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«Parte de la población reclusa está ahí porque no tiene dinero para pagar, ya sea una multa o un abogado»

Luis Rojo y Nacho A. Villar, directores de ‘La mala familia’, explican el proceso creativo colectivo detrás de este documental ficcionado sobre un grupo de amigos de barrio que se reúnen cuando uno de ellos recibe un permiso penitenciario

La mala familia

La mala familia, de Luis Rojo y Nacho A Villar, ha llegado esta semana a Madrid en el Festival Márgenes tras estrenarse abriendo Las Nuevas Olas en el Festival de Sevilla y camino de participar en Róterdam. Se trata de un relato a medio camino entre la ficción y el documental, la historia de un grupo de amigos que se reúne un verano caluroso en Madrid cuando uno de ellos, Andrés, recibe un permiso penitenciario, y los conflictos que los han llevado hasta ahí.

Rojo y Villar son parte del colectivo audiovisual BRBR, creado en 2014, y han dirigido videoclips para C. Tangana o Territoire y numerosos cortos, además de haber sido reconocidos en certámenes como la Berlinale Talents. La mala familia ha pasado por laboratorios como Incubadora de la ECAM y Ventana CineMad y ha sido premiada en secciones para proyectos emergentes del FICX o el Festival de Málaga. y es una producción de Tasio, Blur e Iconica & Birth, con el apoyo de la Comunidad de Madrid, el Ayuntamiento de Madrid, IB3 TV y Netflix, que llegará a salas en 2023.

¿Cómo surge el proyecto de La mala familia?

Luis Rojo: Los dos formamos parte de un mismo grupo de amigos, al que un día llega una citación judicial, para Andrés y para varios de ellos. Se iba a celebrar un juicio que llevaban varios años esperando y que probablemente los iba a llevar a ingresar en prisión. Este juicio es a partir de una pelea que tuvieron cuando tenían 18 años, en la puerta de una discoteca, una pelea como tantas otras, sin nada especial, y que les llega seis años después. Andrés tiene 24 años, ya no es esa persona, y aquello supone una ruptura total para todo lo que él ha venido construyendo desde entonces. A partir de ahí, en un ejercicio colectivo, no nosotros como directores, sino todos como grupo, pensamos cómo podemos enfrentar eso, desde dónde se puede trabajar.

Nacho A. Villar: Y poder paliar también la frustración y la rabia por la situación.

LR: Es el pistoletazo de salida para el proceso de la película, en el que la realidad y todos los hitos de la historia han ido siempre por delante. No queríamos ser quienes encorsetasen algo desde el cliché de la forma de un relato, sino ir registrando lo que ocurría e ir entendiendo lo que estaba pasando desde el cine.

"Parte de la población reclusa está ahí porque no tiene dinero para pagar, ya sea una multa o un abogado" 1

El formato es de película de ficción, pero se podría decir que es un documental. Andrés se está interpretando a sí mismo y recreando sus propias vivencias.

LR: Todo el mundo que aparece hace de sí mismo, en la película todo lo que sucede es real. Nosotros como directores lo que planteamos es un dispositivo de grabación en el que poder registrar esta realidad, entenderla y explicarla al espectador que la desconoce. Pero no hay un guión en el que existan líneas de diálogo, sino que planteamos escenarios en los que abordar distintos temas y emociones.

NV: Es recoger lo que está ocurriendo y cómo se sienten ordenándolo de manera que pueda ser una película. Buscando que no se quede en documento, sino que al mismo tiempo tenga un valor transformador desde lo cultural. Elegir cómo embalar, digamos, distintos momentos de la vida real.

Habéis dicho que buscáis hacer un cine social que no sea ni desde el paternalismo ni desde fuera, exotizando los barrios.

NV: Estamos asistiendo a momentos de cambio. De repente, igual que vemos a directoras ganando festivales o a directoras de Fotografía que por fin ganan un Goya, como Daniela Cajías, también está pasando que el cine, gracias a la tecnología, se está volviendo más accesible para ciertas clases que quizás antes lo tenían un poco más lejos o no lo sentían como una herramienta con la que pudiesen contar. Poco a poco es una herramienta que va a ir a más. Se ve mucho en los vídeos de música urbana que graban los chavalitos con los móviles o con cualquier tipo de cámara al que puedan acceder, usando ya un lenguaje cinematográfico. Por eso esperamos y apoyaremos siempre que todas las partes que representan la sociedad tengan acceso a la cultura. No solo a consumirla, también a generarla.

¿Qué diferencia dirías que existe entre la representación de las clases populares en La mala familia y otros títulos?

NV: Muchas veces ves cierta fascinación…

LR: Perversa.

