Críticas
Un año y un día: Casi todo por el amor

Stills de 'Un año y un día'. Montaje: ©Cine con Ñ
Un año y un día se centra en la historia de amor de Hugo (Luis Fernández) y Sara (Nadia de Santiago). Se enamoran, se casan… y se separan. Él está destrozado, su vida ya no es la misma, pero está dispuesto a hacer un último esfuerzo por intentar recuperar al amor de su vida: aprender a tocar el piano y sorprenderla. Para conseguirlo, decide empezar a tomar clases de su vecina (Nicole Wallace), una joven talentosa que no se anima a enseñar su arte al mundo.
Primera película como director de Alex San Martín, que se lanza a un cuento romántico de entrega absoluta para debutar en salas. Un año y un día es un dulce de notas de piano y planos soñadores, envueltos en una historia de segundas oportunidades y fe en el amor. El nivel de intensidad y de acercamiento a sus personajes es muy alto, por lo que el compromiso, se avisa, tiene que ir a la par.
Un año y un día coincide en taquilla con El secreto del orfebre, que es otra película que recupera ese tipo de cine romántico idealista. Aquella es de corte claramente clásico, mientras que la de Alex San Martín se rehace en un estilo más moderno, con ese estilo soñador y pastel que podría rehacerse a dramas románticos más recientes tipo Otoño en Nueva York (2000).
Amores en el cine

¿Ha vuelto entonces el interés por este tipo de fantasías románticas al cine español que va a salas? Por un lado, estas películas nunca han dejado de existir. Siempre han existido y siempre existirán mientras el cine siga siendo un fenómeno cultural popular. Por otro, es una pura coincidencia de calendario entre películas muy dispares en dimensión.
El secreto del orfebre es un producto de una productora de primera línea y está apoyado por una major como Warner (que también apostó, en otro registro, por Pídeme lo que quieras). Un año y un día es una película pequeña y distribuida de forma independiente. La industria del cine con aspiraciones en taquilla, que es la que realmente crea tendencias y decide qué tipo de productos pueden llegar al gran público, de momento, no se está dirigiendo a esto de forma consciente.
Pero sí que es interesante pensar en este tipo de películas como vía cultural alternativa para jóvenes a la que ofrecen las plataformas de streaming, que en esta línea apuestan por enganchar al público juvenil con adaptaciones de novelas de éxito en Internet tipo las de A través de… (Netflix) o Culpables (Prime Video). Mientras que esos son productos claramente de explotación de fantasías que van más a lo carnal, aquí se mantiene (quizá por la restricción por edades) por una dimensión más casta y de grandes sentimientos, y menos por lo «prohibido» como las otras. La presencia de Nicole Wallace en esta película, ídola de una de esas sagas de plataforma, estaría indicando que se apela al mismo público, pero de forma muy distinta.
Un año y un día y elige tu propia aventura

Con el juego de la música (compuesta por Víctor Elías y Jaime Vaquero) y el baile como enganches al giro del amor, Un año y un día se propone así como una de esas historias que se sitúa entre lo más o menos verosímil y lo bigger than life, en esa fina línea que marca el formato del cuento idealizado (con Carlos Iglesias como narrador literario con pajarita) en el que se enmarca. Así que la película va a tope con la ensoñación hiperdulcificada y tiene muy claro cómo conseguirla: presencia constante de la música en prácticamente todas las secuencias, clichés visuales de enamoramiento y desamor (luz invernal, sonrisas, manos cruzadas, lluvia, etc…) y giros de héroe. En ese sentido, San Martín se la juega a cosas que conocemos perfectamente, pero confía tanto en ellas que invita a una cierta comprensión.
Es decir, la película en general funciona en el registro apasionado que está buscando. También es verdad que eso no es un pasaporte de paso para que valga todo, y Un año y un día tiene una serie de problemas que le pueden bajar a uno toda su apertura de mente. El problema principal tiene que ver con su estructura entre su triángulo protagonista. Aunque desde el principio se deja claro cuál es la vinculación entre Nicole Wallace y los dos protagonistas principales, una película como esta no se puede permitir que sus dos líneas argumentales no se crucen hasta pasada la mitad de la película. El personaje de Wallace está demasiado aislado y no se entiende por qué tiene que importar lo que le pase cuando la acción real está sucediendo fuera. Es una forzadura, que por muy justificada que esté a nivel narrativo, en montaje no funciona.
Luego hay muchas otras cosas que bajan mucho el sufflé: la forma de dialogar y concretar el guión, que se sitúa directamente en la vergüenza ajena en algunos momentos, la acumulación de elementos calculados para hiperdulcificarlo absolutamente todo y algunas interpretaciones (las de los hombres, sobre todo) tirando a lo flojo. Todas estas cosas valdrán a muchos para tachar a la película como ridícula, y podrían tener toda la razón para hacerlo.
Aún así, sería de necios no valorar que en Un año y un día se ha puesto mucho esmero para intentar darle un énfasis romántico que engancha. Busca sin cesar la tecla de la emoción, pero desde una cierta honestidad de fondo que da el haber apostado por un relato tan contado. Eso le valdrá unos cuantos fans a lo que he ha hecho Alex San Martin, que se ha ganado poder seguir haciendo algo parecido, pero ahora con más recursos.

Arturo Tena