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Entrevistas

«‘Ocho apellidos vascos’ rompió toda esa nueva comedia que tenía intenciones, que intentaba ser autoral y a la vez popular»

Después de 10 años sin estrenar en cines, Borja Cobeaga vuelve a las salas con 'Los aitas', una comedia familiar ambientada en la Bilbao de la reconversión industrial, en la que unos padres irresponsables se ven obligados a acompañar a sus hijas a un campeonato de gimnasia
Borja Cobeaga, director y guionista de 'Los aitas'

Han pasado 10 años desde que Borja Cobeaga (San Sebastián, 1977) estrenara una película suya en cines —Negociador (2014)—. Ahora vuelve a las salas con Los aitas, un título ambientado en la Bilbao de la reconversión industrial de los años 80 y en el que un grupo de padres, totalmente ajenos a los cuidados, se ve obligado a acompañar a sus hijas en un viaje que les llevará a un campeonato de gimnasia en Alemania. Unos hombres ochenteros encarnados por Juan Diego Botto, Quim Gutiérrez, Iñaki Ardanaz y Mikel Losada, todos en paro tras el cierre de una fábrica.

Cobeaga, que se había refugiado como creador en las series (No me gusta conducir, Su majestad) tras su experiencia en streaming con Fe de etarras (2017), atiende a Cine con Ñ desde el Festival de Málaga (Sección Oficial fuera de concurso) como previo paso a su llegada a las salas. Lo hace ilusionado con este regreso al cine, un encargo de la productora Valèrie Delpierre (Inicia Films) que el director se ha llevado a su terreno, convirtiéndolo en una personal comedia familiar, tierna y a la vez crítica sobre la paternidad y el modelo masculino de entonces. Además, Cobeaga se muestra crítico con la comedia comercial española actual y el espacio que tienen ahí apuestas más autorales.

Es verdad que el origen del proyecto es un encargo, pero tanto Los aitas como No me gusta conducir hablan de la paternidad, de cómo ser hijos, de qué relación tenemos con nuestros padres y con nuestros hijos.¿Qué te interesa de este tema? ¿Qué has visto para sacar de ahí luego comedia?

Yo creo que tiene que ver con mi experiencia propia de ser padre y también por las ganas, después de haber hecho bastantes comedias locas, de hacer un tipo de comedia tierna, que no dependa del chiste por minuto y todo eso. Diego San José y yo veníamos de hacer comedias donde había una exigencia de dos chistes por línea y cosas así. Esto nos lo podíamos tomar de forma más reposada.

A No me gusta conducir y Los aitas es verdad que las veo muy parecidas en algunas cosas, no solo por los temas, sino también por el tono. Quizá la carga melancólica y sentimental está en Los aitas aún más presente. Creo que es lo que pedía un poco el material. A mí me apetecía escribir acerca de la paternidad, porque había sido padre hace poco, y me parecía un tema interesante… y además ya estaba encasillado con el tema de ETA y el conflicto vasco. Pasar de ETA a la paternidad me parecía un paso lógico (risas).

"'Ocho apellidos vascos' rompió toda esa nueva comedia que tenía intenciones, que intentaba ser autoral y a la vez popular" 1
Borja Cobeaga en el rodaje de ‘Los aitas’. ©David Herranz

Pero es verdad que el tono te lo dicta un poco de lo que estás hablando. En el caso de No me gusta conducir yo pensaba mucho en mi padre, en el coche que tenía, en la decepción que había tenido cuando yo me sacaba el carnet de joven. Y en el caso de Los aitas era como la visión de esos padres de los 80. Cuando era pequeño a mi padre lo juzgaba de un punto de vista más duro y con el paso del tiempo me he dado cuenta de que no tenía herramientas, estaba paralizado. No era algo que él hacía intencionadamente, sino porque no tenía los recursos para cambiar. La película no es muy nostálgica con ciertos elementos de los 80, pero tiene una mezcla de crítica y homenaje que es curiosa.

¿Crees que hay que reírse un poco de nuestros padres para poder entenderlos?

Creo que sí, yo es que creo que todo eso… o sea, si hablo de mi hijo y lo que se ríe de mí… Mi hijo me dice: «Bueno, a ver si la siguiente película te sale bien, porque esta ha quedado un poco regular».

El peor crítico…

Sí, tengo un Boyero en casa, sería la definición (risas). Pero sí que es verdad que la manera en que trato… o sea, si uno piensa en otras películas mías, y no sé si es casualidad o lo que sea, pero Pagafantas, que hay una capa de dolor y de maltrato, pero una capa de ternura también, pues me pasa un poco con otros personajes, porque creo que es la definición más real. Pienso cómo es la vida y pienso que el género que sería la vida es la comedia dramática. Por eso creo que necesitamos una visión cruel y a la vez tierna de las cosas. Por eso me gusta trabajar los personajes desde la crueldad y la ternura.

