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Críticas

Perdiendo el juicio: Abogada soltera lucha por sus clientes

La nueva serie judicial de Atresmedia mezcla suspense, comedia y culebrón con acierto y, sobre todo, abrazando los topicazos que retrata sin vergüenza ninguna
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Perdiendo el juicio es como está Amanda, una abogada de éxito, de las mejores de Madrid, que sufre un ataque de su trastorno obsesivo-compulsivo (TOC) en mitad de una vista, arruinando el caso y, ya de paso, su carrera y su matrimonio. Unos meses más tarde, la vida de Amanda está en su punto más bajo, no puede ya ni pagar el alquiler si no es con ayuda de su ex, que está a punto de retirársela. Así que tiene que aceptar un trabajo. Cualquier trabajo, de hecho, el primero que pase. Y este es en el despacho más cutre y decadente de la capital, en el que van a caer los casos más extraños y sin solución.

Ally McBeal mezclada con Monk, por supuesto en comedia romántica y con suspense, pero también su poquito de mala leche. Mira, es tan de cajón que no sé cómo no se le había ocurrido antes a nadie. Es una fórmula que telegrafía los giros de la trama, la mayoría de los personajes —excepto la protagonista, y ni ella se libra del todo— están hechos con plantilla y hasta nos podemos imaginar cuáles van a ser sus relaciones a partir de la segunda frase que dicen en voz alta. Pero oye, tampoco vamos a acusar a nadie por hacer géneros comerciales que funcionan. Se pueden hacer mal, como Weiss&Morales, también estrenada en el Festival de Málaga, o bien, como en este caso.

Perdiendo el juicio no es la novena maravilla del mundo, ni lo pretende. Es una serie de prime time de las de antes, que vuelven a ser las de ahora mientras nos ponemos exquisitos en el streaming, de los mismos guionistas de Alba (2021) y hasta con la misma actriz, Elena Rivera, aquí con una vis cómica que no se le conocía (aunque su personaje no sabe que está en una comedia, y eso es bueno). Es un producto que huele a funcionar en multipantalla: abierto, Atresplayer y el inevitable paso a Netflix, Prime o lo que sea. Si mantiene el nivel de gracia y suspense, será de las maratoneables mientras uno hace la limpieza del sábado (y eso también es bueno).

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Los dos maromos que competirán por el corazón de Amanda son el ex un poco pijo y chulopiscinas (Miquel Fernández, especializado en variantes del mismo papel), que además tiene pareja nueva un poco mala de culebrón (Dafne Fernández), y el desastre humano de su nuevo jefe, un picapleitos chapuzas que se dedica a pactar culpabilidades con penas bajas en la máquina de café al que interpreta Manu Baqueiro en un papel tan alejado al de Amar es para siempre (2013-2024) que casi parece hecho a propósito. Son topicazos andantes, es cierto, pero en vez de intentar disimularlo, van a tope, sin vergüenza. Eso hay que respetarlo.

La estética de Perdiendo el juicio está copiada tal cual de las series yanquis de abogados, con esos azules metalizados, esos pasillos corporativos sin personalidad, Madrid como si fuese una Chicago castiza y todo el mundo trajeado hasta para irse a dormir… hasta cuando toca ser cutre y caen toques ibéricos, como don Alfonso Lara interpretando a un abogado veterano deseando la jubilación que se queda dormido en las reuniones —gag sacado en parte de The Good Wife (2009-2016), pero es que si vas a copiar, que sea de los mejores—. No es muy original, pero es que no se espera que lo parezca.

Además, lo que toma Perdiendo el juicio del modelo gringo es el esquema dramático, un poco del estilo y los arquetipos, no todo lo demás. Los juzgados son de aquí, con las partes a los lados y no enfrente, sin nadie paseándose por la sala y las revelaciones sorpresa en equilibrio entre ser eso, sorpresa, pero que un juez no muy majara las pueda permitir. Esto no es Lex (2008), que además la parte del drama legal les daba un poco igual y en realidad estaban copiando mal Nip/Tuck (2003-2010), ni tampoco Caronte (2020), que se buscaba excusas para tener a Roberto Álamo repartiendo candela a la mínima.

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El TOC de Amanda es sobrevenido, provocado por la pérdida del bebé que esperaba, y su primer caso, el que provoca que acepte trabajar en el despacho cutroso, es para defender precisamente a otra pija mujer con la misma enfermedad mental, porque sabe bien lo incapacitante que puede ser. Es verdad que es una Ally McBeal de Chamberí, que se creyó las mismas normas que ahora la convierten en paria y le toca sufrir, pero al menos eso le da un arco de redención menos visto (sobre todo si evitan que vuelva al bufete «guay»). Su enfermedad no es una parodia, tampoco se intenta que dé pena. Es un poco insoportable, pero simpática. Funciona.

Obviamente no es una comedia para revolcarse por el suelo de risa ni sonreír con suficiencia ante la preclara lucidez de sus afilados diálogos. Más bien encadena gags de estos de pasar vergüenza por delegación y similares. Pero bueno, Perdiendo el juicio no busca reinventar la rueda ni que la llenen de Feroces y TPs (aunque oye, alguna nominación le podría caer dependiendo de la competencia, cosas peores se han visto), sino que eches el rato usando estrategias de los tres géneros que mejor funcionan de toda la vida: comedia, suspense y culebrón. No es delito. Y si lo fuese, que los defienda una abogada con TOC.

Aquí venían coñas con Abogada Soltera, la parodia de McBeal en Futurama (1999 y contando), o con She-Hulk: Attorney at Law (2021). Pero Perdiendo el juicio ya está visto para sentencia. Gente trajeada viviendo aventuras aspiracionales en un mundo encapsulado que al menos intenta parecerse a un juzgado de verdad, con mucho humor, admitiendo la cutrez del tinglado, y salpimentado con el drama, entre muchas comillas, de ver con qué fornido doncel acaba yaciendo la protagonista. Echa uno el rato.

Jose A. Cano

Jose A. Cano

Jose A Cano (Lora del Río, Sevilla, 1985), es licenciado en Periodismo. Ha trabajado en medios como El Mundo, 20 Minutos, El Confidencial o eldiario.es, entre otros, como periodista de local, internacional o Cultura. Actualmente ejerce como redactor en Cine con Ñ y colabora con medios como El Salto o El Español, entre otros.