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Votemos: Normalidad y junta extraordinaria

Stills de 'Votemos'. ©Unai Mateo. Montaje: ©Cine con Ñ
Votemos se acerca a la junta de vecinos de un edificio del centro de Madrid. La reunión se había convocado para aprobar un cambio de ascensor, pero una noticia desata la tormenta: uno de los vecinos (Raúl Fernández de Pablo) va a alquilar su piso a un compañero de trabajo que ha sufrido problemas de salud mental. Varios de los vecinos se oponen a su presencia en el edificio. Lo que iba a ser una rápida y amigable votación para resolver un trámite se convierte en todo un enfrentamiento entre vecinos.
Es curioso el camino de Santiago Requejo con esta película. El director y guionista adapta en imperativo su propio corto —Votamos (2021), nominado al Goya y en la shortlist de los Óscar—, una idea que antes había convertido en una obra de teatro de éxito… en Argentina. Lo del corto es un paso típico para cineastas noveles, mientras que lo de irse primero al teatro y autoadaptarse al cine después es una particularidad que en España tiene precedentes muy contados —pienso en Edgar Neville (El baile), Albert Espinosa (No me pidas que te bese porque te basaré), Peris Romano (Los miércoles no existen) y Cesc Gay (Sentimental)—. Todo está como un poco fuera del tiesto habitual de la industria.
La herencia de este planteamiento, coral y en localización única, es a la vez la principal losa y la principal virtud de Votemos, que sufre por momentos a la hora de hilar un argumento para largometraje, que sea divertido y creíble a partir de solo conversaciones en tiempo real. Pero por eso mismo hay que también darle crédito a lo afinada que está como música de cámara: la coralidad del reparto funciona en el tono de las interpretaciones y el arco de los personajes, ayudados por un ritmo y una escritura que se mantienen afilados sin dejar de ser accesibles.
De la salud mental a la vivienda

Como ya le pasaba en la estimable @buelos (2019) y en la menos estimable No puedo vivir sin ti (2024), Requejo recoge un problema social con trasfondo real (en @buelos era el del empleo y el olvido de las personas mayores; en No puedo vivir sin ti, el de la dependencia al móvil) como es el del estigma con respecto a los problemas de salud mental para orquestar una pieza de humor, con una estructura muy de dramaturgia teatral, en la que se van descubriendo las aristas y algún que otro secreto de todos estos personajes, cada uno con sus propios demonios.
Lo que identifica a Votemos como comedia amarga con cintura es que, a día de hoy, el tema de la salud mental palidece en actualidad con respecto a otro que, sea por accidente o queriendo, se trata en la película: el de la vivienda. Y es que lo más dolorosamente divertido de todo es que, pese a que todo lo principal sea el tema de los prejuicios sobre qué significa convivir con una enfermedad o problema psicofísico, la película contenga un mensaje final que parece estar criticando… la hipocresía del rentista.
Que Votemos de pie a esta reflexión ambivalente es que lo que ha escrito Requejo tiene la suficiente ambigüedad, profundidad y ramificaciones para dar pie a mirar en una cara de la moneda y en la contraria al mismo tiempo, sea esto voluntario o no. Esta ambigüedad es muy típica de las últimas películas episódicas de Cesc Gay, precisamente, y Requejo se lo lleva a ese costumbrismo de vecino problemático, de bronca de rellano y ascensor, que tanto nos gusta en España y que comedias como La comunidad (2000) y Aquí no hay quien viva (2003-2006) han contribuido en convertir en subgénero propio.
Votemos con normalidad

Pero la realidad es que Votemos es menos estrambótica y astracanada que las comedias que he citado. Hay una mesura, una voluntad por mantener una cierta verosimilitud, una tendencia a aguantar la compostura y tirar más de la comedia de pullas y dardos cruzados con una cierta voluntad de naturalidad. Por eso mismo chirría cuando se deja llevar por las convenciones del grupo (todos hablando a la vez, etc…), el griterío fácil y el golpe de efecto.
La aguantan agarrarse a la compostura y dobleces del personaje y la interpretación de Raúl Fernández, que recuerda un poco, incluso físicamente, a las de José Sacristán como español común en el primer cine de Garci (Asignatura pendiente, Solos en la madrugada). Es en este divorciado, irremediablemente mediocre, y su piso, destartalado y creíble como piso antiguo de Madrid, donde la película coge su personalidad, algo decadente, acompañada por los tonos neutros de la fotografía de Kiko de la Rica.
Por ir firmando el acta: Votemos es una comedia de las del pequeño grupo de «no adscritas» en el cine español, fuera de los remakes o las familiares. Pero no por original deja de tener un humor muy reconocible, pegado a nuestras tradiciones de la vecindad, y defendido con agilidad. Aunque la máquina desfallezca por un planteamiento limitado más digerible en las tablas, la película se salva a sí misma con una dignidad que no tienen sus vecinos.

Arturo Tena