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CRÍTICAS

Rondallas: Armonía entre drama social y comedia popular

El director de 'AzulOscuroCasiNegro' hace su mejor trabajo en años en esta dramedia que roza el realismo 'sucio' pero disfrazado de fábula 'feel-good' comercial
Crítica de 'Rondallas', película de Daniel Sánchez Arévalo

Rondallas es la historia de un pueblo cercano a Pontevedra que hace dos años sufrió la muerte de siete de sus vecinos, pescadores, tras un trágico naufragio en alta mar. Uno de los dos únicos supervivientes decide que es hora de reorganizar la rondalla del pueblo y participar en el concurso provincial, como una forma de cerrar el duelo, recuperar el ánimo de los vecinos y ayudar a las familias. El problema es que casi todos los instrumentos y trajes están estropeados. Y la mejor gaitera del pueblo, hija del capitán del barco hundido, no quiere volver.

Daniel Sánchez-Arévalo dirige una película con apariencia de feel-good pero un trasfondo trágico innegable. Una estructura de producto popular hollywoodiense clásico que envuelve una historia sobre callejones sin salida, duelo en comunidad y pequeños municipios en crisis permanente, filtrada por el gusto por la alegría de vivir del director. Quizás su mejor trabajo en muchos años, que logra un equilibrio poco habitual entre el tipo de título comercial al que la industria se empeña en malacostumbrar al público y una personalidad local y propia.

El madrileño vuelve al largometraje con Rondallas nada menos que seis años después de Diecisiete (2019) y tres después de la serie Las de la última fila (2022). Lo hace con una película que recupera y armoniza dos aspectos de su cine: la amabilidad y sencillez formal de Primos (2011) y La gran familia española (2013) junto al poso algo más amargo o poco complaciente con lo que le apetezca al espectador de una Gordos (2009) o la maravillosa Azuloscurocasinegro (2006).

Rondallas y marineros

Crítica de 'Rondallas'

La historia de Rondallas es una de duelo colectivo, a pesar de que a veces juegue a que el protagonismo recae en los personajes de Javier Gutiérrez y María Vázquez o luego pivote sin ninguna vergüenza hacia el de la joven Judith Fernández (la cual hace aquí un trabajo notable, junto a Fernando Fraga). La película nos mete en la vida del pueblo, desde las dinámicas laborales de las mariscadoras hasta las vecinas cotillas o el equipo de remo local, porque se trata de que todo vuelva a la vida a la vez, no que un solo personaje se redima.

Esa evolución armoniosa, unida a la muy escasa idealización del entorno que se permite Sánchez-Arévalo, es lo mejor de la película. Porque sí, Rondallas es una feel-good-movie, cada vez que aparece un personaje te imaginas su evolución y relación con los demás, y los tres actos que manda el canon hollywoodiense o netflixiano están bastante marcados. Pero la «derrota del segundo acto» es tan amarga como solo son los rencores de pueblo pequeño, y el final es feliz a medias, con los personajes tomando decisiones lógicas, no «bonitas».

Frente a otros intentos de iberizar esta clase de historia de buenos sentimientos —incluidos los del propio director—, Rondallas se acerca más a la ausencia de soluciones mágicas de cierto cine social británico, sin permitirse lujos en los que de repente las depresiones se curan de forma mágica, en el pueblo surgen oportunidades de trabajo que en la vida real no existen o alguien no tiene que asumir sus responsabilidades penales. Que te haga «sentir bien» a pesar del realismo de esas decisiones, es el mérito real de la película.

Todos para uno, uno para todos

Crítica de 'Rondallas'

Efectivamente: Sánchez-Arévalo ha disfrazado un drama social español canónico, de los que rozan el realismo ‘sucio’, de fábula moralizante anglosajona. Y funciona. Sin necesidad de miserabilismos, de paternalizar a los personajes o abofetear al público para que llore —es más, dejando las escenas más emocionales casi en elipsis y brindándoselas a la habilidad del elenco, como debe ser—, comprendes perfectamente las dinámicas de callejón sin salida del entorno y a sus personajes, pero también que se alegren de estar todos juntos.

Como arco de duelo, funciona, pero también como descripción de dinámicas de grupo. Varios personajes hacen diferentes sacrificios por el bien de la comunidad, para cuidar a alguien a quien quieren o por ambos motivos a la vez, con la subtrama más cómica reflejando la más trágica y viceversa. Y esa compensación, ese armonizarse con los movimientos del resto acompasándose a sus virtudes y defectos, es lo que caracteriza las rondallas victoriosas.

Hora de tocar la última: Daniel Sánchez-Arévalo ha regresado a ese delicado equilibrio entre lo amargo y lo vitalista que caracteriza sus mejores trabajos por la puerta grande, con una película que combina la crítica social, sin cargar las tintas, con lo mejor de las comedias populares, un guión en equilibrio perfecto para que el tono no se desvíe y un gran reparto. Y encima clavando el tiempo y con doble verónica en el pase de banderas. No se le puede pedir mucho más.


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Jose A. Cano

Jose A. Cano

Jose A Cano (Lora del Río, Sevilla, 1985), es licenciado en Periodismo. Ha trabajado en medios como El Mundo, 20 Minutos, El Confidencial o eldiario.es, entre otros, como periodista de local, internacional o Cultura. Actualmente ejerce como redactor en Cine con Ñ y colabora con medios como El Salto o El Español, entre otros.