CRÍTICAS
Una vida menos en Canarias: El Ryanair de las series

Una vida menos en Canarias es la historia del inspector Luis Lacasa, un veterano investigador de la Policía con un gran cerebro y malas pulgas, que decide retomar su carrera tras un caso que sale mal con un traslado a Canarias. Allí conoce a Naira Oramas, otra agente de su mismo rango y con la que debe compartir unidad, a pesar de que sus métodos e ideas sobre cómo organizar las investigaciones son muy diferentes. Lacasa aprenderá a entender las Islas mientras se enfrenta a las consecuencias del caso que nunca pudo resolver y vuelve a contactar con su hija.
Quiere la casualidad que la nueva serie de Atresmedia se estrene la misma semana que Zorro, poco después de Cristóbal Balenciaga o Galgos y con poca con el retorno de Operación Marea Negra o la docuserie de ‘El Pequeño Nicolás’. Lo veníamos diciendo, y no solo nosotros: esto es lo que hay. O gigantes o enanos. Por un lado, series «de estudio», superproducciones solo si se venden o coproducen con el gringo o América Latina y solo cierta libertad o complejidad en Movistar o Filmin (a veces en Atresplayer, aunque solo para streaming).
Por el otro, un grueso, en el que se ubicaría esta serie, de productos que en otra época serían para el abierto ahora con mejor factura y marketing: poco ambiciosos, con menos episodios y, a veces, con anuncios como los de siempre y aparte también pagas suscripción. La revolución se ha terminado y hemos vuelto a la tele de los 90, solo que más cara y más clasista. Por resumir: se estrena en Atresplayer y está anunciada para Antena 3, pero huele a Atreseries. Es el regreso del low cost, que en realidad nunca se fue.
Centrándonos en Una vida menos en Canarias: el policial llevaba un tiempo de capa caída y ahora vive una inusual resurrección, con La novia gitana y la extinta Servir y proteger en sus extremos y Los misterios de Laura, ahora Laura y sus misterios, como decana y faro espiritual. Atresmedia no ha arriesgado mucho y está por ver si le funciona. La principal novedad es que ante el recorte general de gastos, el formato sea a base de temporadas cortas, aunque el esquema de los episodios unitarios sea de procedimental de los de «el caso de la semana», un poco más cerca del estilo británico o nórdico que del habitual referente yanqui.
Crimen en el apartahotel

Quizás les suene la serie Crimen en el paraíso, precisamente un procedimental francobritánico a base de temporadas de ocho episodios, tan esquemático, tópico en su representación del escenario en que se ubica y con personajes tan arquetípicos que ha sobrevivido 14 temporadas cambiando de protagonistas en cuatro ocasiones. Como una especie de cruce sicalíptico de Pacifiction, Doctor Who, La que se avecina y Se ha escrito un crimen, su mezcla de promoción turística del islote de Sainte-Marie (perteneciente a Martinica, y por tanto colonia francesa), costumbrismo un poco racista y casos alambicados pero inofensivos funciona como un tiro.
Una vida menos en Canarias quizás no se inspira directamente en Crimen en el paraíso, pero desde luego lo parece. De hecho, el título ya suena a inversión del original en inglés de la otra, Death in paradise, adaptado para que sea «franquiciable» estilo CSI —’Una vida menos’ en Ibiza, en Benidorm, en La Manga— o como guiño a The Mallorca Files, otra que tal. Solo, que sobre el papel, ni Canarias es una colonia ni los «godos» tenemos tantos prejuicios sobre las islas. Hasta que ves la serie, con los agentes aplatanaos y la comisaría precaria pero no por recortes sino por ese carácter tan relajado, y dices: que vuelva Valerón, aunque sea de cabo.
Pero antes de reprocharle a Una vida menos en Canarias lo que no quiere hacer, juzguémosla por lo que sí: ¿funciona el procedimental? Pues depende. Ginés García Millán está muy bien elegido para su papel, Natalia Verbeke quizás no tanto, pero ninguno de los dos parece demasiado interesado en currárselo. De los secundarios solo tiene gracia Paco Marín como ese Watson castizo y con giro inesperado, aunque a Sergio Momo, Silvia Naval y Mari Carmen Sánchez habrá que reconocerles que hacen lo que pueden con lo que les dan. Sus relaciones son previsibles y algunas veces se presentan de forma ridícula, y los casos son todo lo creíbles que suelen en estas series.
Una vida menos en Canarias, un AirBnB más

Así que bueno, eso. El que le guste ponerse en maratón episodios de Bones o similares de fondo mientras plancha, solo que con menos ciencia, exteriores más bonitos y acento canario —bueno, como siempre, de secundarios cómicos o criminales, no de protas o personajes cualificados—, pues que tire. El que no, se arriesga a activar el chip supertacañón y acabar viendo problemas por todas partes. En los personajes —las escenas cómicas de flirteo dan vergüenza ajena, el presunto conflicto del protagonista con su hija es inexistente, el uso del daltonismo de este es de niño de 15 años— y, sobre todo, en el escenario.
Porque en Una vida menos en Canarias lo que se dice Canarias, en realidad, se ve poco. Como siempre en esta época de administraciones públicas a la carrera de rebajar impuestos para acoger rodajes, se trata de vender unas cuantas localizaciones, idealizando mucho el lugar como destino turístico, ridiculizando por diferentes vías a los naturales y opacando los problemas reales del lugar. Sabiendo las desigualdades que el turismo provoca en la vida en las islas, este retrato o busca ofender o esta dirigido a «godos» que no sepan ni situarlas en el mapa. En unas semanas Detective Touré demostrará que se puede hacer un policial cómico sin caer en todo esto.
Bajando la persiana del chiringuito: Una vida menos en Canarias es perfectamente disfrutable por alguien que solo quiera un procedimental tontorrón, pero el mundo seguiría girando si no existiese. Ustedes saben que servidor solo se ensaña si la situación lo requiere —»la situación» son Netflix o Prime— y que no tenemos nada en contra del entretenimiento barato, pero una cosa es ser low cost y otra Ryanair. El modelo dentro y fuera de la pantalla de esta serie es el de la turistificación, el colonialismo económico y cultural y una sociedad infantilizada, adocenada, clasista y racista. Así que, por lo que sea, cuesta dejarle una crítica honesta que lo ignore.



Jose A. Cano