Críticas
Tardes de soledad: Albert Serra y el matador indomable

Still de 'Tardes de soledad'. Montaje: ©Cine con Ñ
Tardes de soledad, la nueva película de Albert Serra, es el acercamiento del cineasta catalán a las corridas del torero peruano Andrés Roca Rey, afincando en España. A través de sus distintas tardes como matador, el filme recorre tanto los enfrentamientos directos en la plaza de toros como las previas y los momentos posteriores a sus enfrentamientos.
Después de la grande, enorme, Pacifiction (2022), Serra presenta credenciales tras ganar la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián con su primer largometraje documental. Lo ha hecho en medio de la expectación: nadie fuera de su equipo había visto una copia de la película en su montaje final hasta que se pasó en el Zinemaldia por primera vez. Y el resultado acabó con el premio gordo.
La particular visión de la tauromaquia de Serra está centrada en dos cosas: por un lado, en su dimensión estética y plástica, y, por el otro, en el ritual de preparación y mitificación de la figura masculina del torero. De forma inteligente —o cínica, si se quiere—, quiere situarse por encima del debate ético-político de ‘toros sí o toros no’, aunque el haberlo escogido de tema ya deriva en un interés que obligatoriamente valida la existencia de la tauromaquia, aunque sea como objeto de estudio o como experiencia cultural a capturar. Serra es consciente del prejuicio que puede provocar y juega con ello, sabiendo que pueden mirar de un lado y de otro.
Tardes de soledad en el Coliseo

Menos las personas aprensivas o sensibles con la violencia sobre los animales, Tardes de soledad es una película que hay que ver. Hay determinadas decisiones de genio. La mayoría tienen que ver con cómo son las corridas, filmadas como si estuviéramos ante unos juegos circenses romanos (el público embrutecedor fuera de campo, el torero aislado en la arena) en el que el reto como espectador está en mirar de cara a la muerte.
La mezcla de pavor y voluntad de dominación del torero desde su cintura; la agonía del toro en primer plano, rápidamente barrida del encuadre… Serra está fascinado por la visceralidad que despierta el rito de una corrida, un evento completamente fuera de las reglas del tiempo y el espacio. La bravura del toro y del torero es una especie de animalidad compartida. Aunque en realidad no estén en la misma balanza, y eso el director lo sabe —y lo sintetiza en plano con cierta condescendencia—.
Acompaña a todo ello la mirada sobre el torero, una mezcla de gladiador y deportista de élite de este tiempo sobre el que solo cabe un posicionamiento: adoración total y absoluta. Su valía está cuantificada en términos de hombría, por eso en la furgoneta a la que se suben después de cada corrida Serra capta en plano fijo a Roca Rey, iluminado con las luces del coche como una deidad, con su séquito rodeándole. Ver y escuchar cada uno de los ‘qué huevos tienes’ desde aquí es otro de esos toques de brutalidad artística, que se mezcla con cierto humor sobre la masculinidad.
El muro del rito

Pero hay algo que no encaja en Tardes de soledad. Serra está demasiado embriagado por el rito y la forma en la que puede seguir recogiendo la cita continua con la muerte que supone cada una de las corridas, repetidas una y otra vez, indistinguibles unas de otras. Hay un cierto grado de impotencia, de no poder intervenir, que Serra no consigue suplir desde lo ceremonioso, que se acaba comiendo cualquier otra lectura de la película, cuando su inicio adivinaba mucho más en montaje.
Al final, Tardes de soledad se choca con un muro una vez desplegada la propuesta artística y discursiva. Serra explica por qué le interesa esto de una forma inteligente y potentísima, pero la película se vuelve demasiado estática cuando ya ha establecido su propio universo, algo frustrante ante tanto movimiento. Es como si a la película se le hubiesen agotado las ideas al explicar que todo es lo mismo una y otra vez. Serra traiciona el concepto y no se reta a sí mismo.
Aunque, en realidad, parte de este bloqueo puede tener que ver con el propio Roca Rey, una elección que está claro que Serra ha tomado, como hace Almodóvar, a partir de su mirada brava, de su cara, de la personalidad que desprende su cuerpo en movimiento. Es la presencia física lo que le interesa al director de Liberté (2019). Su problema, quizá, es que el torero no es un actor y la intervención de Serra tiene que venir por un lado que, en este contexto, está limitada a una respuesta de temperamento que no termina de llegar.
Seguramente porque Serra no puede prescindir de la imponente presencia del torero para redondear su película, Tardes de soledad acaba siendo demasiado dependiente de un protagonista que, en el fondo, no es moldeable desde los preceptos de la ficción ni tampoco es tan interesante como objeto de estudio final, absorto en una espiral continua. Y eso, casi como si el traje de torero nos lo estuviera poniendo a nosotros, acaba por asfixiar a la película en su propio charco de sangre. Serra se topa con la realidad, y no es agradable.

Arturo Tena