Críticas
Los aitas: Viaje de ida y vuelta a la comedia

Stills de 'Los aitas'. ©David Herranz, Montaje: ©Cine con Ñ
Los aitas son cuatro padres de la Bilbao de los años 80 (Quim Gutiérrez, Juan Diego Botto, Iñaki Ardanaz y Mikel Losada) que, por incomparecencia de las madres, tienen que acompañar a sus hijas a un campeonato de gimnasia rítmica en Alemania. Pese a sus reticencias, los cuatro se verán obligados a subirse al autobús, comandado por la entrenadora (Laura Weissmahr) y el conductor, un antiguo profesor (Ramón Barea).
Seguir la carrera de Borja Cobeaga como director es seguir también lo que ha pasado con la comedia para cines en España en los últimos 15 años. Como nos decía él mismo en una entrevista, era uno de los representantes de un nuevo grupo de directores y guionistas españoles que, mejor o peor, buscaban al público desde planteamientos propios en el cambio de década pasada (Pagafantas, No controles, Spanish movie, Promoción fantasma…).
Cobeaga también fue el coguionista del brutal éxito que acabó un poco con toda esa ebullición que las televisiones empezaban a apoyar: Ocho apellidos vascos (2014). El fenómeno y el progresivo declive de las salas impuso la fórmula. Primero fue la gracia de la diferencia territorial, después las familiares y ahora estamos en un impasse entre esas y los remakes. Refugiadas en las series, las comedias originales o de autor son las menos en salas, y las que se han estrenado en la última década ninguna ha dado la campanada.
Los aitas es buena y tiene ‘eso’ para conseguirlo. Es una película familiar de estilo road movie, tierna, reflexiva y con una cierta profundidad, que le puede funcionar tanto a grandes y pequeños sin necesidad de tener que bombardearlos cada 10 segundos con un estímulo.
Padres ochenteros, desastres de hoy

Los aitas nos lleva a finales de los años 80, en la Bilbao de la reconversión industrial, en un trabajo de ambientación de época entre bueno y muy bueno, poco habitual en la ficción española, que privilegia un poco dar el ambiente concreto y de barrio que el génerico y estilizado de la década. La película nos deja claro dónde estamos, pero sin forzar demasiado el retrato del pasado. Da la impresión de que la gente normal podría vestirse así y tener ese tipo de casas, con ese tipo de decoraciones y objetos.
La película se centra en tres obreros y un «patrón» que han perdido su trabajo en la fábrica, que, además, son hijos sanos del patriarcado de su época: totalmente ajenos de las tareas del hogar y la crianza, solo preocupados por proveer a su familia, la función social que se les ha encomendado. En una más que buena primera mitad de la película, Cobeaga deja clara una lectura crítica sobre los roles de género, la situación de la clase obrera entonces y otros mini-detalles sociales que van a recorrer todo el metraje.
Lo interesante de Los aitas es que, pese a que el diagnóstico sobre todo aquello es desde el presente, la película no va a ridiculizar ni a dar lecciones sobre todo eso, simplemente coloca un espejo menos complaciente del arquetipo del «padre desastre»: se deja claro qué es lo que hace que está mal, pero sin fabular con una reforma total que no es posible. Cuando se acabe la película, parece decir Cobeaga, estos padres quizá lo van a seguir haciendo mal, pero en ese camino han podido darse cuenta de alguna cosa. Así es de contradictoria, fragmentada y poco lineal es la vida.
Los aitas y potenciar la comedia

Al final, como le suele pasar al cine de Cobeaga por mucho que mete el dedo en el ojo en según qué cosas (esto se puede ver muy claramente con el tema del terrorismo de ETA en sus dos anteriores películas), le está dando una capa de humanidad a los personajes que nunca se queda en la mera caricatura. Los distintos padres de Los aitas, cada una en sus condiciones y posibilidades, lo demuestran, recordándonos que, sin conformarnos, hacemos lo que podemos.
Toda esta personalidad y acercamiento a su contexto y sus personajes sirven para darle fuerza y entidad a una comedia para que así brille en todo lo que está en la superficie y que es tan difícil: la historia, los diálogos, las situaciones, los personajes y los actores. Hay comedia de la buena (hay algunas secuencias que son para el recuerdo), el contraste con los niños es oportuno y no oportunista y todos los actores, en una película muy coral, están bien en sus papeles, todos bien caracterizados —el que convence menos es Quim Gutiérrez, un actor de un estilo interpretativo que no encaja del todo en los 80—.
Aunque llegados a Alemania, en su último tercio, pierde algo de fuelle cómico y se pierde un poco su esencia a partir de la referencia a la caída del Muro (más una ocurrencia de guión que una situación aprovechable para la trama), Los aitas es una película con alma y, sobre toda, divertida. Sería una buena noticia para la comedia española —y, en general, para todo el cine español— que le fuera bien en salas.


Arturo Tena