Críticas
Luger: Perdidos en el polígono de la vida

Stills de 'Luger'. Montaje: ©Cine con Ñ
Luger sigue a dos matones que reciben el encargo de recuperar un coche robado en un desguace de un polígono industrial. La importancia del vehículo es, en realidad, la caja acorazada que guarda en su maletero y lo que esta contiene: una pistola Luger de la Segunda Guerra Mundial, de gran valor. Una serie de personajes quieren hacerse con ella, y también puede ser la salvación de nuestros protagonistas. Pero para ello necesitarán sobrevivir a las amenazas que se ciernen sobre ellos.
El productor Bruno Martín debuta en la dirección de largometrajes con esta tragedia de acción con toques de humor, aunque parezca lo inverso, que salió premiada en el Fantastic Fest de Austin y se pudo ver en el último Sitges. Este estreno en cines se ha retrasado buscando el hueco con cariño, de forma que la película encuentre a un público que valore su equilibrio entre el homenaje a la acción ochentera y sus aires de fábula trágica sobre perdedores en busca de redención.
En la promoción han evitado que se la relacione con Os reviento (2023), de Kike Narcea, de la que Martín fue productor y con la que comparte a Mario Mayo entre sus protagonistas. Y aunque es lógico, porque los tonos no pueden estar más alejados, ayudaría también a la progresión dramática de la que nos ocupa, muy cuidada en sus tiempos y que arranca fingiendo ser una comedia de acción para luego ir avanzando poco a poco hacia otra cosa, que se oscurece al ritmo que se hace de noche en la acción.
El tono de Luger

Por lo demás, el protagonista de Luger es realmente el personaje de David Sainz, y no Mayo, una especie de secundario imprescindible y al mismo tiempo dispositivo del guión —o «pata de conejo» como lo llama el propio Martín—. El arco del personaje de Rafa, de buscavidas encantador de serpientes, que sobrevive a base de ingenio, a antihéroe que se sacrifica con resignación casi metafísica. Tan perdidos en la vida como en el deshumanizado polígono que se convierte en laberinto.
Hasta ahí se llega con fluidez porque otra cosa no, pero Luger tiene mucha autoconciencia, bastante más que otros productos de más prestigio crítico. Su tarea estilística, digamos, es convertir en narrativa y visualmente verosímil la estructura de un videojuego de máquinas recreativas de los de ir masacrando esbirros. Al mismo tiempo sus protagonistas tienen que ser vulnerables. Sin dejar de homenajear macarradas de género mucho más bestias.
El trampantojo al que juega, arrancando como una comedia burra de acción que va avanzando hacia el wéstern crepuscular de los de derrotas gloriosas, funciona muy bien en conjunto, mucho mejor que la mayoría de sus, por llamarlo de alguna manera, episodios. Cuando la escena es más costumbrista, como la del menú del día cantado por la camarera, mejor. Cuando coquetea con más americanismos, se vuelve más previsible y genérica.
Vaciando el cargador

En el debe de la película quizás están esos momentos más previsibles, que carecen del giro a otros tópicos del género que se introducen en la primera mitad, y hacen más moroso el segundo tramo del argumento. También que tenga momentos de no fiarse del espectador y se sobreexplique cuando no es necesario. Se salvan, quizás, porque el reparto, perfectamente consciente de lo que está haciendo, respeta al texto y el tomo.
Recogiendo los pedazos: Luger funciona muy bien si se sabe lo que se le pide, aunque diste de ser una película precisamente perfecta. Una historia de género, que parte de una serie de homenajes muy claros para avanzar hacia la parte realmente trágica que le interesa. Una película estupenda para su público, si sabe encontrarlo.

Jose A. Cano