Cine clásico
‘Nueve cartas a Berta’: rebeldías y conformismos para un Nuevo Cine Español

Elsa Baeza y Emilio Gutiérrez Caba en 'Nueve cartas a Berta'
Si bien historiadores de cine como José Luis Castro de Paz y Josetxo Cerdán han trazado con enorme rigurosidad una modernidad fílmica ibérica en el cine de los años cincuenta —a cuyos rasgos volveremos pronto en otros textos—, suele considerarse al Nuevo Cine Español (NCE) como aquel movimiento definido que mejor encajaría en el entramado de los Nuevos Cines europeos consolidados a finales de los cincuenta e inicios de los sesenta. A estos se les atribuye la certificación de una modernidad fílmica que vendría a romper con el lenguaje cinematográfico para generar nuevos efectos y cuestionar parte del camino andado.
El NCE, al rebufo e inspirado parcialmente por movimientos como la Nueva Ola Francesa, no surgiría oficialmente hasta 1962 y sería gestado de manera un tanto contradictoria. En un contexto de relativo aperturismo en el régimen franquista, el NCE, por su propia condición de cine moderno y rebelde, asume un rechazo hacia el «cine de papá» pero, al mismo tiempo, es apadrinado por las instituciones de la dictadura con el cinéfilo falangista García Escudero a la cabeza, como impulso legitimador de una cultural nacional «moderna» en el tablero europeo.
Del mismo modo, su recepción crítica es ambigua ya que, por un lado, se consideraba que el NCE fue el pistoletazo de salida para nuevos cineastas capaces de romper ciertos moldes y expandir los límites de la libertad creativa en España. No obstante, por otro lado, hacia el final oficial del movimiento —post 1967—, algunas voces afirmaban que el NCE en sí no conllevó una verdadera transformación del paisaje estético, sino que simplemente fue el altavoz de algunos autores o títulos específicos.
Sea como fuere, donde sí existe un consenso generalizado es en tratar a Nueve cartas a Berta (1966) de Basilio Martín Patino como una de las películas más emblemáticas del NCE. Como se verá a continuación, la excelente obra de Martín Patino dibuja tensiones irresolubles en muchos de sus puntos temático-formales más importantes, lo cual la convierte en el ejemplo perfecto no solo del funcionamiento textual del NCE, sino también del incierto emplazamiento histórico del movimiento en su totalidad.
Salamanca: síntesis entre lo rural y lo urbano, entre la tradición y la modernidad
La típica dicotomía entre los espacios rurales y los espacios de las grandes urbes encuentra una curiosa síntesis en la utilización de Salamanca como escenario de Nueve cartas a Berta. Hay que tener en cuenta que Salamanca, con una de las universidades más antiguas del mundo, está fuertemente vinculada —con razón— al mundo de la cultura, de la literatura o de la filosofía. Hoy en día sigue siendo una ciudad que conserva, al igual que en la película, gran parte de su aspecto medieval y del Siglo de Oro; es decir, que el tiempo no parece pasar por ella.
Precisamente, esta es una de la claves esenciales que atenaza a Lorenzo, el joven universitario protagonista de Nueve cartas a Berta. No estamos ante una descomunal Madrid, o ante una aislada aldea castellana, sino ante una capital de provincias de profundo poso histórico que es, al mismo tiempo, pequeña e inmovilista. Es esta contradicción la que atrapa a Lorenzo, enamorado de la ciudad en la que vivieron algunos de sus héroes literarios y filosóficos, pero hastiado de ciertos ritos sociales que considera excesivamente tradicionalistas.

La ambivalente dicotomía salmantina rima, pues, con las propias experiencias y expectativas de Lorenzo como joven universitario. Ha podido formarse intelectualmente allí y habla con catedráticos que también valoran enormemente el legado de la ciudad, pero esto no es suficiente para el protagonista, ya que la capital de provincias implica el mantenimiento de una cultura «parental», la forzosa preservación de la tradición erigida por las generaciones anteriores.
Proyecciones idealistas: la inalcanzable Berta
Lorenzo es un protagonista que encaja muy bien en el espíritu renovador del NCE, ya que es representante de una nueva generación, de clase media e inquietudes intelectuales, que no ha vivido la Guerra Civil. Es decir, que frente a las generaciones anteriores, más enfrascadas en la penuria material, los problemas de Lorenzo son de corte existencial: ¿Cuál es su lugar en una España que parece no cambiar? ¿Puede él cambiar las cosas?
