Premios FlixOlé-URJC
Cómo hacer creíble una pistola en Albacete: el ‘neo-noir’ español de la crisis de 2008 que reflejó la realidad de un país

Roberto Álamao en 'Que Dios nos perdone' (2016), de Rodrigo Sorogoyen
Policiales o ficciones criminales con un pie en las noticias, priorizando el realismo escénico y narrativo, también pegadas a la idiosincrasia local, y que, bajo el caso puntual, esconden el reflejo de un gran descontento social y cultural. Puede ser Que Dios nos perdone (2016), de Rodrigo Sorogoyen, o La isla mínima (2014), de Alberto Rodríguez, pero también Celda 211 (2009), de Daniel Monzón, e incluso El mundo es nuestro (2012), de Alfonso Sánchez. Es el neo-noir español de la indignación, el de la crisis de 2008, que ha marcado una época.
El investigador Fernando Sánchez López, profesor sustituto en la Universidad de Alicante y colaborador de Cine con Ñ, ha recibido el Premio FlixOlé-URJC a la Investigación del Cine Español por la Mejor Tesis Doctoral gracias a su trabajo ‘El neo-noir español en la cultura de la indignación (2009-2020): un género cinematográfico, un intermedio trasnacional entre industria y sociedad’, escrito durante su etapa en la Ohio State University.
Una investigación que parte de la superación de una anécdota que contaba Michel Gaztambide, guionista de La caja 507 (2002), de Enrique Urbizu. «Se preocupaba por cómo hacer creíble, en una ficción ambientada en España, que la gente tuviese pistolas. Si aparece en una película americana vale, pero nadie se la cree en un pueblo de Albacete. El neo-noir español de la segunda década del siglo XXI ya ha superado esa dicotomía de lo que el público percibe como propio y creíble, tanto industrial como creativamente», explica Sánchez López.
No habrá paz para el neo-noir español
«El grueso del corpus que he analizado son unas 30 películas de esa década, con El Reino (2018), Grupo 7 (2012) o La isla mínima como los casos de estudio en los que más me explayo», explica el investigador. «Pero los enmarco en una tradición, la del noir y neo-noir español, que es un supergénero que ha sido bastante desestimado por no considerarse un género propio, más bien extranjero, que no podía decir cosas sobre el país». Y añade: «una de las dificultades fue dónde marcar el punto donde se pasa del cine negro clásico al contemporáneo».
Ese cine de la década de los 2010, que no solo fue diferente al de años anteriores sino que tuvo un gran éxito tanto de crítica como de público, hasta el punto de considerarse cine popular, tiene sus raíces en la Transición pero también en el trabajo de pioneros como el mencionado Urbizu. Este también participa de la tendencia con No habrá paz para los malvados (2011), otra película que llenó las salas y recogió todos los premios principales del momento.
«Tras la crisis de 2008, el noir se empieza a considerar un género propio del cine español, que explica cosas sobre el país»
«A partir de ahí identifico unas maneras de hacer cine en las que se opta por el apego a la realidad, en el que aparece Pedro Piqueras en una televisión hablando de ETA y apela a lo que el espectador español ve como real», explica Sánchez López. «Eso acompañado de personaje ambivalentes, o incluso totalmente negativos». Ahí se llega «por un cambio cultural en el espectador, pero también por una sintonía con una industria que ya ha abierto camino y va recogiendo éxitos y dando espacio a directores jóvenes como Sorogoyen».
La función ritual del neo-noir español
Sánchez López rechaza la etiqueta de «thiller ibérico», aunque partió de la misma para el arranque de su trabajo. «Yo entiendo el neo-noir como lo que podríamos llamar un supergénero, en el que desde el cine criminal pueden entrar muchas cosas, como pueda ser El mundo es nuestro, de Alfonso Sánchez, que tiene un componente de comedia esperpéntica, pero también una voluntad de hablar de lo que está ocurriendo en la sociedad en ese momento desde lo criminal y con antihéroes», añade.
Aún así, Sánchez se queda lejos del uso de Sorogoyen, Urbizu o Rodríguez de lo que el experto llama «personajes problemáticos, en los que se tensa el pacto con el espectador y se lo obliga a dialogar con un policía torturador franquista o con un político corrupto. Eso sirve para la base del noir, que es el componente político: un malestar social por debajo del caso criminal. La diferencia es que al contrario que en el cine negro clásico, donde siempre hay una clausura, en el neo-noir español no hay cierre. El problema suele quedar abierto, en suspenso».
Por eso, el investigador entiende que exista una «función ritual. En círculos académicos solemos hablar de que los géneros tienen una función ritual en la que unos conflictos recurrentes de la comunidad se cierran. Y como el neo-noir español no da una clausula, entiendo que en él la función ritual es plantear la pregunta de qué hacemos con ese malestar. Qué va a pasar, en realidad, con esos problemas sacados de ella que ha puesto sobre la mesa la ficción». [/restrict]


Jose A. Cano

