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Críticas

La fiebre de los ricos: Una película partida en dos

Buscando mezclar la mala leche de las comedias negras en la línea del 'eat the rich' reciente y las fábulas de ciencia ficción sobre la desigualdad de hace una década, la nueva propuesta de Galder Gaztelu-Urrutia ('El Hoyo') hace bien los dos tonos pero no los casa bien entre sí
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La fiebre de los ricos narra la historia de una pandemia mundial, una que empieza afectando solo a los que más dinero tienen. La enfermedad sorprende a una ambiciosa directiva de un estudio cinematográfico justo cuando está a punto de ascender y llegar al nivel de riqueza al que siempre ha aspirado. Estafada por unos, abandonada por otros, iniciará un peligroso viaje para reunirse con su familia y luego encontrar un lugar en el que estar a salvo. El problema es que cuando todo el mundo empiece a deshacerse de sus posesiones, la enfermedad empezará a atacar a quien acumule cualquier mínima riqueza. Y pronto no quedará nadie a quien regalársela.

Galder Gaztelu-Urrutia, el director de El Hoyo (2019) y El Hoyo 2 (2024) firma su primer largometraje más allá del inquietante universo de la plataforma con otra fábula de ciencia-ficción sobre la desigualdad. Se trata, además, de una coproducción internacional rodada en inglés y con reparto anglosajón, por un lado con Mary Elizabeth Winstead a la cabeza, que viene del éxito de Un caballero en Moscú (2024), luego veteranos de prestigio como Timothy Spall dándole lustre a los secundarios. La cinta se estrenó en Sitges y su acogida, todo hay que decirlo, fue un poco fría.

La fiebre de los ricos podría ser otro título en la línea del ‘eat the rich’ reciente, pero pretende ir un poco más allá de comedias negras o bufas como El triángulo de la tristeza (2022), de Ruben Östlund; Parásitos (2019), de Bong Joon-ho —que inaugura la tendencia, más o menos— u otras como El menú (2022), de Mark Mylod, o la serie The White Lotus (2021-). También toma elementos, igualmente con intención de superarlos, de la ciencia ficción sobre la desigualdad de hace una década, tipo Elysium (2013), de Neill Blomkamp, o In time (2011), de Andrew Niccol. Dado que muchos de estos títulos no acabaron de saber cómo redondear sus propuestas, se lo pone difícil ya de partida.

Crítica de La fiebre de los ricos

La protagonista de La fiebre de los ricos a la que pone rostro Winstead está bien elegida. Es una rica wannabe, digamos, alguien con un puesto de alta dirección en un negocio millonario como el del cine —y que no produce nada «material», entiéndame lo que quiero decir con eso escribiendo donde escribo—. Que gana bien y que para usted y para mí es «rica», pero que no se ve a sí misma como tal, porque quiere ascender a megarrica y además a tener poder (que ya tiene algo, pero sobre gente bastante pringada). Y llega esto y lo estropea la fantasía cuando está a punto de ascender a primera. Como descripción del gran casino con la ruleta trucada que es el sistema actual, funciona.

Por otro lado, la parte que nos mete en su mundo es la más cargada de humor negro, y la necesaria autoparodia, de toda la película. En la primera secuencia se dedica a rechazar propuestas de largometrajes que son todos distopías de ciencia-ficción, a cada cuál más loca. Las puñaladas traperas en la cumbre de la compañía para la que trabaja, con jefecillo niño rico que hereda por defecto, o los primeros trucos sucios de milmillonarios que intentan dejar de serlo, son también graciosos u ocurrentes, y con suficiente mala leche.

La enfermedad de La fiebre de los ricos, además, se explica lo justo. Está entre la amenaza fantasmática que en su momento fue la COVID-19, la maldición inmaterial y fatalista de la muerte en la saga Destino Final (2000-2011) o el apagarse de la civilización sin causa aparente de El Colapso (2019) y, por qué no decirlo, nuestra Apagón (2022). Parece que, más que tener presencia real, esa epidemia sea una excusa para ser unos miserables que se dan a sí mismos algunos de los personajes, y ante lo que está el justificado el estupor, y algunas de las decisiones cuestionables, de la protagonista. No es mala ni buena, es que no entiende nada y tiene miedo.

Hasta ahí, más o menos, es una fábula con mala leche como las de Östlund con el giro extra de la ciencia ficción. Funciona, aunque sin alardes.

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El problema es cuando La fiebre de los ricos avanza y se convierte en otra distopía de «refugiados inversos» tipo El día de mañana (2012), de Roland Emmerich, en la que la glaciación respetaba fronteras nacionales y los yanquis tenían que pedir asilo en México. Se nota, además, la influencia inevitable del mencionado Blomkamp con su Distrito 9 (2009) o Hijos de los Hombres (2006), de Alfonso Cuarón, como quintaesencia de la distopía de futuro sucio en la que los ricos/blancos/europeos tienen que vivir cosas tercermundistas, tipo cruzar el mar en una embarcación precaria y con otra gente persiguiéndote, como en la española Nowhere (2023), de Albert Pintó.

Hay que decir que la historia en sí se vuelve más perezosa, pero la dirección de Gaztelu-Urrutia no. El color de la película va pasando, acertadamente, de colores saturados y entornos llenos de estímulos a un entorno de grises y marrones apagados, y el montaje se tranquiliza junto a ella. Un mundo que se paraliza conforme la acumulación de riqueza deja de ser un objetivo deseable y se va diluyendo hacia la nada. Un fin de la civilización en sordina que afecta a la propia forma de contarse. Pero eso, que es temáticamente adecuado, no acaba de encajar con la primera parte. Los dos tonos, que deberían ser más armónicos, chocan, aunque la propuesta tenga sentido.

Y esa es la lástima. Que la idea es potente: en un mundo que, como afirma Michel Nieva en su reciente ensayo Ciencia ficción capitalista (Anagrama, 2024), los megarricos parecen los únicos en proponer soluciones, aunque sean estúpidas o imposibles, hacemos explícito que es precisamente esa acumulación la que nos condena al apocalipsis que ellos dicen poder evitar. El mensaje es más directo, pero más ajustado a su momento histórico, que en cualquiera de los ejemplos antes citados.

Quizás el problema es que le exijo mucho a La fiebre de los ricos, que sea una bomba creativa, de mensaje inequívoco pero envoltorio novedoso e inquietante como la primera entrega de El Hoyo y su canibalismo de clase media. Y eso es imposible, claro, es problema mío, o nuestro, y no de la película, que además se la juega intentando algo muy complicado, le salga bien o mal, y eso siempre es loable. Es probable que la percepción de la película mejore con el tiempo (incluida, probablemente, la de quien esto escribe), y su forma de intentar abordar las ansiedades de la actualidad resulta acertada, pero el experimento se queda en fallido.

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Jose A. Cano

Jose A. Cano

Jose A Cano (Lora del Río, Sevilla, 1985), es licenciado en Periodismo. Ha trabajado en medios como El Mundo, 20 Minutos, El Confidencial o eldiario.es, entre otros, como periodista de local, internacional o Cultura. Actualmente ejerce como redactor en Cine con Ñ y colabora con medios como El Salto o El Español, entre otros.