«No quería hacer otra película de padres desastre no haciendo lo que deben hacer»

En ese sentido, ¿es Los aitas es tu película más claramente tierna? Sin idealizar, pero los padres claramente hacen un viaje hacia su redención…

Sí, sin duda. Creo que era haciendo No controles pensaba que era lo más luminoso que podía hacer, pero es verdad que no, que esta apela más a la melancolía, incluso al melodrama y cosas así. Me parece además una reacción a la paternidad en positivo, porque inmediatamente después se ha rodado un guion mío, que es de Víctor García León, que se llama Altas capacidades, que es justamente lo contrario, va de la paternidad, pero en bilis.

Uno puede pensar que me puedo estar ablandando en ese sentido y que quizás me gusta más el humor tierno y ya no tanto la carcajada, pero creo que muchas veces uno hace las cosas por reacción. En el caso de No me gusta conducir, venía claramente de una. Era algo en clave muy autobiográfica, muy realista, después de haber hecho cosas como Superlópez (2018), con lo cual esa diferencia era fuerte. Así que ahora la reacción después de la ternura de Los aitas a lo mejor es una cosa más oscura.

Los aitas es tu película tuya en la que también hay una distancia más clara de época, de viajar al pasado. ¿Cómo ha sido ese meterte en el ambiente, también a nivel rodaje y me imagino que también en puesta en escena habrá sido un reto…

Es curioso porque, como la película es un encargo en un inicio como sabes, la intentaba situar en la actualidad y no me la creía. Había algo que me chocaba porque no quería hacer otra película de padres desastre no haciendo lo que deben hacer los padres de familia. Y es verdad que situándola ya empezaba a hablar de la época de mi padre, ya empecé a pensar en Euskadi al final de los 80 con la recomendación industrial y es verdad que por otro lado me resistía y me decía que tampoco quería hacer una nostálgica.

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Borja Cobeaga en el Teatro Cervantes durante el Festival de Málaga 2025. ©Marco Barada

Yo veía muchas películas de los 80 y decía o hay una estilización brutal, tipo Stranger Things donde todo mola, el neón y todo eso, o hay una cosa como de Oliver Twist, estilo los 80 miserables y todo eso. Yo quería estar justamente en medio. Entonces toda la conversación que tenía que ver con la dirección de arte, con el vestuario y todo eso era como ‘no vamos a glorificar los ochenta, tampoco vamos a decir que eran lo peor, pero vamos a hacer una cosa realista’.

Una de las cosas que hacíamos como ejemplo de todo esto es que no envejecíamos las cosas. Estamos en el ’89 [el año en el que se ambienta la película] y la cosa que estamos viendo en pantalla es del ’88, o sea que a lo mejor no es vieja. Ahí había un tira y afloja entre no hacer una cosa particularmente nostálgica ni tampoco algo que mostrase un universo particularmente oscuro. Y creo que ha quedado un poco como los padres, que en realidad es una mezcla de crítica y homenaje.

Hay una mirada poco amable sobre el modelo hegemónico de masculinidad de la época, ajeno a los cuidados y a la comunicación personal. ¿Cómo te has relacionado también con esto?

Lo que he notado a la hora de hacer esto es que todavía tenía mucho de ajuste de cuentas con mi padre. Cuando mi padre se quedó en el paro en los 80 y veo que no reacciona hay una parte de mí que le critica, como que le fiscaliza y que le mira con una mirada… un poco desdeñosa incluso. Pero sí que es verdad que la película me sirve como para entender que no tenía herramientas, empezar a entenderle un poquito.

En ese sentido, para mí era como muy importante mostrar que no iba a ser una mirada especialmente crítica ni especialmente complaciente y que además tampoco contara una transformación brutal. Mi intención sobre todo era contar que esta gente se ha dado cuenta y va a empezar a trabajarlo, más que se haya transformado. Y eso también me llevaba a que no fuera una visión, bueno como muchas veces pasa, que miras el pasado con ojos de presente y tienes la visión muy desdeñosa, que no es real.

Porque puede ser igual de mala la ausencia de los padres como estar muy encima de los hijos como puede pasar ahora, que estás presionando y agobiándoles. Para mí está esa intención de no juzgar, de mostrar las cosas y que cada uno sacara su propia conclusión, pero que no se inclinara la balanza en ningún lado era importante para el estilo de la película.

«Uno ve la cartelera de las últimas novedades y hay cuatro comedias españolas y todas son remakes»

Es decir, los padres se dan cuenta, pero la película no plantea un cambio para invitar a pensar que la situación es idílica ahora…

Sí, es que esas conductas siguen pasando también ahora. Uno sigue yendo a las puertas de los colegios y ve que la mayoría son madres las que recojan a los hijos, uno puede ver los chats de padres y sigue viendo que las madres están más presentes. Al final eso pues pesa y por mucha transformación que haya habido sigue habiendo unos esquemas difíciles de superar.

Decir que la comedia de Borja Cobeaga es de autor, ¿es más aprecio hacia ti o desprecio hacia la comedia como género considerado menor o menos intelectual en el cine?

