Análisis
Alienígenas, curas y diablos: un recorrido por el cine de Velasco Broca

Velasco Broca, en el rodaje de 'El futuro testamento', su primer largometraje. ©Óscar Fernández Orengo
Con más de 25 años de carrera y el recién anunciado rodaje de su primer largometraje, El futuro testamento, posiblemente una de las películas más deseadas de los últimos tiempos, es buen momento para hacer un recorrido por el cine de César Velasco Broca, quien a lo largo de lo que llevamos de siglo ha ido salpicando la cinematografía patria con algunas de las obras más desconcertantes jamás rodadas, con las que ha recorrido varios de los festivales internacionales más prestigiosos (Cannes, Locarno, Sitges, BAFICI o Slamdance) y que ahora están disponibles en Filmin.
La primera muestra de su imaginario quedó plasmada en Footsy (1996), un iniciático cortometraje rodado en super-8. En esta obra comienzan a vislumbrarse algunos de los rasgos que definirán su trayectoria: el despertar sexual y un marcado fetichismo hacia determinados elementos y atmósferas. En este caso, la obsesión por los pies del protagonista se convierte en el eje que impulsa el desarrollo de la historia.
Además de elementos vinculados con lo ceremonial y lo religioso (las primeras imágenes de esta película se sitúan en una boda), en Footsy se aprecia ya también el constante acercamiento a temas propios del fantástico clásico, la creación de monstruos y criaturas con técnicas artesanales y, por supuesto, su firme apuesta por el rodaje en celuloide.
Invasiones monstruosas del espacio exterior
Del super-8 dará el salto al 16mm, y entre los años 2000 y 2006 Velasco Broca realiza tres películas que a manera de trilogía quedan englobadas bajo el nombre de Echos der Buchrücken: Kinky Hoodoo Voodoo —aka Saturno al final del verano— (2000 – 2004), Der Milchshorf —aka La costra láctea— (2001) y Avant pétalos grillados (2006).
Tras estos enigmáticos títulos se esconden tres cortometrajes, rodados en blanco y negro, que comparten una serie de constantes temáticas y estilísticas: invasiones alienígenas, un sincero acercamiento a temas relacionados con el folclore, la cultura popular, la tecnología retro y la disociación entre imagen y sonido. Broca desarrolla una narrativa fragmentada y surrealista, que invita al espectador a completar el sentido de las imágenes.
El primer corto, Kinky Hoodoo Voodoo, convierte un campamento de verano en el escenario de una pesadilla sobre el paso a la pubertad y el impulso sexual. Para darle forma, el joven director echa mano de la ciencia ficción de serie B, de viscosas crisálidas que recuerdan a La invasión de los ladrones de cuerpos (1956) y de un surrealismo heredero del primer Buñuel.
La costra láctea continúa esta reflexión sobre la sexualidad, aunque con una propuesta más compleja. Rodada en la costa cantábrica, la película está llena de ingeniosos recursos de montaje, con imágenes de carácter naturalista y etnográfico sobre las que aterriza una invasión alienígena.
La obra surgió como respuesta a un encargo institucional para la realización de un vídeo de educación sexual para adolescentes. Obviamente, el resultado no cumplió las expectativas funcionales de quienes la encargaron y la película no se usó para los fines originalmente propuestos. Proyectada tiempo después en el programa Versión Española, ya es historia de la televisión el momento en el que Cayetana Guillén Cuervo dijo en antena que era «el cortometraje más raro emitido en la historia del programa».
La trilogía se cierra con Avant pétalos grillados, cortometraje con una exquisita planificación, y unos encuadres de sabor bressoniano que fragmentan los cuerpos. Cargado de gran potencia narrativa, en esta película Broca lleva aún más lejos la experimentación sonora y formal. Presenta a una serie de extraterrestres, esta vez con aspecto de insectos mutantes, que deciden asaltar una institución de exploración sonora para invidentes, a la par que muestran una total fijación por culturistas y escultores, quizás con el objetivo de encontrar el volumen perfecto.
El que más da, más tiene. Matemáticas de Dios
Su siguiente proyecto cinematográfico le conectó con José Val del Omar, figura clave del cine experimental español. Mientras residía en Berlín, Velasco Broca rodaba junto a Ion de Sosa, Imperio y Aurora, una película que retrataba decenas de besos entre parejas y exparejas. Fue entonces cuando recibió el encargo de realizar un documental sobre el cineasta granadino para el cofre Val del Omar, elemental de España, editado por Cameo. Durante el proceso de investigación, Velasco Broca descubrió una película familiar en la que Val del Omar aparece besándose con su esposa, Luisa Santos. Este hallazgo provocó que su Imperio y Aurora se fusionara con este encargo, y así surgió Val del Omar fuera de sus casillas (2010).
