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Vestidas de azul: ¿Para quién estás hablando?

Vestidas de azul sigue a Valeria, la periodista que contó la historia de Cristina Ortiz, La Veneno, cuando busca un nuevo tema sobre el que escribir. Tras la muerte de una de las amigas de Cristina, una mujer trans de cierta edad y que tuvo una vida tan complicada o más como la de la estrella televisiva, la joven periodista descubre el documental Vestida de azul, rodado en 1983 por Antonio Giménez Rico, que explica las vidas de seis mujeres trans durante la Transición. Y decide, a partir de ahí, completar la historia de esas mujeres.
La secuela de Veneno es una nueva ampliación del pequeño imperio Suma Content, que este año ha estrenado la segunda temporada de Cardo, el éxito absoluto de La Mesías y esta serie. Repiten tras la cámara y al guión los nombres habituales. Además de Javier Ambrossi y Javier Calvo, cuyo papel ha sido más testimonial en este caso, están Claudia Costafreda, Ian de la Rosa y Mikel Rueda, en dirección, y se suman en la sala de escritura Susana López Rubio, Javier Holgado y Javier Ferreiro.
Atresmedia continúa con su política de productos de (presunto) nicho para el streaming y más populares (excusa para «conservadores») para el abierto, de manera que en Atresplayer deja a Irene Montero a la derecha y en Antena 3 pide el voto para Feijóo (si les pilla el día bueno). Vestidas de azul es un título goloso en ese sentido, que además será «vendible» allende nuestras fronteras, una de las principales fuentes de rentabilidad de determinadas producciones españolas.
Una secuela con sentido

Más allá de los debates sobre imagen de marca, negocio y demás, vamos, de pinkwashing, que se puedan tener, Vestidas de azul es una secuela, digamos, «natural». Adapta otro libro de la misma autora del que usa de base su serie madre, que ya era una continuación temática de aquel, y además lo hace con una referencia cinematográfica a un clásico del documental de la Transición que sirve a Ambrossi, Calvo y compañía para sus habituales reflexiones sobre la representación, la perversión de las imágenes y el mundo del espectáculo.
Por una parte vuelve a estar la historia de Valeria (Lola Rodríguez), que no se queda en mero vehículo narrativo sino que recibe su propio peso dramático, quizás más leve que en la primera entrega. Por otro, esa reivindicación de la memoria trans de la Transición, de la época en la que determinadas realidades solo podían reflejarse desde lo cómico o lo monstruoso, llevándolas a un terreno emotivo y dramático más normalizado. Tenemos varias historias diferenciadas, una por capítulo, ambientadas en el Madrid de los primeros 80, más o menos, sobre el descubrimiento de identidades trans.
En ese sentido, y solo hasta cierto punto, la serie es una modernización y ficcionalización del documental de Giménez Rico (este redactor no ha leído el libro de Vegas, así que ignora hasta qué punto es esquema sacado de este). Además el propio cineasta está incorporado a la historia, interpretado por Luis Callejo y con parte de su equipo también ficcionado, dándole una lectura metacinematográfica extra que también habla de la manera en la que se percibían las identidades no normativas entonces —más exotizadas y marginalizadas— y en la actualidad.
Hace algo con lo que la ficción y el documental LGTBI reciente batalla con diferentes estrategias: intentar establecer genealogías desde la normalidad. Las experiencias de las mujeres trans de la Transición y sus cuidados mutuos resultan cotidianos sin ser retratados con sordidez o chufla (como habrían sido en una ficción de las dos épocas que se retratan), y eso es el mínimo exigible que hace a esta serie, digamos, relevante. De hecho, no corre peligro de caer en el morbo del famoseo que tenía Veneno y, frente a aquella, tiene la virtud de no hacer de la condición trans una excepcionalidad.
El tema y el mensaje

Por otra parte, tiene la eterna desventaja de las antologías, aunque estén empastadas por subtramas comunes —incluida una subtrama amorosa para Paca La Piraña—. Todos los personajes no son igual de interesantes ni las actrices igual de buenas, sus historias pueden resultar repetitivas (aunque sea parte de la idea). No es que no tenga sentido retratar el sufrimiento de las personas no normativas en el servicio militar, es que llevado a la ficción es complicado que no suene a ya visto. Por lo demás, pues como ya es habitual, se tira la casa por la ventana, y tenemos por aquí a Marisa Paredes, Pedro Casablanc, Susana Abaitua o Llum Barrera para los secundarios o episódicos.
La duda es la de siempre con estos productos comprometidos y LGTBIfriendly de Atresmedia: ¿a quién se dirigen? Y, prescindiendo de la estrategia comercial de la tele de Grupo Planeta, mirando al personal creativo detrás: ¿qué objetivo tienen? (aparte del muy respetable de ganarse las lentejas). Porque el de Vestidas de azul parecer ser establecer eso tan complicado de las genealogías —las identidades «no normativas» han estado aquí siempre, no son un invento moderno— y la normalización, pero lo hace como un producto que está pensado como de nicho, y de hecho, autocomplaciente, para un público muy concreto.
Recogiendo los bártulos. Vestidas de azul es una serie realizada con oficio y que sabe donde tiene su núcleo emotivo, pero corre el riesgo de tener tan claro que este va funcionar por razones exteriores a la propia serie que acabe perdiendo su condición de producto narrativo independiente. Es una buena serie y aún mejor miniserie, pero es posible que su destino sea convertirse en un apéndice en la historia del éxito de la serie madre, que fue, de una manera u otra, la que vino a cambiarlo casi todo.

Jose A. Cano