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La importancia de llamarse Tony Leblanc

No se reconvirtió en actor dramático, trágico o intelectual. Fue la encarnación del pícaro, el buscavidas, el jeta encantador que sobrevivía en la España franquista

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Tony Leblanc no se llamaba Tony Leblanc. Tenía un nombre de DNI que sonaba a vecino del quinto, nada exótico, de señor normal, como usted y como yo. Pero ese nombre, que no es secreto y está a golpe de click en internet, no lo mencionaremos. Porque el principal personaje de Tony Leblanc fue él mismo, ese actor asociado a un tipo de comedia pero que bailaba, cantaba, escribía e incluso componía, que amaba más las tablas que el celuloide aunque fue capaz de dirigir hasta tres largometrajes y que representó, probablemente sin proponérselo, un tipo de actitud ante la vida, de supervivencia disfrutona, que definió la posguerra en España.

Vida y milagros de Tony Leblanc

De Tony Leblanc era más interesante lo que contaba él que lo demostrable. Y decimos «lo demostrable» porque su autobiografía a base de citas y declaraciones en entrevistas incluye: nacimiento accidental en el Museo del Prado (con base real, su padre trabajaba como conserje nocturno allí), que Millán Astray lo salvó de un arresto en la mili (era cierto que tenía amistad con su padre), que le ofrecieron organizar un combate de boxeo entre el mítico Urtain y el mismísimo Cassius Clay (Leblanc fue boxeador y se sacó la licencia de promotor cuando la edad no le permitió seguir practicando, pero de esta pasada no hay más testimonio que el suyo propio). Etcétera.

Hay una anécdota leblanquiana que sí es comprobable, porque fue pública y notoria. Roza la mitología, así que es tan buena que huele a preparada. Pero ahí va. En 1972 Tony Leblanc protagonizaba un espectáculo de variedades en un teatro madrileño. Una noche le informan de la organización que alguien ha pedido reservar un palco a nombre de Mario Moreno, es decir, Cantinflas. La estrella mexicana estaba rodando en España, así que no era del todo descabellado, pero podía ser un bromazo de los que eran habituales en el mundillo teatral de la época. Para curarse en salud, el actor cedió el palco que le reservaba a él la empresa.

En el descanso del espectáculo, Tony estaba en el camerino contándole el asunto a su hijo Nacho y lamentándose porque no había comprobar quién ocupaba el dichoso palco cuando alguien llamó a la puerta. Efectivamente, era Cantiflas. Le estaba encantando el espectáculo y quería saludarlo. Empezaron a charlar y el entreacto de 15 minutos se alargó a más de una hora, con el público silbando y pateando. Con sus habituales reflejos, Leblanc saltó al escenario, pidió perdón y explicó la situación, calificándola de fuerza mayor. Luego rogó un aplauso para Cantinflas, que saludaba desde su palco. El público, obviamente, le perdonó encantado.

Tony Leblanc en dos escenas

El personaje en el que era especialista se puede ilustrar con dos escenas. Una en Tres de la Cruz Roja, (1961), de Fernando Palacios. Pepe (Leblanc), Jacinto (José Luis López Vázquez) y Manolo (Manolo Gómez Bur) son tres caraduras que se apuntan de voluntarios a la Cruz Roja para ir gratis a ver al Real Madrid. Pepe, charlatán y chuleta por naturaleza, presume ante su suegro y otros familiares de haber salvado de la lesión al mismísimo Di Stéfano y haber escuchado comentar de fondo a Santiago Bernabéu «a este chico habría que hacerle un partido homenaje».

Leblanc fue portero en Tercera División y era madridista sin redención (a pesar de sus muchas amistades atléticas, como Santiago Segura o Enrique Cerezo). Seguramente cuando conoció a Bernabéu le hizo chistes, porque se los hacía hasta a su sombra, pero lo cierto es que lo admiraba y ni se le habría ocurrido atribuirle palabras que no dijo. Deportista en su juventud, combinó los guantes de fútbol y los de boxeo con los comienzos en el teatro con la compañía de Celia Gámez (amante de Millán Astray, ya saben, «padrino» de Tony).

Otra escena. Una vez al año, ser hippy no hace daño (1969), de Javier Aguirre. Típica comedia del desarrollismo ambientada en Torremolinos con bromas sobre guiris. El personaje de Tony Leblanc se llama Juan, pero se presenta como ‘Johnny’. Estafador de medio pelo que trabaja en un camping se encuentra con el trío musical ‘Flor de Lis y los dos del Orinoco’. Lis (Lisarda) es Concha Velasco y los del Orinoco (en realidad Ciudad Real), Alfredo Landa y Gómez Bur. Los encantos de Lis motivan a Johnny a unirse a ellos, así que les explica que desde ese momento los considera amigos, las ganancias se reparten y los tratará de tú, aunque aclara, mirando a Bur: «Excepto a usted, por respeto a la edad».

La gracia es que Velasco y Landa eran realmente bastante más jóvenes que Leblanc, su personaje se estaba quitando edad para ligar. Gómez Bur solo le sacaba cinco años y ambos andaban por la cuarentena larga. De hecho, fueron compañeros de reparto bastante habituales. Normalmente Bur interpretaba al personaje apocado, más sensato que el de Leblanc pero al que acababa secundando en alguna clase de plan inverosímil para hacerse ricos. Se lo llevaría a su primera película como director, El pobre García, de 1961. El mismo año en que rodaría la segunda, Los pedigüeños, donde él mismo y José Luis López Vázquez interpretan a falsos lisiados que fingen desgracias para pedir en la calle dando la máxima pena posible.

Tony Leblanc, memoria de España

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Tony Leblanc en ‘Torrente 2: Misión en Marbella’.

Porque eso era Tony Leblanc, por si no ha quedado claro. Un buscavidas extraordinariamente versatil. Un tipo que ensayaba zapateados en sus ratos muertos como ascensorista. El hombre capaz de hacer que el público llorase de risa comiéndose una manzana: un buscavidas. Un hombre orquesta que sabía desarrollar en cada momento la habilidad necesaria para salir adelante y, como él decía, donar todo lo que ganase. En concreto, añadía, donárselo a su mujer para que le comprase comida y ropa a sus hijos. Un testimonio vivo de la posguerra, con su picaresca, sus nombres extranjerizados para parecer exóticos y el encanto y la bonhomía como protección contra las crujías del destino.

Sus personajes en la ficción y su personaje en el espectáculo desaparecieron del cine de motu proprio en 1975, así que se ahorró estar asociado a la época más denostada del Destape y a cierto humor chusco, y de la televisión y el teatro en 1986 tras ser declarado «inútil total» por las secuelas de un accidente de tráfico. Lo recuperó, todos los saben, Santiago Segura, leblanquista confeso, para Torrente, el brazo tonto de la ley, en 1999, y ese regreso le valió el papel del viejo Cerván en Cuéntame y lo convirtió en rostro habitual de la televisión para un par de generaciones más.

Tony Leblanc. Historia de España, hasta cuando era mentira.

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