Críticas
Sirât: La película partida en dos

Stills de 'Sirât '. ©Quim Vives. Montaje: ©Cine con Ñ
La de Sirât es la historia de un padre —Sergi López, en su línea, aunque más conmovedor de lo habitual— en busca de su hija, perdida por alguna rave de Marruecos. Sin noticias de ella desde hace cinco meses, las irá recorriendo acompañado de su hijo menor —inmenso Bruno Núñez, descubierto por los Javis para La Mesías— y de su perrito.
En ese deambular desesperanzado ambos trabarán una inesperada amistad con una troupe itinerante de freaks ‘manuchaoistas’ franceses –uno incluso lleva la camiseta de Freaks (1932), de Tod Browning, otro se arranca con Le déserteur, de Boris Vian—, que viven de este tipo de eventos en Marruecos, bajando hasta la frontera con Mauritania cual piratas —uno tiene pata-palo, al otro le falta una mano— del desierto a lo Mad Max, mientras por la radio van llegando noticias del fin del mundo en forma de guerra mundial.
La película sin embargo derrapa con un inesperado volantazo, arriesgado giro de guion digno de Haneke, que la convierte en una propuesta completamente distinta, no exenta de interés, y con el mismo poderío visual que en la primera parte —la fotografía vuelve a ser de Mauro Herce, un fijo en esta troupe cinematográfica—. Pero que abandona radicalmente el humanismo que transpiraba el primer tramo para abrazar un nihilismo que se agarra a la atmósfera apocalíptica que domina toda la propuesta para justificarlo.
Sin entrar en detalles que podrían incomodar a aquellos espectadores temerosos de los llamados spoilers, sí podemos adelantar que es una película que está llamada a dividir tanto a la crítica como al público, y de paso al jurado de la Sección Oficial del Festival de Cannes, donde compite por la Palma de Oro. Para esto último, un aspecto que puede haber influido en la propia concepción del filme, es como una moneda lanzada al aire. Dependerá de los golpes que el jurado esté dispuesto a recibir, porque la segunda parte dinamita la primera, y sienta como un palazo en las rodillas.
El culto a los graves en las raves del mundo

Nada más arrancar, Laxe planta una imagen magnífica: una fila de bafles gigantescos alineados bajo la silueta irregular de unas montañas marroquíes, un paisaje que el cineasta gallego conoce bien por haber rodado ahí Mimosas (2016), película ya galardonada por la crítica en Cannes. Aunque ahí rodó en el Atlas, quizás más al noroeste, y esta parece desarrollarse más al sur. Enseguida nos introduce en la tribu de ‘raveros’ que sienten la música más que escucharla, y se presentan con una estética como de okupas, casi una secta de adoradores de los graves que emiten esas enormes cajas de sonido que transportan en sus camiones a partir del desierto.
En medio de todo esto aparecen López y su hijo, que irán trabando amistad con la mentada troupe en una aventura que puede traer a la mente Un taxi para Tobruk (Denys de la Patellière, 1961) –apreciación subjetiva que sólo entenderán los más ancianos del lugar–, por su reflexión humanista sobre la aproximación entre contrarios, la camaradería inesperada, y sobre todo el significado de una familia adoptiva frente a la heredada. Todos los personajes son muy carismáticos, auténticos, y con el fondo de los magníficos paisajes lo que se perfila es una emocionante película de aventuras, con sus tintes apocalípticos, e incluso unas gotitas del Desaparecido (1982), de Costa-Gavras, cuando hace su aparición el ejército marroquí, que recuerda al golpe chileno.
Sirât y el giro que transforma la aventura en pesadilla

Si, hasta el momento, habíamos evocado a George Miller —la gasolina no abunda, y se vende en gasolineras ambulantes a lomos de burro—, la película en la que se transforma Sirât a partir de la primera hora y cuarto de metraje, trae más bien a la memoria a Henri-Georges Clouzot, tanto por El salario del miedo, como por el desesperanzado final de Manon (1949)—otra obra maestra, no tan a menudo citada, dicho sea de paso—, incluso la escena del campo de minas del clásico de culto Un tal la Rocca (1961), el debut de Becker hijo. Todo bien, si no fuera porque Laxe dinamita todo lo construido hasta entonces, colocando al espectador en la disyuntiva, fastidiado, o no, por el giro de los acontecimientos.
Si la película se abre con una cita sobre puentes, puede acabar pareciendo más interesada en volarlos que en tenderlos. Laxe suele hablar de mística, pero el trance del título, subrayado por la inmejorable banda sonora de Kangding Ray —le daría el Goya ya— es un trance brutalmente interrumpido, y supongo que eso también nos dice algo sobre el mundo de hoy, cada segundo un poco más violento. Pero la experiencia del visionado anda entre lo sublime y lo desconcertante, entre lo emocionante y lo decepcionante, entre la alegría de vivir y el desgarro más grande.
Los más detractores podrán ver crueldad, incluso con sospecha de moralismo, como suele ocurrir. Y ese es un cóctel con el que se brinda a menudo en la Croisette, lo que podría traducirse en premio gordo, otra oportunidad para los Almodóvar, que apoyan la película como productores. La crítica, en cualquier caso, ya empieza a estar dividida: aunque las cualidades estéticas de Sirât son bastante apabullantes, están los que ven una película que va de más a menos, y otros, que ven una que va de menos a más. Ojalá estar en el bando de los vencedores.

Philipp Engel