Críticas
Las chicas están bien: Ser persona y ser personaje

'Las chicas están bien'. Montaje: ©Cine con Ñ
Las chicas están bien recoge unos días de verano en compañía, una reunión en una casa de un pequeño pueblo. Una directora/escritora (Itsaso Arana) ha reunido allí a las cuatro actrices (Bárbara Lennie, Irene Escolar, Itziar Manero y Helena Ezquerro) para ensayar su obra de teatro. Mientras practican el libreto, sus propias vidas y sus problemas también entrarán en escena.
La actriz Itsaso Arana, que ya había coescrito el guión de La virgen de agosto (2019), da al paso también a la dirección con esta película que se pone a sí misma el apellido o adjetivo de ‘ensayo’. Arana lo dispone y escribe todo en un papel al inicio de la película y deja claro así su doble sentido: el ensayo para preparar una obra, el ensayo como formato/género cinematográfico para desarrollar ideas o conceptos. El marco para su planteamiento es el del cuento de hadas y princesas, un género que une el juego de representaciones y permite la tesis de fondo y filosofía del filme.
Las chicas están bien es, por tanto, una experiencia intertextual y metareferencial. Pero, y esto es lo más importante, lo es sin perder de vista que todo ese entramado intelectual le da puede dar igual al que se sienta a verla. Lo bueno es que en sus imágenes hay una relación emotiva con lo que les pasa a estas mujeres en el momento de su vida en el que son filmadas. Entre la comedia de solsticio de Shakespeare, la descripción burguesa de Austen y la conexión natural de Rohmer, aparece la búsqueda de Arana por llegar al equilibrio entre sus personas/personajes. Y eso hace que la película toque la humanidad buscada.
Una actriz dentro de otra actriz

Entre esas capas, la película se puede entender también como un homenaje «en cebolla»: tiene varios tributos dentro de otros. Entre ellos, destaca el que se hace al teatro en su libertad y su capacidad performativa —algo que Irene Escolar y Bárbara Lennie ya habían tratado en Escenario 0—, pero brilla sobre todo la entrega total a la interpretación como arte y, en concreto, a la fortaleza y fragilidad de las actrices. Solo lo podía hacer una de ellas, claro, que evita por el camino hacerse un homenaje a sí misma. Lo hace más bien a la figura de la creadora que encuentra estímulos y apoyo entre sus pares.
Itsaso Arana aprovecha su condición de una di noi para poner en valor una conexión profunda con lo que significan las personas/personajes de su película, tanto los de las ficción que están practicando como las que son «en realidad». La preparación del personaje es una indagación también personal, nos dice la directora. Todas ellas tienen algo pendiente que tienen que resolver en sus vidas, y a lo largo de la película, cada una va encontrando un posible camino que difiere del final, cerrado y feliz, que prefigura el cuento.
De todo este viaje emerge un sentido de grupo que se respeta, se cuida y se intenta entender en la diferencia. Aunque se pueda criticar la falta de conflicto, Arana hace contagiosa una solidaridad femenina sin estridencias que se convierte en el discurso (feminista) del ensayo que es Las chicas están bien. La película quiere proteger una manera de entender y afrontar situaciones que hace más sanas nuestras relaciones, con los demás y con nosotros mismos, tanto para mujeres como para hombres. Aquello de la sororidad. De vez en cuando es reconfortante ver películas que, sin vivir en los mundos de Yupi, materializan un poco cómo podrían ser las cosas.
¿Las chicas están bien?

Más cosas buenas de Las chicas están bien: no tiene ninguna gravedad. No le hace falta ponerse intensa o dramática, salvo en algunos momentos clave. Ni cae tampoco en la tentación de experimentar demasiado con un lenguaje narrativo que se mantiene limpio, claro y suave, acompañado en la fotografía de una gran Sara Gallego —en los últimos tres años se ha colocado en el top de responsables de fotografía en España— que entiende como pocos la luz y los condicionantes de la imagen, como bien explica Aarón Rodríguez en EAM Cinema.
Arana crea así las condiciones de su «cine iluso», vinculándose al carácter romántico y trascendente de las películas del aquí productor Jonás Trueba —sobre todo en el más reciente y maduro, como la también grupal y metatextual Tenéis que venir a verla (2022)— pero también dejando claro que tiene sus propias formas de hacer, distinguidas en un estado emocional sereno pese a la exposición evidente de su vulnerabilidad. Es un cuento, película de un ensayo, ensayo de una película sobre la vida, la muerte y el arte, y, sobre todo, es una película para seguir asegurándose de que las chicas estén bien.
La puedes ver online en

Arturo Tena