Críticas
La isla de los faisanes: Los límites de la denuncia

Stills de 'La isla de los faisanes'. ©Nicolás de Assas. Montaje: ©Cine con Ñ
La isla de los faisanes (Faisaien irla) es un pequeño terreno ubicado en medio del Río Bidasoa, un condominio entre España y Francia del que los dos estados se reparten su jurisdicción. Es ahí donde una persona muere ahogado al intentar cruzar la frontera, pese a la intervención de Laida, una joven (Jone Laspiur) de la zona, y ante la inacción de su novio, Sambou (Sambou Diaby). La responsabilidad ante lo sucedido trastocará la vida de Laida, quien se lanza a buscar respuestas.
Asier Urbieta (Altsasu) firma su ópera prima con esta película que mezcla cierto aire de thriller internacional con un acercamiento a la vasca al cine social directo y de contrastes de Ken Loach. Así, la idea es combinar una historia particular muy concreta para apelar así de frente una reflexión política más amplia, que en este caso lleva incorporada una reflexión sobre el alcance de la acción del individuo frente al sistema y una crítica directa a las políticas (anti)migratorias asentadas hoy en Europa.
La isla de los faisanes se lleva la idea de lo fronterizo a prácticamente todo lo que tiene que ver con lo narrativo y lo estético, balanceándose entre tonos naturalistas, arraigados al cine social europeo, y otros más de género, en concreto del noir norteño e incluso del thriller policíaco, con el que coquetea conscientemente. Por eso mismo podría caerse por cualquier de los lados, y se agradece aún más que no lo haga.
Condición de denuncia

Asier Urbieta busca hacer lo más natural posible la difuminación entre una cierta equidad en la representación de la realidad de sus personajes con los dilemas éticos y políticos que quiere tocar. Aquí está tanto lo ‘lavertiano’ (Paul Laverty, guionista habitual de las películas de Ken Loach), en eso de ir de lo particular a lo general, como la insistencia de Urbieta de explorar las contradicciones de sus protagonistas, que son, a la vez, las de los propios espectadores.
Porque la pasividad de Sambou ante la tragedia, pese a que sea moralmente reprobable, podría ser la de cualquiera. De hecho, es una traslación, muy a lo extremo si queremos, de la actitud general que tenemos ante la pérdida diaria de vidas en el Mediterráneo o en cualquier agua internacional. La actitud de Sambou nos choca más porque entendemos que él, por raza y origen, debería de estar especialmente sensibilizado con el tema. Con este plantemiento, La isla de los faisanes asume su propia condición de cine «de denuncia» y se atreve a relacionarse con ella desde distintos puntos de vista, incidiendo en sus inconsistencias y dudas sobre qué punto de vista hay que reflejar.
La isla de los faisanes y la salvadora blanca
En ese retrato espejo aparece la principal cualidad del guión de Urbieta y Andoni de Carlos: el cuestionamiento de la posición moral y el propio complejo del «salvador blanco» (en este caso, hablando del personaje de Laida, salvadora). No solo por cómo se tiene que enfrentar a los muros de un sistema que la acaba por deshumanizar también a ella, sino porque tiene que enfrentarse a sus propios privilegios adquiridos.
Comprensiblemente, Laida no entiende que Sambou no haya actuado ante el ahogamiento. Pero tampoco logra comprender que priorice el hecho de no querer profundizar en el tema, lo que supondría también volver a colocarle la etiqueta del «vasco negro», en una sociedad que permanentemente lo sitúa en ese margen —es el Baltasar de los Reyes Magos y se le apoda como «Iñaki» (Williams)—. Y ahí está lo interesante de la posición de Laida, legítima y sensible al otro, pero también ajena a la posible dicotomía que vive la persona a la que quiere.
Al final, como en el cine de Ken Loach, la toma de conciencia colectiva también marca el desenlace emocional. Y eso lleva a la película a un final más ligero que el que su propio tema llevaría a calcular o que el que proponen artefactos «necesarios» para la limpia de conciencia como El salto (2024). La isla de los faisanes es una película bien enfocada, que evita la tentación de regodearse en el drama migratorio proponiendo una mirada más compleja —y, por tanto, crítica— frente al mismo.

Arturo Tena