Críticas
Un plan perfecto: Campanas de Belén con la vuelta al cole

Stills de 'Un plan perfecto'. Montaje: ©Cine con Ñ
En Un plan perfecto, la familia Ibáñez comienza pasando una mala racha: llega la Navidad, el banco les va a desahuciar de su casa y no pueden intercambiar más de tres palabras sin que la conversación acabe en discusión. Un desastre, vamos. Es entonces, cuando Ángel, el padre de la familia, descubre en el sótano un misterioso túnel que conecta con el banco que tienen enfrente de casa. Ahí es donde entra Rufus, un ladrón jubilado que cambiará la vida de los Ibáñez y les ayudará a dar un gran golpe. O a darse un gran golpe.
Tras haber dirigido capítulos en varias series como La agencia (2025) o miniseries documentales como Las últimas horas de Mario Biondo (2023), María Pulido se estrena en la dirección de largometrajes con esta comedia familiar de corte navideño. El guión corre a cargo de Tacho González, que no participaba en un proyecto desde la década de los 2000, y Salvador Perpiñá, que también ha formado parte del equipo de guionistas del fenómeno Reina roja.
Un plan perfecto es una película que, con toda seguridad, ya has visto antes: el cine español está sobresaturado de este tipo de comedias familiares —en las que todas acaban oliendo y sabiendo a lo mismo—. Por ahí, la película no aporta nada nuevo ni nada que destaque a las interpretaciones. Respecto a los actores, que son el grueso de este tipo películas, Jordi Sánchez está resultón en su papel de padre torpe, las actuaciones de los niños son simpáticas y Leo Harlem hace un buen equipo con ellos, pese a no ser su mejor interpretación.
Un plan perfecto y también predecible

No hay que ser especialmente imaginativo para adivinar cómo es el ‘plan perfecto’ de los Ibáñez. Ese es el problema del guión, que lo primero que se le pasa el espectador por la cabeza cuando se barrunta que va a suceder, probablemente sea lo que pase. Hay algún intento de giro, sobre todo en el tercer acto, pero también quedan algo perezosos. En concreto, hacia el final de la película, la necesidad de crear un conflicto final se les echa encima y los choques que tienen los personajes resultan un poco gratuitos.
Si dejamos de lado el hecho de que se hace un poco pronto para una comedia navideña —seguramente su destino real sea un estreno en streaming para entonces—, la película tiene algunos puntos buenos que son divertidos: un ladrón de la tercera edad, un banquero con ínfulas de escritor, un escritor que no escribe… Que sí, que está un poco trillado, pero en el formato funciona porque mantiene un buen ritmo y se hace ágil, más por buen montaje que por ingenio del guión.
Argumentalmente además hay que hacerle la vista gorda a muchas cosas; como el no saber nunca cuando les desahucian o lo disparatado del plan, aspectos en los que quizás se le puede pasar la mano. No obstante, el final de la película es muy abierto, tanto, que el conflicto principal de la película no se resuelve o no queda clara su resolución.
Moraleja: Robar mejor en familia

La película tiene algún plano interesante que muestra una intencionalidad desde dirección y contribuye a esa agilidad que necesitan este tipo de historia. Aunque siendo una película comercial, no se le puede pedir mucha más autoría. Tiene colores muy vivos, en la línea de La familia Benetón (2024), que también funciona como reclamo para el público más infantil. A esto le añadimos, una vez más, la manía de poner casoplones que no casan con la historia que nos quieren vender de los personajes.
Jordi Sánchez, el cabeza de familia, está gracioso, mientras que la interpretación de Leo Harlem no acaba de cuajar. Le falta un puntito más canalla, que es lo que pide su personaje y a lo que normalmente nos tiene acostumbrados. Lo mejor que tiene son sus interacciones con los niños. Anastasia Russo, como Patricia, la hija menor de los Ibáñez, es un personaje entrañable, que es lo que se busca.
Un plan perfecto al final nos lleva a lo mismo que el resto de comedias familiares de este tipo: que cualquier cosa es mejor en familia. Ahora bien, la moraleja que tendríamos que sacar es que una película debería poder estar dirigida a un público infantil, y que tenga algo de chicha al mismo tiempo. Al fin y al cabo, los que llevan al cine a los niños son los padres, que no dejarán de agradecer reírse con algo.


Candela Victoria Moyano