CRÍTICAS
Muy lejos: Mario Casas encarna el desarraigo de uno mismo

Stills de 'Muy lejos'. Montaje: ©Cine con Ñ
Muy lejos (Molt lluny), tanto como esté Utrecht, en Países Bajos, de Barcelona, es donde se queda Sergio. Viaja allí para ver un partido de fútbol con su hermano y unos amigos y justo antes de volver sufre un ataque de pánico y decide no subir al avión. Se queda en otro país sin documentación, sin nada más que lo puesto, sin conocer a nadie, sin dinero y, por supuesto, sin hablar una palabra del idioma. A partir de ahí tendrá que sobrevivir como pueda, aceptando trabajos que rozan lo miserable pero también aprendiendo a crear su propia comunidad allí, un espacio solidario entre iguales… al menos en principio.
Debuta en el largometraje Gerard Oms, conocido sobre todo por su labor como intérprete y formador de actores en películas como Sis dies corrents (2021), de Neus Ballús; Upon Entry (2022), de Alejandro Rojas y Juan Sebastián Vasquez, o Mi soledad tiene alas (2023), precisamente de Mario Casas, que aquí ejerce como protagonista absoluto. Un drama que podría ser comedia y con toques de documental sobre la inmigración y el desarraigo y que no solo ha competido en Sección Oficial en el Festival de Málaga, sino que ha cerrado también el D’A Film Festival de Barcelona.
Muy lejos juega a transmitir la experiencia del migrante económico español en Europa de la crisis anterior… aunque su personaje, en puridad, no lo sea, y los motivos para quedarse en Países Bajos sean otros. Sí que viven así algunos personajes de su entorno, con Oms muy consciente de las lecturas de clase que puede tener la cuestión y sembrando el elenco de personas que viven peor que Sergio, bien por cuestiones materiales, raciales o la combinación terrible de ambas. Quizás se le puede reprochar a la película, y en seguida llegamos a por qué, es que sabiendo eso, acabe cediendo a la tentación de un mero drama personal, sin esforzarse por darle una ligera lectura más allá.
Muy lejos de todo

Oms enmarca a su personaje emergiendo de una claraboya para respirar rodeado por un mar de tejados centroeuropeos, en mitad de la soledad absoluta, mientras un ciclista sale del plano ignorando completamente su desesperación. Se nota que el director, como se ha dicho, vivió la experiencia del expatriado español en Holanda, y particularmente en Utrecht, y utiliza la frialdad de la ciudad y su luz mortecina de invierno para reflejar el estado de ánimo del protagonista y su incapacidad de establecer lazos, aunque estos aparezcan, por simple inercia.
Casas está muy correcto a la hora de expresar ese aislamiento del personaje y estupendo en sus raros momentos de expansión, pero sufre a un David Verdaguer que le roba todas las escenas que comparten, en un papel especialmente insoportable dentro de la ficción pero divertidísimo visto desde fuera. Lo mejor es que el propio personaje no sabe que está haciendo comedia, dándole una naturalidad a esas escenas que ayuda a la credibilidad general de Muy lejos. Lo mismo para los cameillos, porque no pasan de unos minutos, de Raúl Prieto y Näusicaa Bonnín, tan bien como es habitual en ellos.
Luego muchos momentos ya se mueven por terrenos más previsibles, en los que Sergio, un fanático del RCD Espanyol —sirve para un chiste visual recurrente: siempre va con la camiseta del equipo mientras otros personajes lo llaman «el español» por su nacionalidad— un poco bruto, aunque con buen fondo, aprende a entenderse con personas muy diferentes a él, no porque fuese un tipo particularmente racista o lo que sea, sino porque en Barcelona vivía en su burbuja. Está bastante más visto de lo que parece y aquí, salvo lo que comentaremos a continuación, no se hace de forma particularmente original, pero al menos resulta natural y, hasta cierto punto, tierno.
Muy lejos de uno mismo

Porque hay que aclarar que Sergio tiene un motivo para sentirse enajenado no ya de su país o su entorno, sino incluso de sí mismo. No lo revelaremos, pero es fácil de deducir, se desvela poco a poco de manera orgánica, sin alharacas, e incluso invita a revisitar y comprender mejor algunas escenas del arranque. Quizás no parece todo lo natural que uno esperaría, pero funciona. De hecho, en la catarsis del personaje, ya mediado el último tercio, Oms se permite variar el estilo visual e incluso romper la banda sonora cuasi diegética que ha ido presentando durante el resto del metraje.
Y luego, cuando ya nos ha aclarado todo y el personaje, aparentemente, está en paz consigo mismo, va y se acaba. Tras una breve secuencia en la que se recogen algunos de los elementos del arranque y en la que se recupera el tono habitual de la película. Es decir, que ese chispazo fue, quizás, solo eso. Y la vida sigue. Es, probablemente, uno de los reflejos más certeros de la experiencia del desarraigo: el gris de la soledad, incluso tomando decisiones para aclimatarse como la de acondicionar la bicicleta, nunca se marcha. Solo te conviertes en parte de él, de una forma u otra.
Sellando el pasaporte. Muy lejos es una película sólida, muy correcta en su forma para contar lo que quiere contar, que se mantiene en su tono para transmitir lo que ocurre con el personaje e interpretada de forma certera. Por ponerle alguna pega, el problema es que es solo eso. La experiencia personal puede ser universal, pero al reducir el exilio de Sergio a un problema muy concreto, compartido por muchas personas pero que poco tiene que ver con la inmigración económica de españoles de los últimos 10 o 20 años, lo convierte en otra cosa, menos reflexiva en última instancia.


Jose A. Cano