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Mediterráneo: Al que sí hacemos caso

La película de Marcel Barrena cuenta bien la historia previa al Open Arms, aunque también nos recuerda que los protagonistas deberían ser otros

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Mediterráneo cuenta la historia del Open Arms antes del Open Arms. Empieza en 2015, cuando la ONG, una de las más activas en la crisis humanitaria que se vive en las costas europeas desde hace años, aún no existía. La famosa foto de Aylan Kurdi motiva al jefe de una empresa de socorrismo, Oscar Camps (Eduard Fernández), a ir a la isla griega de Lesbos a ayudar a salvar a los migrantes de una muerte segura. A su llegada a la isla, lo que se encuentra con su compañero Gerard Canals (Dani Rovira) es mucho peor de lo que imaginaba.

Marcel Barrena (100 metros, Món petit) firma esta película basada en hechos muy reales que mezcla una historia de orígenes y personal, la de Oscar Campos y su compañía Proactiva, con un drama social marcadamente de denuncia sobre la situación migratoria en Europa. El camino de descubrimiento de lo que ocurre en Lesbos se convierte en un empeño personal de Camps en quedarse a ayudar en la zona, permitiendo llegar a la orilla a cientos de personas.

Mediterráneo es una producción competente y con varias cualidades, que quiere contar las cosas bien y con suficiente mimo. Se mete de lleno en el agua y no suaviza prácticamente nada, siendo capaz de tener equilibrio entre señalar lo que pasa y el impacto para no someterse a cierta pornografía del horror en la que a veces caen películas de su mismo corte. Y luego están algunas cuestiones problemáticas que plantea el proyecto de partida, a las que hay que decidir qué importancia se le dan a la hora de valorar la película o si incluso deberían estar en esta reseña.

La contradicción del nuestro al que sí hacemos caso

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Detrás de Mediterráneo hay un problema ontológico, casi ajeno a Marcel Barrena y su equipo. Está la inevitable sensación de que hemos tenido que venir nosotros a contar lo buenos que somos para que hagamos caso al drama que tenemos al lado (aunque no tan cerca como para señalar a las autoridades españolas o marroquíes). Si no quizás no se hubieran podido juntar 5 millones de euros para poder denunciar lo que viven miles de personas migrantes.

Al final, aunque se quieran introducir otros protagonistas no europeos, como el personaje de una médico siria, esta es la historia de Oscar Camps y de cómo se llegó a fundar Open Arms. La historia personal, con sus problemas familiares, sus contradicciones y su ración de modismos norteamericanos. Es decir, es una historia de siempre y desde nuestro lado, de cómo observamos el drama ajeno y qué hacemos ante él. El problema no está en los que sí se mojan, sino más bien que necesitemos que lo hagan para que nos dejen poner la cámara y que miremos un rato.

La propia película parece ser consciente del problema, de sus contradicciones de fondo y de la derrota de todos al no poder contar una realidad un poco más desde el punto de vista del que la sufre. En una determinada secuencia de la película, el personaje del fotógrafo Santi Palacios, interpretado por Álex Monner, explica que a la gente en Europa le da miedo la pobreza, que no quieren verla. Pero si ven alguien como ellos, como Camps, denunciando la situación, igual sí hacen caso. El personaje de Eduard Fernández nos dice también que no quiere ser el protagonista, pero lo es.

Aunque se pueda argumentar que la película no tiene la culpa de que el mundo esté hecho así, es cierto que lo acepta y lo explota para hacer un producto comercial. No venimos a descubrir ni a negar a nadie que esto del cine también es un negocio del que comen personas, pero no nos olvidemos tampoco del fondo. Aunque su mensaje sea con la mejor de las intenciones y válgame el dar lecciones desde un ordenador, no hace menos cierto que su punto de vista es problemático y que estaría bien tenerlo en cuenta cuando nos de por darnos palmaditas en la espalda.

La luna y no el dedo

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Si aceptamos de forma conservadora – o si somos realistas, dirían algunos- que necesitamos una cierta narrativa del héroe y su ración de empatía con un personaje poliédrico para contar esta historia (esta historia, repito), Mediterráneo funciona bien. Sus tramas personales son creíbles, la sucesión de hechos está bien contada y sus escenas inmersas en las aguas del mar tienen la fuerza y tensión como para quedarse encogido en la butaca todo lo que duran. Incluso se atreve a denunciar directamente la inacción de la Unión Europea.

El aplauso que está teniendo y tendrá el esfuerzo de dirección, coordinación, producción y de pura inmersión en el mundo de estos socorristas es al final merecido. En cuanto a las interpretaciones, Fernández y Castillo aparte (juegan en otra liga), merece atención también, por diferente, lo que hace Dani Rovira, que cumple con su segundo papel claramente dramático – el primero fue también con Barrena en 100 metros-.

Y luego está el mensaje de fondo y sus buenas intenciones, que no es que sean «necesarias», sino que son inevitablemente urgentes. Quizá es demasiado optimista, pero esperemos que la mera existencia de Mediterráneo no servirá, una vez más, para que nos vayamos a casa con la conciencia tranquila de aquel o aquella que ha reconocido durante un rato el horror de las vidas que se nos siguen yendo. Nos merecemos mirar la luna, no abrazar al dedo que la señala.

Mediterráneo se estrena en cines el 1 de octubre.

1 Comentario. Dejar nuevo

  • Alícia Feijoo
    06/10/2021 11:51

    Bona película que denuncia el drama dels immigrants que fugen de la guerra i dels abusos davant d’una EU passiva i que mira cap una altra banda. La història d´Oscar Camps (després fundador d’ OPEN ARMS) que decideix anar a Lesbos sense lucre només a ajudar. Imatges culpidores, ben filmades que reflecteixen el drama que segueix vigent. Un contingut que conceixem però que val la pena portar-ho al cinema.
    Alícia

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