Críticas
Prefiro condenarme: Si no me ves, eres tú quien se equivoca

Fotogramas de 'Prefiro condenarme'. Montaje: ©Cine con Ñ
Margarita Ledo Andión reconstruye en Prefiro condenarme (Prefiero condenarme) la biografía de Sagrario Ribela, una mariscadora de la ría de Ferrol hoy anciana. La película repasa una parte decisiva de la larga vida de esta gallega de clase trabajadora, desde su más tierna infancia y la difícil relación con su madre hasta su tormentosa relación con su marido, que en 1972 la denunció por adulterio.
Ledo, referente absoluta de la cultura feminista y galleguista, presenta su nueva película como directora. En ella mezcla sin complejos memoria documental, secuencias de ficción y distintas performance artísticas. Todo para restablecer libremente, en vivencias y emociones, la historia de esta persona anónima, que sufrió en sus carnes la discriminación de ser mujer y obrera en el siglo pasado.
Prefiro condenarme es, sin duda, la película definitiva de Margarita Ledo, que empezó hace 20 años a trasladar sus investigaciones históricas y comunicativas hacia el cine. En los recuerdos, archivos y composiciones imaginadas de Sagrario Ribela ha encontrado la síntesis perfecta de sus intereses cinematográficos y políticos, añadiendo también una impactante narración de los hechos que marcaron su vida. Es generosa en sus imágenes, segura en los distintos dispositivos que va intercalando y comprometida con sus ideas de fondo.
Historia de las obreras gallegas, una continuación

Aunque totalmente independiente, Prefiro condenarme sigue algunos de las ideas, planteamientos y dispositivos que ya estaban en la anterior película de la intelectual gallega, la imponente Nación (2021). Las dos películas mantienen una perspectiva de clase y género en su revisión de la historia de Galicia. En ese sentido, se podría decir que forman un díptico sobre la historia silenciada de las obreras gallegas del siglo XX, convertidas así en referentes genealógicos para las luchas feministas del presente.
Además, la directora se expresa en ambos largos de forma parecida: con archivo histórico, secuencias de ficción, actrices profesionales hablando a cámara y distintas performances que enfatizan o complementan el relato a través de otras manifestaciones artísticas, como la poesía o el canto. Esta continuidad evidente en los dispositivos cinematográficos las hermana aún más y, juntas, se pueden entender en una imaginativa y gran pieza que reconfigura el testimonio de las mujeres en nuestra memoria audiovisual.
Prefiro condenarme y una vida de vidas

Pero también hay diferencias fundamentales, que son las que hacen que Prefiro condenarme, quizá menos ambiciosa en lo estético que la primera, funcione mejor. Si Nación planteaba un relato colectivo con distintas caras de lo que significó el proceso de reconversión industrial en Galicia y su vinculación hacia una noción de derechos comunes en clave feminista, aquí pasamos a una memoria individual, con la que la directora puede construir de forma concreta la íntima vinculación entre lo personal y lo político.
Colocada la historia de Sagrario Ribela en el centro de toda la propuesta, Ledo puede reordenar, resignificar y complementar sus imágenes sin complejos, de forma segura y en la misma dirección, a partir de una única referencia dramática. Así es como se construye a un personaje-persona que despliega en pantalla sus miedos, deseos y cicatrices, desde distintos puntos expresivos que pueden relacionarse en un todo único que les da cobijo.
Con un título que evoca la famosa cita comparativa de «mejor morir de pie que vivir una vida arrodillado», Prefiro condenarme recoge en menos de hora y media la dignidad y el dolor callado de la vida de esta persona, que sufrió el desprecio y las humillaciones de su entorno más cercano y aún así, siendo mujer de su tiempo, no renunció a sí misma. Una biografía que merecía ser contada de esta manera: directamente de su cuerpo y voz, pero también a través del de otras mujeres, recuperadas en el presente y en imágenes de archivo. Así, Margarita Ledo termina por dejar claro que la de Sagrario es una historia de muchas otras vividas.

Arturo Tena