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Lucas: Complicado pero bien tratado

Un drama adolescente convertido en thriller rural que trata con inteligencia el tema de la pedofilia

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Lucas (Jorge Motos) es un joven adolescente sin rumbo: acaba de perder a su padre, su madre le desatiende y tiene una discapacidad. Sufre en el proceso de intentar volver a tener una vida normal. Un día, un adulto, Álvaro (Jorge Cabrera), le ofrece dinero a cambio de poder hacerle unas fotos. Lucas pronto se entera de que esas imágenes, aceptadas por necesidad, son para para hablar por redes sociales con menores. Este es el punto de partida de Lucas, una película que se mueve bien en el drama adolescente y aún mejor como thriller rural.

Las buenas sensaciones

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Lucas llega a su estreno con buenas sensaciones. De esas que hacen pensar que puede ser una de esas películas pequeñas que acabe haciéndose un poco más grande entre el público y los medios. Su buen recibimiento previo en festivales, con la guinda de haber sido la gran triunfadora de la principal sección paralela del Festival de Málaga (Zonazine), puede ayudar a resquebrajar la barrera del ninguneo habitual que la saturada oferta audiovisual reserva a las apuestas locales más modestas.

Ayuda también el pequeño extra que aporta su director y coguionista, Álex Montoya. Viene de una larga trayectoria en el cortometraje, tiene un canal de Youtube con más de 100.000 suscriptores y un corto del que nace este largo (Lucas, 2012) con más de 2 millones de visitas. Además, se las ha apañado para traer distintos materiales promocionales de acompañamiento -sobre todo una potente canción original– que normalmente una película con un presupuesto de 300.000 euros no tiene.

Pero claro, el punch ganador para ganarse el boca a boca del público no deja de ser la película en sí. Y Lucas lo tiene: hay personalidad en el tono, un protagonista bien armado, una compacta mezcla de géneros y ambientes que la hacen accesible y, sobre todo, un tema polémico tratado con inteligencia. Aunque en algunas secuencias se notan costuras y carencias técnicas, la película se mantiene interesante tanto en la superficie -el atractivo de seguir la trama- como por debajo de ella -la psicología de los personajes y sus deseos- .


La clave es Álvaro

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Montoya y el coguionista Sergio Barrejón -que también demostró soltura en el guión de Jefe (2018)- aciertan en lo más importante: tratar su complejo y llamativo asunto de fondo. Lucas habla de la pedofilia desde el lado que más les interesa, que es el del equlibrio funambulista entre la ambigüedad, la naturalidad y el dejar espacio al posible juicio del espectador. Y siempre con la idea clara de que es un puro catalizador de situaciones y de avance para la acción. Es decir, paradójicamente, la película respeta lo espinoso del tema manteniéndolo en un terreno bastante sencillo y comprensible.

Este acercamiento sólo tiene sentido, por tanto, desde la construcción de un personaje que la sintetice. El Álvaro de Lucas lo hace. Tanto en el guión como en la interpretación de Jorge Cabrera se crea ese necesario efecto contradictorio de acercamiento humano a una persona que sabes que lo que está haciendo es inaceptable. Se mantienen bien las dos caras de esa misma moneda: dentro del relato (es el salvavidas de Lucas, pero también el que le crea problemas) y en su relación con el chico (cercano, casi paternal, pero también distante y con mucho que ocultar). La clave para que la película se eleve al final no es Lucas, sino Álvaro. Y lo han cuidado, enfocándolo más desde el encaje social que desde el escándalo.

Con un último tercio de película realmente bueno, Lucas salva algunos titubeos y acaba ganando. Plantea bien la realidad confusa de una persona joven en pleno duelo por la muerte de su padre – muy bien Jorge Motos también- que se ve empujado a situaciones límite en un mundo adulto tremendamente hostil. Y, por el camino, es capaz de tocar un tema difícil que lo complemente sin ser nada superficial. Estaría bien que esta película no se quedara sólo en sensaciones.

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