En esta angustia existencial, la relación epistolar que mantiene con Berta es el vehículo perfecto para dar rienda suelta a sus inquietudes y deseos de renovación. Ahora bien, en este proceso, carta tras carta, se evidencia que Berta, a quien no vemos en toda la película, simboliza algo más que un mero interés romántico. Hija de exiliados españoles, que nació y vive en Inglaterra, Berta viene a conformar aquella España que no pudo ser y que se desea desde el fervor juvenil de Lorenzo.
La correspondencia del protagonista no recibe respuesta, por lo que se asiste, más bien, a un monólogo interno que deposita sus esperanzas modernizadoras en la vida que representa Berta. El desencanto va en aumento y las expectativas de Lorenzo se dinamitan finalmente cuando decide parar de escribir a esta figura platónica, aceptando en consecuencia un «final feliz», conformista, en la sociedad que le ha tocado vivir –pero volveremos a esta resolución unas líneas más abajo.
Martín Patino y la superación del realismo documental en Nueve cartas a Berta
¿Qué tiene de «nuevo», entonces, esta emblemática película del NCE? En un sentido formal, aunque los Nuevos Cines mirasen constantemente de reojo a la ola francesa, el NCE aún mantuvo diálogos cercanos con algunas de las preocupaciones del neorrealismo italiano. Películas como Nueve cartas a Berta, no obstante, superan el modelo neorrealista en la búsqueda de, como ha dicho Carlos F. Heredero, un realismo ordenado críticamente. Es decir, documentemos la realidad española, pero reexaminemos lo captado con detenimiento.
El mejor ejemplo para entender esto en la película sería la muestra de localizaciones y gente salmantina real, pasadas por el filtro de la subjetividad del protagonista. Se filman las calles, los establecimientos, los cuerpos, los rostros reales, pero se repiensa profundamente esa misma realidad a través del punto de vista de un Lorenzo que se erige como portavoz del estado de ánimo de su generación.
De este modo, algunas técnicas que utiliza Martín Patino, como el congelado de fotogramas, la cámara lenta, la utilización de fotografías, o la voz over que narra cada una de las cartas, responden a una manipulación formal en sintonía con la subjetividad del protagonista, quien, a su modo, está diseccionando detenidamente la realidad en la que vive.
Una serie de fotografías fijas y planos rompen la ilusión ficcional
Muchas son las escenas que evidencian esto, pero podríamos pararnos brevemente en una ellas. Esta comienza con Lorenzo centrado en el encuadre, en el medio de una mesa rodeado de adultos y viejos con quienes juega a las cartas, bebe y fuma. Una estampa a priori «realista» —o casi costumbrista— se convierte en otra cosa: un travelling lateral se aleja de la estancia y comenzamos a escuchar las reflexiones del joven, como si este estuviera disociando y nos llevara de la mano a un plano distinto, mental.
Se visualizan, pues, algunos de los pensamientos y dilemas del protagonista y la forma comienza a resquebrajarse, no solo con la voz over, sino con fotografías fijas y una serie de planos que rompen la ilusión ficcional. Vemos, por ejemplo, como un grupo de hombres mira a cámara —¿miran a Lorenzo?—, casi invitándolo a que sea como ellos, a «dejarse llevar» por el conformismo. Un gesto —el de la ruptura de la cuarta pared— ya totalmente alejado de ese «cine de atracciones» del que hablamos anteriormente; ahora un rasgo de indudable modernidad que formaliza la angustia existencial del protagonista.
¿El final de la rebeldía?: de Lorenzo al NCE
Nueve cartas a Berta, en su agridulce resolución, nos muestra a un joven que abandona sus pretensiones intelectuales y modernizadoras para vivir conforme a las reglas que antes había cuestionado. En este sentido, la película de Martín Patino, desde lo textual, nos recuerda a la propia ambigua rebeldía del NCE contra el «cine de papá» y sus instituciones.
La película pone en imágenes las ansiedades colectivas de las nuevas generaciones, al plasmar un impulso juvenil atrapado entre la tradición española y la modernidad. Al final, el protagonista claudica en sus aspiraciones y se amolda al sistema, lo cual, inevitablemente, nos hace plantearnos si Nueve cartas a Berta no es también la definición de un movimiento en su totalidad, el cual, tras ese ansia renovadora, acaba absorbido por un sistema que permite y domestica su existencia.
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Fernando Sánchez López



