría de sus protagonistas han sido varones. Desde las pioneras Bwana (1996), de Imanol Uribe, o El traje (2002), de Alberto Rodríguez, hasta la próxima Detective Touré, con La mujer ilegal (2020), de Ramón Térmens como una de las poca excepciones. En Érase una vez en Canarias seguimos esa ruta de la mano de Nola, una mujer senegalesa interpretada por Diarra Diouf.
«La canaria es la ruta migratoria más mortífera que recibe España, pero siempre se habla más del Mediterráneo. Creo que tiene que ver con lo precaria que es la creación cultural en el archipiélago, sobre todo el cine. Si se contasen más historias centradas en Canarias, se habría hecho ya algo con esto, porque desde 2003 es algo que vivimos a diario. Debería ser un tema de alcance nacional o europeo, pero no llega» explica el cineasta. Ravelo ha querido contar como «el pueblo canario se parece más de lo que cree al pueblo senegalés o a África en general, siempre supeditados a la metrópoli».
La canariedad del otro

La carrera de Ravelo es la búsqueda del cine 100% canario. En 2017 su ópera prima, La tribu de las 7 islas, era una fábula sobre los primeros pobladores del archipiélago. En La piel del volcán, en 2021, la aparición de dos cuerpos de siglos diferentes enterrados juntos misteriosamente servía para reflexionar sobre la historia canaria. Érase una vez en Canarias plantea esa búsqueda de la identidad desde fuera, con los ojos de una persona ingenua, que no estúpida. Nola parte de Senegal con el objetivo de encontrar a su padre, un ser casi mitológico para ella, un hombre canario que se marchó antes de que ella naciera.
«Aquí, incluso en el cine reproducimos el modelo turístico. Se rueda mucho en Canarias, pero muy poco cine de producción canaria y que cuente historias de aquí. El service es importante y da trabajo a mucha gente, pero se nos ha olvidado contar historias de aquí, que dejen huella», opina el director, que ve la actual ola del cine de las islas como «de chispazos, en los que lo hacemos cada uno no tiene nada que ver», con casos como las películas de David Pantaleón o Omar A. Razzak y su Matar cangrejos, o el precedente de Guarapo. En ese precedente laboral, cineastas como Dunia Ayaso y Félix Sabroso tuvieron que migrar para tener una carrera.
Así, las reflexiones laborales e industriales del Ravelo se reflejan en el periplo de Nola dentro de la ficción, donde la tensión en los personajes canarios está en su doble vertiente. El archipiélago es considerado territorio ultraperiférico de la Unión Europeo y último en todos los indicadores respecto al resto de España, pero es al mismo tiempo una tierra de recepción de migrantes en permanente crisis de acogida. «Me parecía interesante investigar cómo nos ven los migrantes. Nos documentamos entrevistando a muchas personas, y a través de Nola queríamos retratar como es esa nueva capa de canarios, porque igual que vinieron los guanches, los castellanos o los portugueses, algunos se quedaran aquí, tendrán hijos, y serán de aquí».
La ingenuidad de los adultos

La voz en off que acompaña a Nola en parte de su viaje reflexiona, cuando ella le haba de su padre a otras personas, sobre la perplejidad que causa la ingenuidad en los adultos. «Al principio el personaje principal iba a ser un hombre y la película más callejera y dura, con otro tono. Pero cuando fui conociendo las historias de migrantes me di cuenta de que eran personas con una gran pureza y nobleza. Intenté encapsularla en el personaje de Nola y que fuese alguien que es capaz de transformar la vida de la gente a la que toca».
Un viaje que se construye a través de alianzas con personas que están casi tan fuera de la sociedad como ella, «lo que Guillermo del Toro llama la otredad, la gente que vive más allá de los márgenes». Uno de los personajes que acompañan a Nola los define: «son fantasmas, porque nadie los ve. Ahí también quiero que se vea la paradoja de que se acusa a las personas migrantes de venir a destruir nuestro paraíso cuando en realidad somos una sociedad con muchísimos problemas».
Algo que, de nuevo, tuvo su paralelo en la producción de Érase una vez en Canarias, que contó en su parte del rodaje en Senegal con Lalia Productions, firma local fundada y formada por mujeres. «Fue una lección tremenda trabajar con ellas, los prejuicios que uno no sabe que tiene nos hacían temer que allí todo iba a ser precario. Pero eran un equipo con mucha experiencia, sobre todo de service para Francia, y a medida que pasaron los días nos convertimos en un equipos y nos fuimos sintonizamos. El lenguaje de compartir a través de la creación es de la cosa más potente que puede compartir el ser humano, te olvidas de que no hablas el mismo idioma».

Jose A. Cano