Críticas
Playa de lobos: Guillermo Francella se hace con el chiringuito

Stills de 'Playa de lobos'. Montaje: ©Cine con Ñ
Playa de lobos arranca con la llegada de un turista argentino a la Isla de Lobos, en Fuerteventura (Canarias). Pasa su primera jornada en la isla en una tumbona de un chiringuito de playa. Cuando el camarero quiere cerrar, el turista le pide quedarse un rato más en su tumbona. A partir de ahí, entre los dos empezará una dinámica que se irá enrareciendo cada vez más.
El camino de Javier Veiga como director ha pasado casi siempre por variaciones, más o menos oscuras, de la comedia romántica: de sus cortos ¡Sálvame! (2007) y ¿De qué se ríen las hienas? (2011) a la serie Pequeñas coincidencias (2018-2021) y a su debut en largo, Amigos hasta la muerte (2022). Ahora cambia de tercio radical y se apunta a otra declinación cómica: la del suspense.
En un clásico juego de guión, Playa de lobos se mueve a partir de la información por dosis y de una situación que se va haciendo más y más rocambolesca hasta llegar al thriller puro. El entramado lo sostiene, sobre todo, el actor Guillermo Francella, al que se le da un papel que le va como un guante. Es él el que mantener un interés en pantalla que a veces Veiga no consigue alimentar por sí mismo con sus giros.
Chiringuito de Francella

La película es, casi al 90 %, un duelo entre los personajes de Dani Rovira (Manu) y Francella (Klaus) durante una noche. Veiga crea una oposición entre ambos con una comedia ‘de guiño y engaño’, en la que el personaje de Francella parece siempre manejar la situación y va tendiéndole trampas al de Rovira a través de distintas conversaciones, que acaban derivando en un cuestionamiento de su vida.
Por su predilección por el ritmo y el uso del verbo como vector humorístico, sumada a un ramalazo psiconalítico, Playa de lobos es una comedia de corte más argentino que español. Veiga, sabiamente, le ha dado ese entorno cinematográfico y rango interpretativo a un actor que los pueda aprovechar al máximo. Y pocos pueden hacerlo con la precisión y el manejo del primer plano de Francella, que se convierte en amo y señor de la película.
Playa de lobos para Rovira

Lo que quizá se nota demasiado, para mal, —más allá de una evidente limitación presupuestaria que se disimula como se puede— es que, para que Francella brille, se ha descompensado la película en el otro extremo del dúo.No hacía falta que el personaje de Rovira, el claro damnificado de todo el planteamiento, fuera tan rematadamente imbécil —no vale con explicitar la broma— para sostener el dispositivo. Y si sí hacía falta, es que el desarrollo del guión no está del todo bien.
Este maltrato al personaje de Rovira coloca a la película en una visión cínica (a ratos un poco «cuñada» de «el hombre es un lobo para el hombre») y cruel de la realidad. Esta visión misántropa no hace mejor o peor a la película de por sí. El problema es que a Veiga le ha faltado sutileza y amor por sus personajes para que no le salga facilona y hasta un poco falsa. Quizá sea esta su forma de cortar con el idealismo romántico de sus películas anteriores. Curiosamente, porque suele ser al revés, parece que le salía mucho más natural ser un romántico que un cínico.
Por ir cerrando el chiringuito: Playa de lobos es una comedia con alma de thriller de misterio que tiene un caparazón ágil y bien dispuesto para que lo pueda aprovechar al máximo un actor: Guillermo Francella. Del resto, además de insuflarle un poco de cariño a su película, Veiga ha decidido no ocuparse demasiado. Es suficiente, pero menos brillante de lo que la película cree de sí misma.
Dónde ver

Arturo Tena