La película se estructura en dos partes claramente diferenciadas, separadas por los propios créditos que aparecen a mitad de metraje. La primera recorre el PLAT, el laboratorio Picto-Lumínica-Audio-Táctil donde Val del Omar desarrolló sus investigaciones audiovisuales. Situado en el barrio madrileño de Peñagrande, albergaba un fascinante conjunto de artilugios: cámaras y proyectores modificados, lentes, filtros, mesas de montaje y otros inventos de su propia creación, que actualmente forma parte de la colección del Museo Reina Sofía. La segunda parte ofrece esa bella colección de besos, heredera directa del proyecto inicial de Imperio y Aurora.
Acabada esta película y Mil pesetas (2012), un brevísimo ensayo construido a partir del remontaje de materiales visuales y sonoros del propio Val del Omar, Velasco Broca desapareció como el Guadiana. Fue una larga temporada en la que muchos temimos que no volvería a hacer cine. Sin embargo, mientras residía en la India, encontró unos ojos por los que emerger de nuevo a la superficie.
La geografía y algunos vecinos de Varanasi, la ciudad india donde vivía, fue el germen de su siguiente obra: Nuestra amiga la luna (2016). Una demostración de que el cine de Velasco Broca, como más de una vez él mismo ha comentado en alguna entrevista, nace de las localizaciones. Desarrolla sus ideas a partir de ciertos lugares que encuentra y habita, espacios que luego transforma y recontextualiza. Otro ejemplo claro de esto está en la Ciudad Universitaria de Madrid, lugar que habitó durante sus años de estudiante de Comunicación Audiovisual y cuyos alrededores, con emblemáticos edificios como el Museo del Traje o La Casa de Brasil, se convirtieron en el distópico escenario de Avant Pétalos Grillados.
Nuestra amiga la luna está inspirada en el Himno de la perla, un poema alegórico de los inicios del cristianismo, que sirve de argamasa para unir mundos poblados de los más variopintos personajes. En este corto se nota el papel fundamental que juega el montaje en las películas de Broca. La tensión que se genera, entre un plano y el siguiente, abre portales que conducen a universos paralelos; un espacio tiempo que parece no guardar relación con lo que le ha precedido, pero que, sin embargo, gracias a la fuerza y el lirismo de las imágenes, todo fluye con una extraña naturalidad, sin que podamos dejar de mirar la pantalla, sumiéndonos con absoluta devoción en las grietas que se forman, aunque no sepamos muy bien hacia donde nos va a conducir ese camino.
Los curas y diablos de Velasco Broca
De vuelta a España y con fuerzas renovadas para retomar su carrera cinematográfica, su proyecto Nuevo Altar (2017) fue el seleccionado por el X Films del Festival Punto de Vista de Pamplona para ser producido. Sorprendentemente rodada en color, el diablo se convertirá en protagonista de una historia con cura rural, en la que, con ciertos tintes lynchianos, los acontecimientos se van repitiendo con ligeras variaciones, en un tiempo suspendido para toda la eternidad.
Ese mismo año de 2017 se presentó Ayudar al ojo humano, una combinación cósmica de varias obras realizadas por Velasco Broca, Lorena Iglesias y Julián Génnison; un ecléctico largo donde se reúne una serie de proyectos inéditos, incompletos o ya conocidos. De hecho Nuevo Altar y Nuestra amiga la luna forman parte del mismo. Todos juntos ofrecen un catálogo del inagotable imaginario narrativo de este trío, por el que desfilan ya sea delante o detrás de las cámaras algunos de los cómplices habituales, que de una forma u otra, han acompañado a Velasco Broca en su carrera cinematográfica: Luis López Carrasco, Beatriz Lobo, Chema García Ibarra, Miguel Llansó o Nacho Vigalondo.
Precisamente junto a Vigalondo Velasco Broca desarrolló la serie Las aventuras galácticas de Jaime de Funes y Arancha (2003), uno de los proyectos más locos salidos del audiovisual español, que aunque no llegó a emitirse por ningún canal, se convirtió en objeto de culto. Su episodio piloto todavía puede encontrarse en YouTube, al igual que algunas de las Escrituras Digitales que durante años realizó el cineasta, poemas visuales en los que experimentaba con todo tipo de imágenes y sonidos, de los más vanguardistas y noise a la música de grandes nombres de la lírica popular, con Julio Iglesias como cabeza de lanza.
A la espera del tan ansiado El futuro testamento, Alegrías riojanas (2022) es su última obra hasta la fecha, en la que el diablo interpretado por Ramón Churruca en Nuevo Altar vuelve a tomar protagonismo. En este último corto tienen cabida muchas de sus obsesiones; curas, monstruos, artistas plásticos, ambientes anacrónicos, elementos analógicos o referencias al propio hecho de ver. Otra vez, las localizaciones vuelven a ser pilar fundamental, desde lugares tan fascinantes como las cuevas de los Palomares de Nalda.
Llegados a este punto, con un cine que se mueve entre temas populares, canción ligera, cine de género, alienígenas, monstruos, pero también con complejas referencias a textos gnósticos, teológicos, leyendas medievales y experimentación sonora, caigo en la paradoja de clasificar las películas de Velasco Broca como inclasificables, pero también como obras que son auténtico disfrute de lo que es intrínsecamente lo cinematográfico.

Enrique Piñuel Martín






