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Las paredes hablan: Todo lo que se mueve está vivo

El aragonés dirige un documental tan maduro que tiene la frescura de un novato, una reflexión sobre la naturaleza misma de querer contar el mundo

Las paredes hablan: Todo lo que se mueve está vivo 1

En Las paredes hablan el director Carlos Saura viaja entre las pinturas rupestre y los grafiteros actuales para analizar las razones por las que los humanos nos expresamos artísticamente. Un recorrido temático más que narrativo sobre el que planea su propia obra como cineasta y que incluye fuentes tan variadas como los artistas Suso33 o Musa71, el mismísimo Miquel Barceló o expertos como Juan Luis Arsuaga y Pedro Saura Ramos, pintor de la réplica de la Cueva de Atapuerca que se visita en la actualidad.

Lo más llamativo de Las paredes hablan, que ha pasado por el Festival de Sevilla tras San Sebastián y ya preseleccionada a los Goya en Mejor Documental, es la extrema sencillez expositiva y la aparente de ideas. Saura en el ocaso de una carrera a la que ya no le queda nada de demostrar, se permite un discurso más que interesante usando modos cinematográficos reducidos al mínimo pero muy explícitos, propios de un documental mucho menos ambicioso que este. Y claro, como es Saura, le funciona.

Las paredes hablan, aunque no se las entienda

Las paredes hablan

Para empezar, el documental, aunque ofrece sus conclusiones de forma tanto directa como indirecta, no se cree más de lo que es y no aspira a resolver el misterio de la pintura rupestre. La aborda desde un punto de vista más poético o filosófico que antropológico, se pega mucho a las interpretaciones de sus dos expertos -que están aquí porque dirige quien dirige- y deja en el aire todo lo que no sabemos: su propósito exacto, el concepto de autoría de nuestros antepasados, si las personas que pintaban eran hombres o mujeres, etc…

De hecho, hay un momento en que Arsuaga nos recuerda que para entenderlas tendríamos que trasladarnos a la mentalidad de alguien de hace 30.000 años, personas para todo lo que se movía, tenía vida. Si un río se mueve, está vivo. Un momento en el que él y Saura, más presente que nunca en una de sus obras, charlan en mitad de un prado entendemos que situados cerca de Atapuerca, y la cámara se permite retratarlos minúsculos ante la verdadera proporción de cuanto les rodea.

Aunque el discurso del aragonés aparece de verdad no cuando está en cámara haciendo preguntas aparentemente inocentonas con aire de sabio despistado, sino cuando deja que sean otros creadores quienes hablen por él. Miquel Barceló o Musa71 explican como han ido volviendo sus estilos cada vez más sencillez, casi primitivos, mientras perdían ese deseo de demostrar autoría de la juventud e iban comprendiendo el verdadero fondo de aquello que querían contar. Esos momentos, o los que comparte visitando murales de Barcelona con Suso33, son casi una teoría artística en sí mismos.

Las paredes hablan en todas las épocas

Las paredes hablan: Todo lo que se mueve está vivo 2

Gran parte del momento hipnótico de Las paredes hablan se basa en un montaje que, aunque insista verbalmente en determinadas ideas en boca de sus participantes, como de verdad relaciona conceptos es a través del montaje. Las situaciones, los autores y las paredes del Paleolítico o las Madrid y Barcelona del siglo XXI se parecen mucho, pero no necesitan que nos los recuerden paleontólogos o artistas gráficos. El cine se basta, una vez presentada la situación, para hacernos girar sobre sus problemas irresolubles.

De fondo, un mensaje humanista de amor al arte y a la expresión como forma de crear comunidad, en la que la naturaleza del autor, al querer verse reflejado en la forma del universo, como el protagonista del cuento de Jorge Luis Borges que abre los créditos, es la de ayudar a trascender esa misma representación básica. No hay conclusiones en Las paredes hablan, sino una invitación al viaje por la narración infinita que nos convierte en humanos. Porque el Arte, como recuerda Pedro Saura, es la prueba del nacimiento de la conciencia.

En resumen, una película notable, que revela a un autor que ya hace lo que quiere cuando quiere porque puede, que quizás no pasará a la historia como una de sus obras maestras, pero sí que representa la reflexión más explícita sobre la naturaleza de su propio trabajo que ha hecho Saura. Uno en el que curiosamente el autor es tan importante como pasajero y anónimo, alguien a quien apenas se identifica por el perfil de su rostro o un dedo torcido sobre una piedra.

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