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Oriol Paulo va más allá del ‘noir’ en la loca ‘Los renglones torcidos de Dios’

El director de ‘Contratiempo’ o ‘El inocente’ vuelve a entregar un thriller de misterio con todo tipo de giros que sí aprovecha su ambiguedad psicológica y a su gran protagonista

Oriol Paulo va más allá del 'noir' en la loca 'Los renglones torcidos de Dios' 1

Los renglones torcidos de Dios adapta al cine la famosa novela de Torcuato Luca de Tena contando la historia de Alice Gould (Bárbara Lennie), una detective que se infiltra en un hospital psiquiátrico haciéndose pasar por una enferma más durante los años 70. En realidad, Alice investiga la misteriosa muerte de uno de los internos. Para descubrir la verdad cree contar con la secreta colaboración del nuevo director del centro, Samuel Alvar (Eduard Fernández).

Presentada en el Festival de San Sebastián -¿por qué en la sección Perlak?-, aquí está el nuevo thriller de misterio e investigación de todo un especialista en la materia: Oriol Paulo, el rey del giro y la sorpresa inesperada en el cine español. Como pasaba en anteriores películas suyas como El cuerpo, Contratiempo o la serie El inocente, la película juega con el espectador, que tiene que descubrir quién es el verdadero culpable en todo este lío. Ahora la vuelta de tuerca está en saber si la persona que está cuerda realmente lo está. Si miente o si realmente dice la verdad.

Si se pagan todos sus peajes (triple giro con tirabuzón, situaciones inverosímiles, diálogos rozando el sonrojo…), Los renglones torcidos de Dios es una película comercial bastante disfrutable. Tiene a una Bárbara Lennie pletórica, un psiquiátrico lleno de simpáticos «torcidos» y un juego en la fina línea de la salud psicológica, herencia de la novela, que permite a Paulo experimentar más que nunca y salirse un poco del molde. Probablemente, su mejor película.

Los renglones torcidos de Dios y nuestro manicomio

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Los renglones torcidos de Dios es larga, pero al menos no por los motivos equivocados. Se toma su tiempo en presentar a su protagonista y en contar cómo funciona el psiquiátrico. Para introducir el mundo de las personas con enfermedades mentales bebe tanto de la novela como de jugar indiscriminadamente con los clichés más abigarrados del cine «de manicomio», desde Alguien voló sobre el nido del cuco (Milos Forman, 1973) hasta American Horror Story: Asylum (Ryan Murphy, Brad Falchuk, 2012). De ahí emerge todo un desfile de personajes que van más allá del loco que da miedo/hace gracia.

Además, hay un mínimo empeño por darle un peso al contexto histórico. Sin entrar en la clásica ambientación estilizada y las patillas largas, el guion de Paulo, Guillem Clua y Lara Sendim (que se permiten algún toque feminista actual para compensar) deja ligeros -y otros no tan ligeros- detalles del fin del franquismo y de hasta dónde se iban a permitir los cambios en el país en aquellos años. El empeño de época está hasta en la forma de hablar de los actores, todos con una dicción teatral que respeta el elegante original y funcionaría perfectamente en cualquier producción de entonces.

Más allá del noir

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El tener la novela de Luca de Tena de base le sienta bien a Paulo porque puede entrar en un terreno psicológico más interesante, menos visceral, que en los enésimos clásicos temas del noir. Ahora la venganza, el amor, la pasión o el odio no son el centro: esta vez toca decidir si la protagonista realmente sí que debería de estar en ese centro psiquiátrico o no, al estilo Shutter Island (Martin Scorsese, 2010). Bárbara Lennie, en un alambre paranoide que recuerda al de su personaje en Magical Girl (Carlos Vermut, 2014), está perfecta para dar forma a esa tensión interna de la mítica Alice Gould.

Sin inventar la rueda, Paulo y su equipo profundizan así en la incorporación orgánica de efectos y set pieces, dosificando lo lisérgico y lo terrorífico, uno de los fetiches clásicos de su cine. Hay más intención y menos virguería, poniendo todos los trucos de la interminable chistera del director al servicio de la ambigüedad moral de su historia. Incluso el montaje y el sonido, siempre a favor de obra en sus películas, tienen un peso específico y acorde al misterio.

Es fácil meterse con una película como Los renglones torcidos de Dios. Todas sus engaños, soluciones inverosímiles, diálogos forzados y secuencias explicativas ponen a prueba la paciencia de cualquiera. Pero, asumiendo la suspensión de incredulidad y el tipo de producto mainstream que se está viendo, la película se sostiene como espectáculo durante sus más de dos horas y media a base de buenas decisiones, llevada en volandas por una protagonista que incendia la pantalla.

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