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Santo: Cómo aprender a pedir paciencia

La serie de Netflix se atreve con una estructura complicada que la hace original, pero tarda demasiado en presentarla y eso puede echar al espectador antes de tiempo

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Santo cuenta la persecución de un narcotraficante del que nadie conoce el rostro y que usa el apodo que da título a la serie. Lo hace desde el punto de vista de dos policías, uno español y el otro brasileño. El primero coquetea con la corrupción y carga con la culpa de la muerte de varias personas cercanas, mientras que el segundo ha estado infiltrado en la banda de su objetivo y desea rescatar a un antiguo amor. Si quieren conseguir su objetivo deben aprender a confiar el uno en el otro, pero también asumir que nada es lo que parece. Ni siquiera ellos mismos.

La nueva serie de Netflix se la juega a confiar en la paciencia del espectador. Sus cartas para ser única, para presentarse como un thriller diferente a lo habitual y un policial de suspense con soluciones inesperadas, aparecen tarde y sin haber aclarado del todo las reglas al público en los primeros compases, que sería lo honesto. Hay un corte claro en el que la serie mejore enormemente, pero tarda en llegar, y depende de la paciencia que se quiera invertir.

Santo, pues, es una historia de la caza de un narco y con un villano que bien podría serlo de tebeo si se hubiese presentado peor, pero no el que anuncian los tráilers ni el que se ve en el primer episodio. Es un intento loable de unir el tipo de serie habitual en España y en Brasil para contar el género, que no se parece, que no acaba de cuajar del todo. Es también una historia de terror, aunque no una que encaje del todo. Es, en fin, una serie que nos pide que esperemos para dar su recompensa, y eso a veces resulta complicado.

Las decisiones de Santo

Santo

Santo va cambiando conforme avanza. Más o menos hacia la mitad, la serie vuelve a contarse a sí misma desde el principio, justificando las lagunas y los saltos adelante y atrás en el tiempo. Ya el primer capítulo avisa cuando enlaza las historias de Brasil y España. Esto da vueltas y desvíos inesperados, la confusión de los personajes sobre sus propios destinos y la identidad del personaje central, siempre en elipsis, se transmite a través de la narración. Esto significa que hay que estar muy pendiente, pero también que nos van a hacer el trilero.

Eso no es necesariamente malo, aunque tampoco bueno, porque ni el guión ni la narración lo clavan siempre. Les sale bien cuando repasamos las historias personales de los dos policías presuntos personajes principales, aunque luego se revelarán todavía más incompletas. Le sale mal, o demasiado previsible para lo que estaba siendo, cuando aclara la muy decepcionante identidad de la enigmática Bárbara (la actriz portuguesa Victoria Guerra, vista en Auga seca), que casi podría ser una secundaria pocha de Perdidos.

Millán, el inspector español al que encarna Raúl Arévalo y de cuya honestidad dudamos con algo de razón, es más secundario de lo que parece y casi que la serie podría sostenerse con Cardona, el verdadero protagonista, al que encarna Bruno Gagliasso. Aún así su dinámica de desconfianza y la de la novata Susi (Greta Fernández) más o menos se entiende, y este tercer personaje sirve de contrapunto idealista necesario a las intensidades mucho más vistas de los otros. La exmujer de Millán (María Vázquez, exprimiendo los minutos que le dan) podría haber hecho ese papel, pero claro, habría sido aún más tópico.

Santo y los tópicos

Santo serie Netflix

Hay una pata del argumento que puede resultar algo pesada en su presentación, la que convierte a Santo, el enigmático antagonista, en algo más que un simple narco, y lo asciende a supervillano. Es un destripe ligero: el presunto y misterioso criminal es más bien el líder de una secta de parafernalia satánica que cautiva a sus fieles protegiéndolos y sacándolos de la miseria y de sus distintas culpas. No es una metáfora sutil, pero podría funcionar, si no fuese porque a veces la serie se la toma demasiado en serio y se ceba en las partes más morbosas.

Casi tres cuartos de lo mismo para el pasado que define al personaje de Millán, tan exculpatorio de su espiral autodestructiva como visto más de un millón de veces. Y, por supuesto, son tópicas muchas partes -no todas- del arreón final, con gente suspendida de empleo y sueldo o cabreada entre sí o huyendo de sus propios compañeros. La serie confía demasiado en su juego de dónde está la pelotita con la estructura y los saltos temporales para no parecer facilona en estos momentos, pero aún así algunas -no todas- las soluciones se ven venir. Cuando estás jugándotelo todo a hacer explotar cabezas, puede ser un pecado mortal.

Volviendo al principio, Santo intenta ser muy original en la forma de lo que cuenta y un poco menos en el contenido. No lo consigue siempre, pero al menos logra completar un producto más consistente de lo que parece en sus primeros episodios, que mezcla más géneros de los que el espectador podía suponer al arrancar e incluso se permite algún comentario social o cultural. Otra cosa es que, al venderse como un thriller policial con cierto suspense sobre la identidad del malo, esté «mintiendo» o que haya quien no tenga la santa paciencia de verse media serie sin tener muy claro qué pasa pero estando pendiente de cada detalle para poder disfrutar del desfase que arranca en el cuarto.

Imágenes: Santo – Netflix

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