No lo sé, creo que ahora estamos muy mal acostumbrados. Durante muchísimos años en España se ha hecho una comedia popular de autor, estoy pensando en Berlanga, claro, pero también en Gómez Pereira, Almodóvar, Fernando Trueba, Colomo… hacían comedias muy personales pero a la vez que tenían una aspiración de gran público.

Eso antes era la cosa más normal del mundo y se ha perdido un poco, porque oscilamos entre la autoría radical o la película comercial que es el remake de ocho versiones de película francesa. Esta película que tiene como un equilibrio entre ser popular y ser muy personal, que para mí es el cine normal que se ha hecho siempre, pues quizás te da una impresión de algo llamativo cuando debería ser lo más habitual.

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Quim Gutiérrez en el rodaje de ‘Los aitas’. ©David Herranz

Hace diez años que no se estrena una película tuya en cines [desde Negociador (2014)]. ¿Cómo crees que ha cambiado la comedia española que va a las salas en este tiempo?

Yo es verdad que justamente cuando empecé a hacer películas, aquí en Málaga que se estrenó Pagafantas (2009), enseguida venían Javier Caldera y otros. Se hacían artículos de prensa sobre la nueva comedia española y cosas así. Y vi como eso se deterioró por dos factores. Uno, es culpa mía: Ocho apellidos vascos (2014). Rompió toda esa nueva comedia que tenía intenciones, que intentaba ser autoral y a la vez popular. La otra cosa que pasó es que empezaron a hacerse remakes, con lo cual por una cosa y por otra se hacían comedias de fórmula.

Eso supuso que la televisión fuera un refugio para muchos, yo incluido. Pensaba que el cine era mi manera de expresarme a través de la comedia, haciendo algo personal, pero de repente no tenías cabida ahí. Y las plataformas aparecían y hacían Paquita Salas, Mira lo que has hecho, Vida perfecta, Vota Juan, o ahora A muerte…muchas comedias que son autorales también. Y eso me hizo replantearme muchísimas cosas desde el hecho de que me cuesta más levantar una película personal que una serie personal. Y eso que pagan las multinacionales.

Es verdad que uno ve la cartelera de las últimas novedades y hay cuatro comedias españolas y todas son remakes. Con lo cual, ojalá podamos volver a tener ese género tan fuerte como teníamos, pero desde luego lo del cine es complicado porque hay mucho miedo. Yo creo que se hacen remakes porque hay miedo al fracaso. ‘Voy a asegurar que una película que ya ha sido un éxito en otro país la adapto y saldrá’. Pero sí que es verdad que después de la pandemia no hemos conseguido que vuelve el público, más allá de la película de evento y todo eso.

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Borja Cobeaga en el Teatro Cervantes durante el Festival de Málaga 2025. ©Marco Barada

¿Crees que una de las razones es que hay una parte del público que se ha vuelto más conservador? Con las plataformas, la experiencia de ver algo está en la selección de un catálogo inmenso, presentado de una determinada manera, con una determinada categorización, ¿cada vez nos arriesgamos menos al decidir ver algo?

Yo ahí tengo una doble vertiente cuando lo pienso. Por un lado, valoro muchísimo la mentalidad del espectador, que creo que siempre está por delante de nosotros. Pasó con Ocho apellidos vascos, que los directores o las pelis o los exhibidores decían ‘¡Uy, esta película con chistes de ETA, a ver cómo funciona!’. Y luego el público demostró de manera muy clara que estaba muy por encima de todo eso. Aprecio esa falta de ingenuidad o paternalismo, que acabo de vivirlo con Su majestad, que había mucha cosa de ‘Uy, qué escandalo va a ser esto!’ y luego no ha pasado nada, porque el público lo acepta sin problema.

Por otro lado, también veo una corriente que me parece más peligrosa, relacionada con las expectativas que te generan una película. O sea, tú ya cuando vas a ver una película ya tienes clarísimo cómo quieres que sea. Y si no coincide con eso es terrible. Siempre pienso que se reían de George Lucas cuando hizo Star Wars. Por un lado, aprecio mucho esa falta de ingenuidad y esa inteligencia del espectador. Pero detecta los peligros de que no se pueden hacer películas a la carta. Al espectador hay que sorprenderle.

Lo oía a Domingo Corral, el jefazo de Movistar Plus+, que él sabía todos los datos. Le preguntaban por los datos de audiencia, los algoritmos, todo eso. Y decía, ‘yo los miro pero no les hago mucho caso porque sé que al espectador hay que sorprenderle’. Y yo soy de los que piensa así. Porque de repente aparece una película que no te esperas que va a tener éxito y lo tiene.

Arturo Tena

Arturo Tena

Graduado en Periodismo por la Universidad Carlos III de Madrid. Escribe crítica y análisis de cine desde 2010 y es socio de ACCEC (Associació Catalana de la Crítica i l'Escriptura Cinematogràfica). Después de trabajar en CTXT, desde 2018 dirige el medio especializado Cine con Ñ.