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La piedad: La cruel dictadura de una madre

La tóxica relación entre una mujer y su hijo despliega el inspirado mundo artístico de Eduardo Casanova, que no termina de aterrizar políticamente una obra destinada al culto

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Presentada en el Festival de Sitges, La piedad imagina la vida de una familia monomarental, madre e hijo, prácticamente aislada del mundo. Pese a que él ya es más que un adolescente, Libertad (Ángela Molina) y Mateo (Manel Llunel) siguen manteniendo una estricta relación de dependencia. Pero el inestable y ficticio equilibrio que ha construido Libertad se termina de caer cuando a su hijo le diagnostican cáncer: la enfermedad no hace más que aumentar las ansias de independencia del joven, ante el temor materno de perderlo para siempre.

Aunque ya venía de antes, fue Pieles (2017) la película que nos descubrió al Eduardo Casanova director de cine. Guste más o menos su propuesta, lo que no se puede negar es que su ópera prima fue aire fresco en el cine español de la década pasada. Había un sentido del humor retorcido y una visión artística clara y personal, que declinaba y actualizaba lo kitsch para la multiforme sensibilidad actual. Todo eso está ahora también en La piedad, que lo lleva todo a un sentido iconográfico, con la referencia de la famosa escultura de Miguel Ángel como punto de partida para plantear una hipertóxica relación madre-hijo amenazada por la muerte.

Más madura y oscura que su primera película, la nueva de Casanova es una original y divertida revisión del mito de la madre terrible en filtro queer. A este retorcido universo psicológico, tan pegado a una larga tradición del terror, se añade también un paralelismo político, una reflexión a dos bandas que no encaja del todo con esa historia familiar. Exagerada, renacentista y cruel, con La piedad solo vale someterse o rebelarse.

El horror de la madre en sábanas rosas

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La relación entre madre e hijo es el punto central sobre el que pivota La piedad, y el que mejor resuelve. Como ya había explorado en los cortometrajes La hora del baño (2014) y, sobre todo, Jamás me echarás de ti (2016), para Casanova la interdependencia familiar es un foco de dinámicas malsanas que se exteriorizan a través de la degradación y la enfermedad corporal. La protección y el amor pueden acabar siendo una herramienta de dominación y, por qué no, también una fuerza autodestructiva.

Con una divertidísima Ángela Molina entregada a la causa de una oscura y frágil paranoia, la relación madre e hijo pasa por varios filtros artísticos con habilidad: la melodramática tragedia griega y su complejo de Edipo, la sublimación renacentista de la Virgen María con Jesucristo o, si nos fijamos en el cine, la relectura del miedo a la madre en clave de cine fantástico. Como explica bien Javier Parra en el libro La madre terrible en el cine de terror (Hermenaute, 2020), el terror es una herramienta ideal para profundizar en las distintas caras de la maternidad tóxica.

Como en el cine de Casanova lo natural es artificial y lo artificial es natural, todo es un gran teatro. Los escenarios principales de La piedad dan continuidad a la relación maternofilial con un arte figurativo minimalista, de pocos y seleccionados objetos, casi fetichizados. Así la dirección artística subvierte el color rosa, seña de continuidad en las películas de Casanova, convertido en manipulación infantilizadora para el chico. El director lo contrasta con un negro que absorbe la luz y recuerda, hasta en la sangre, la abrumadora presencia de la muerte.

La piedad y Kim Jong-il

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Donde Casanova no encuentra un sentido claro entre el ‘cómo’ y el ‘qué’ es en la historia que va en paralelo a la de Libertad y Mateo, vinculada a una familia de Corea del Norte. Aunque los contactos entre una línea argumental y otra son claros, los paralelismos dictatoriales, demasiado vagos y generales, no casan con el sufrido camino de liberación individual de Mateo. Es cierto que también hay una línea de puntos que une estéticamente al régimen norcoreano con el universo de la película, pero la dimensión política -que sí encajaba en Lo siento, mi amor (2020)- se fuerza en la superfice.

No necesitaba de esos aires de trascendencia una película que se vale perfectamente como pieza por sí sola en su núcleo central, cuando tampoco se toma demasiado en serio. En cualquier caso, la intención de Casanova es tan precisa, estrafalaria e insobornable en su pose pictórica que La piedad es una película destinado al culto extremo antes incluso de estrenarse. También, probablemente, al desprecio caricaturesco. A veces difícil de mirar por su crudeza -de esa que ‘da cosa’-, una pieza de valor en el diverso panorama del cine español.

Fotografías: posados de La piedad – Félix Valiente
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