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CRÍTICAS

La espera: Pueblo pequeño, infierno grande

Un wéstern rural que avanza de forma natural hacia la fábula oscura pero que pierde un par de veces el tono con recursos de un terror más facilón
<strong>La espera</strong>: Pueblo pequeño, infierno grande 2

La espera es la historia de Eladio, que consigue un trabajo de guarda en la finca de un terrateniente, algo que incluye ocuparse de la organización de los puestos de caza para los monterías. Estamos en la España de los 70 y Eladio, analfabeto, tienes pocas opciones más para cuidar de su familia. Así que cuando uno de los capataces del dueño le ofrezca poner más puestos de cacería de los acordados a cambio un soborno, aunque es peligroso él se verá tentado a aceptar. Pero Eladio no debe olvidar que la tierra tiene memoria, y maldice a quien la traiciona.

Se vuelven a reunir F. Javier Gutiérrez y Víctor Clavijo quince años después de 3 días (2008), en otro artefacto de género con ambientación rural y la familia como eje, aunque en este caso el terror y el naturalismo pesen más que la excusa, más o menos, de la ciencia-ficción. Supone el regreso del director a España, algo que ya de paso subraya las pocas oportunidades que ha tenido de ponerse detrás de la cámara: entre una y otra película solo ha firmado Rings (2017), su filme de cruce del charco.

La espera es una película circunscrita al imaginario de Gutiérrez, pero también se habla con el momento actual del terror español —aunque se produce tanto que últimamente esto sirve para casi cualquier cosa— con títulos «de época» y ambientación rural como La casa del caracol, El páramo, La niña de la comunión o los largometrajes de Carlota Pereda. Esto puede tener profundas interpretaciones psicosociológicas con la esquizofrénica relación con «el campo» del reciente «cine neorrural» o solo significar que el aislamiento y la capa de misterio de lo telúrico dan mucho juego con eso del suspense.

Crítica de La espera de F. Javier Gutiérrez con Víctor Clavijo

Lo sobrenatural en La espera tarda en aparecer y cuando empieza a asomar lo hace de manera casi subliminal, de forma que hasta un poco más de la mitad del metraje la historia de Eladio es una de desclasamiento, corrupción y miseria. Casi como si la historia de Paco El Bajo la contase Sam Peckinpah, un wéstern de venganza con el suspense muy bien medido donde el rural es retratado con detallismo hiperrealista —esos planos del personaje de Ruth Díaz que siempre parten de las manos castigadas de mujer del campo de la época, esa mierda que se acumula allá donde miras—. Solo que, como sugiere la atmósfera desde que arranca, el filme, esto se encamina hacia otro lugar.

Para llegar ahí, a ese retrato de las comunidades cerradas y la religiosidad popular en sus extremos más negativos desde el terror puro, La espera necesita pasar por toda la primera parte, la realista. Porque con esos personajes y en esa época, el concepto de la culpa, en torno al cual acaba girando toda la película, es fundamental en la idea misma de la fe, aunque esta sea una fe torcida. Sobrevuela ese concepto de fábula negra lorquiana, en la que la relación con la tierra es siempre una prisión, y donde lo que se castiga es el arribismo, el deseo del desclasamiento, como el de Marcia o Don Carlos, el personaje de Manuel Morón.

A destacar la siempre solvente aportación de Pedro Casablanc, brevísimo como el señorito mefistofélico, sabiendo aprovechar tanto la voz como su presencia física. En parte su personaje, que abre y cierra la película, es un malo de drama rural naturalista o un supervillano sobrenatural, y tanto la cámara como el propio actor consiguen darle el equilibrio justo. Sabemos que la explicación «real» para el guión es la segunda, y el extrañamiento al que juegan la composición o los zoom lo refuerzan, pero también es importante que el personaje, cuando dialoga, se mantenga más cerca de la primera.

<strong>La espera</strong>: Pueblo pequeño, infierno grande 1

Aún así, con el giro del último tercio del metraje, cuando ya no hay dudas de que lo que está ocurriendo es de naturaleza mágica de alguna manera, la película pierde su atmósfera. Aunque se cuida mucho de dar explicaciones que no sean admoniciones supersticiosas que podrían pasar por naturalistas, las «apariciones», vamos a llamarlas así por no hacer spoilers, son cualquier cosa menos sutiles, sobre todo una de ellas, e investidas de una parafernalia de terror facilón que precisamente esta película no necesita. Habría sido más acertado e igual de impactante que los intérpretes compareciesen sin maquillaje ni artificio, como sí sucede en otros momentos.

Aunque la secuencia final, que es la que se revuelca más en el ataque sobrenatural, funciona, casi todo lo que lleva hasta ella en ese tramo de la película (a partir del momento en que Eladio «se sale del guión» de sus perseguidores) parece apresurado o realizado pensando que el espectador no va a captar que lo que sucede es algún tipo de maldición. Es una pena, porque desperdicia ese guión detallista y sutil de toda la película. Otra cuestión posible sería plantear que la cuestión sobre la culpa de Eladio es una trampa perfecta: haga lo que haga está condenado. Pero claro, no es una opinión de la película, sino un retrato psicólogo del ambiente.

Echando la última palada de tierra a la fosa, La espera es una película de suspense muy bien lograda, que evoluciona con naturalidad de la primera parte de realismo sucio a la sobrenatural y lo hace con un propósito narrativo claro. Ese buen uso del género para el retrato de un ambiente psicológico o cultural, eso sí, descarrila con un par de detalles en los que el terror pasa de la fábula oscura con un pie en el folclore al susto por defecto. Pero el final y el conjunto lo cierran como una notable historia de opresión y culpa.

Imágenes: La espera (Montaje de portada: Cine con Ñ)
Jose A. Cano

Jose A. Cano

Jose A Cano (Lora del Río, Sevilla, 1985), es licenciado en Periodismo. Ha trabajado en medios como El Mundo, 20 Minutos, El Confidencial o eldiario.es, entre otros, como periodista de local, internacional o Cultura. Actualmente ejerce como redactor en Cine con Ñ y colabora con medios como El Salto o El Español, entre otros.