Críticas
Los Tigres: Alberto Rodríguez gana bajo el agua

Stills de 'Los Tigres'. ©Julio Vergne. Montaje: ©Cine con Ñ
Los Tigres cuenta la historia de dos hermanos, Antonio (Antonio de la Torre) y Estrella (Bárbara Lennie), de padre buzo profesional. Ambos trabajan juntos en una barcaza de la industria petrolera en la que Antonio es el mejor buzo comercial de todos. Es ‘El Tigre’. Pero fuera del agua no le va tan bien: se le acumulan los problemas económicos, familiares y de salud. Mientras Estrella tiene sus propios planes al margen, Antonio encuentra un alijo de cocaína que puede convertirse en una oportunidad.
Alberto Rodríguez estrena nueva película en Sección Oficial del Festival de San Sebastián.Y es un capítulo distinto en el cine del director. Primero porque se sale, desde la actualidad, de lo que ha sido el gran leit motiv de su cine en los últimos 15 años: la reflexión histórica (Modelo 77, La isla mínima, El hombre de las mil caras…). Pero también porque en Los Tigres se contiene más el desarrollo del thriller que en otras películas del director.
Los Tigres se dedica más bien a profundizar en lo que hay por debajo de la relación entre estos dos hermanos. Es rodeada de agua donde la película coge espesor y tensión, donde se hace más especial lo que vincula a los personajes a una pasión que es también una condena. Fuera de ella, como le pasa a sus protagonistas, le cuesta más encontrar su sitio. Aún así, la construcción del drama es lo suficientemente atenta como para que el conjunto funcione.
Los castillos en el agua de Alberto Rodríguez

Con un segmento inicial buenísimo, Los Tigres nos mete al trote en el desconocido mundo de la Refinería de la ría de Huelva, un complejo industrial vinculado a la opaca industria petrolífera en la que se ve que las presiones y competiciones corporativas internacionales son enormes. Y, como siempre, los que acaban cargando con ellas, por sueldos que no se corresponden con el riesgo, son los obreros que trabajan ahí.
Rodríguez es hábil al darle al mar una sensación de peligro o, como mínimo, una hostilidad que se pueda vincular a lo que sienten los trabajadores en su día a día. No hace falta un tiburón; la naturaleza que se rebela a la extracción de recursos ya da el suficiente miedo a este grupo de buzos, que crea sus propios «castillos bajo el agua» y fantasías para aliviarse. Antonio, convertido en un pirata de Emilio Salgari (Los tigres de Mompracem), es el único que puede domar el elemento.
La película se justifica a sí misma en esta tensión acuática. Las secuencias submarinas son el principal hallazgo de Los Tigres: una capacidad de detalle en el plano, una claridad y un manejo del suspense bajo el agua que no se habían visto hasta ahora en el cine español. Vale la pena verla solo por esto.
Los Tigres y el drama

Pero la condición indispensable para que lo que pase debajo del agua signifique algo es que se vincule directamente con lo que pasa fuera. Los Tigres está planteada desde el principio como una historia entre hermanos, marcada por la falta de comunicación, la sombra paterna y una jerarquía interna muy establecida.
Con este planteamiento, que Antonio de la Torre y Bárbara Lennie entienden bien en sus interpretaciones, la película acaba privilegiando la construcción del vínculo y el trauma de estos dos personajes. De hecho, Rodríguez evita la tentación de agrandar el suspense o la trama de thriller criminal, reducida al mínimo indispensable en plano y siempre vinculada a los hermanos.
Es un desarrollo coherente con el planteamiento inicial del guión de Rafael Cobos y Rodríguez, pero la sensación es que cuesta más encontrarle un poso fuera de lo convencional que a la alta mar, donde la película se siente más original y precisa. Aún así, Rodríguez se mantiene fiel a su idea y el vínculo entre los personajes se acaba imponiendo, pese a que da la sensación de que en montaje algo se ha debido de perder, también en la atmósfera de la zona.
Pero la atención a los detalles de la dinámica entre ellos, donde se ve la herencia del pasado, dan ese último toque necesario para embocar con garantías un final contenido que, como pasaba con el de Modelo 77, le da un cierto respiro a los que siempre acaban ahogados en las historias.
Una película distinta de Alberto Rodríguez, que demuestra que no se duerme en los laureles y tiene la ambición de probar. Eso es bueno. Quizá su empeño por reducir el thriller, junto a un drama de personajes que cuesta quitarle esquematismos, le sale un poco caro, pero el conjunto final convence.
Dónde ver

Arturo Tena