NV: Sí, una fascinación perversa que puede traer una serie de problemas. Muchas veces el cine ahonda en clichés que hacen un flaco favor a lo que retratan y se quedan en la parte más, para quienes lo hacen, exótica. Creo que hoy en día todo eso ya se ha explicado, ya se ha hecho, y a nosotros nos interesa menos. En La mala familia los protagonistas son chavales de barrio, pero no sale ningún bloque de viviendas, ni la típica esquina con grafitis y tal. Huimos un poco de eso para…

LR: Para poder entender el barrio de verdad. Romper el cliché y entender qué es el barrio, cómo se vive, cómo se siente y quiénes son esas personas que construyen esa realidad y esa cultura.

«Que en una sala haya críticos, gente de la industria, vecinos de Sevilla o de Madrid y los chavales de mi barrio viéndose reflejados en un momento de intimidad genera una catarsis»

¿Diríais que habéis buscado no solo la prisión física, si no la de falta de posibilidades vitales?

LR: Claro. En la película se ve que al final no es solo la cárcel, es la presión del sistema, de las instituciones o de la propia sociedad. Está muy presente. La cárcel es una sombra que acecha a todos los chavales…

NV: …por una cuestión de clase y por una cuestión de raza. Una de las cosas que se ve en la película es que si no tienes dinero, entras preso. Gran parte de la población reclusa está ahí porque no tiene dinero para pagar, ya sea una multa, ya sea un buen abogado. No tener recursos económicos te hace vivir con la sensación de que en cualquier momento puedes entrar preso. Esta es una idea con la que se convive en muchos barrios obreros de ciudades de todo el mundo.

El nombre de ‘la mala familia’ es el que se da el grupo a sí mismo. ¿Habla de que han asimilado esa mala imagen que el mundo les da?

LR: No es tanto una cosa negativa como un espejo. Si tú toda la vida por no ser blanco te están parando o te están diciendo «eres malo, eres malo», lo que haces es que te apropias de este término, le das la vuelta.

NV: Sí, como para la comunidad homosexual en España ha sido el término marica o en EEUU el término nigger para la comunidad afro. Palabras que se usaban para hacer daño, para atacar, y de repente el propio colectivo lo recoge y dice: «Sí, qué pasa, pues soy un marica, pues soy un nigger«. Aquí lo mismo. Sí, ¿qué pasa? Somos la mala familia. Somos los malos. Antes de que nadie vaya a decírmelo, me lo digo yo.

LR: Y ahora vamos a ver quién soy. ¿Sabes lo que te digo? Superar la etiqueta.

NV: No deja de ser un constructo, evidentemente. Se puede ver bastante que de mala no tiene nada, pero de familia tiene mucho.

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¿No es precisamente ahí donde La mala familia deja el resquicio de esperanza, en esos lazos de solidaridad?

NV: Es un poco lo que plantea. La única esperanza es el apoyo mutuo, la solidaridad y la empatía. Entre estos chavales y entre todos nosotros, vivas en el barrio en el que vivas. Nos hacen competir, tener miedo del otro, de sus intenciones. En eso perdemos mucho tiempo y mucha energía que quizás trasladada a los cuidados y el apoyo mutuo nos harían tener una sociedad más sana. Al mismo tiempo, también queríamos invitar al espectador a reflexionar sobre dónde se posiciona, cómo quiere convivir con estos chavales. Cuando hablamos de población migrante siempre es sobre cómo se van a adaptar ellos a nosotros…

LR: De asimilación.

NV: Pero al final también hay un punto en el que nosotros tenemos que decir cómo queremos hacer eso. Dónde se convive, cómo vemos a estos chavales o si les juzgamos.

Cuando la película ha empezado a moverse, ¿habéis tenido reacciones desde ese paternalismo que señalabáis?

NV: Bueno, es inevitable, ¿no? Siempre y cuando no haya maldad, que la intención sea buena, bueno, se admite. El mundo no va a cambiar de la noche a la mañana. Pero el debate tiene que ser más profundo de si nos dan pena o no nos dan pena, al final el debate tiene que ir más hacia el…

LR: El cómo.

NV: Cómo convivimos. El paternalismo puede estar, pero siempre va quedarse en la superficie de la película.

¿Y las reacciones de los protagonistas y el propio equipo al ver la película?

LR: Preciosas.

NV: Hemos llorado como lechugas. Poder verse en el contexto de en festival o una sala de cine llena en sí es algo muy emocionante y tiene una parte muy transformadora. De repente en esa sala hay críticos, gente de la industria, vecinos de Sevilla o de Madrid y los chavales de mi barrio viéndose reflejados en un momento de intimidad. Casi que genera una catarsis. Y sin ese tipo de catarsis, la cultura jamás podría avanzar.

Foto: Luis Rojo, Andrés y Nacho A. Villar, directores y protagonista de La mala familia – Lolo Vasco/Festival de Sevilla

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