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Películas españolas 2026

Los caballos mueren al amanecer: Sentir la verdadera emoción del artista

Ione Atenea recupera las vidas de los hermanos Antonio, Rosita y Juanito García para trazar sus existencias y elaborar un ensayo sobre la materialidad y la memoria
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Una casa imaginada como un archivo y unas vidas agazapadas bajo las ruinas del tiempo. En Los caballos mueren al amanecer, Ione Atenea (Enero) se funde con los fantasmas del siglo XX, enclaustrados en un caserón del barrio barcelonés de Vallcarca y ocultos bajo las decenas de objetos, tebeos, fotografías y grabaciones magnetofónicas que se conservaron de los hermanos García, Antonio, Rosita y Juanito García, dibujante de cómics de Bruguera, aspirante a soprano y «mirador» de cine respectivamente. El paso de los años sepultó para siempre sus anhelos, incluso más allá de la muerte, hasta la llegada de la cineasta.

Los caballos mueren al amanecer es una película sobre el archivo, la memoria y sobre la figura del archivero, aquí accidental –Atenea– pero de una sensibilidad conmovedora. Es un ensayo sobre las marcas materiales que las existencias dejan sobre la faz de la Tierra y sobre cómo convivimos con estas, ensamblándolas para darles sentido, para crear un relato. De ahí que la cinta de Atenea sea la película que jamás se hizo –hasta ahora– sobre los hermanos García y, al mismo tiempo, la de la relación de la creadora con todo ese material.

Tres vidas de la Barcelona franquista

Los caballos mueren al amanecer: Sentir la verdadera emoción del artista 1

Para aproximarse al maremágnum de los García, Atenea conjuga resortes de la ficción y del documental, desde la fotonovela a la mirada observacional o la voz en off, de manera intermitente. El objetivo es que los hermanos despierten de ese sueño eterno que es el tiempo detenido y cualquier aproximación es válida para lograrlo. No solo han de despertar los García, sino todos los afectos contenidos entre las cuatro paredes de esa casa de Vallcarca.

Por ejemplo, el espíritu romántico de Antonio, dibujante de cómics en la mítica Editorial Bruguera, cuyo patrimonio y legado sigue sufriendo unas inclemencias a todas luces devastadoras; o las fantasías artísticas de Rosita, cuyo futuro como belladona del canto quedaron frustradas por las convenciones de la época; sin dejar de lado el misterio que rodea a la figura del benjamín, atrapado entre juegos y bromas infinitos, como un Peter Pan inextinguible. «El principal motor de la creatividad de sus hermanos», elucubra Atenea.

De lo que no hay duda es que los tres perfiles evocan a una cierta burguesía catalana de aquella Barcelona encapsulada por la parálisis de la dictadura franquista, donde el tiempo discurría y se escapaba para no regresar jamás. Atenea se alinea con la actitud escapista de los hermanos en tanto que muro de resistencia ante la falta de horizontes vitales del régimen, pero también porque, como confiesa, tras dos años conviviendo con ellos siente que son como su familia. 

Habitar el pasado desde el presente en Los caballos mueren al amanecer

Los caballos mueren al amanecer: Sentir la verdadera emoción del artista 2

Ahora bien, ¿qué hacer con todas esas emociones y deseos frustrados de los García, más allá del frenesí de la acumulación? ¿Cómo esos fantasmas del siglo XX nos interpelan y se reflejan en nuestros deseos? Las preguntas no son baladíes y en el clímax de Los caballos mueren al amanecer Atenea trata de ofrecer una respuesta a las miles posibles:  invocar a los hermanos, encarnarlos y recrear su creatividad desbordante.  

«Si la unión de tu pensamiento con tu mano es perfecta / el fruto que nazca te hará sentir / la verdadera emoción del artista», reza la última de las varias cartelas que puntean la película, uno de los varios mensajes enigmáticos escritos por Juanito García y que aquí funciona como corolario, tanto de la vida de los hermanos –atrapados en su jaula de oro, pero felices con ello– como del largo proceso creativo que ha absorbido a la cineasta.

Nosotros también nos quedaríamos a vivir, junto a Atenea y los García, en esa casa de ‘Nunca Jamás’, pero todas las películas llegan a su fin, irremediablemente. Por eso, y tal vez para compensar, Los caballos mueren al amanecer tiene una de las más hermosas secuencias de créditos finales en años. No se la pierdan.

Imágenes: Los caballos mueren al amanecer – Hiruki y Zazpi T’erdi
Paula Arantzazu Ruiz

Paula Arantzazu Ruiz

Doctora en Comunicación Social por la Universitat Pompeu Fabra (Barcelona), con una tesis sobre Yervant Gianikian y Angela Ricci Lucchi y la cultura visual de la medicina. Colabora como periodista y crítica cinematográfica en Cine con Ñ, Cinemanía, Diari Ara, Rockdelux, Tarde de Perros-SensaCine, Cáñamo, entre otros medios. También ejerce la docencia como profesora asociada en la Universidad de Murcia.

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