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La consagración de la primavera: Atreverse a ser incómoda

La película de Fernando Franco, a concurso en San Sebastián, está protagonizada por Valèria Sorolla en un gran debut cinematográfico

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La consagración de la primavera cuenta la historia de Laura, una joven mallorquina estudiante de Química en Madrid cuya vida cambia cuando conoce a David, un chico algo mayor que ella con parálisis cerebral, e Isabel, su madre. Los problemas y necesidades de unos y otros parecen complementarios, lo cual se combinará con el proceso de descubrimiento personal de la propia Laura. Lo que ocurre es que quizás todo lo que va a encontrar en el camino no es lo que ella espera. Ni tampoco David.

Hay tantas películas o series que afrontan temas como los que atraviesan esta película y los intentan analizar desde tal o cual perspectiva o dar una moraleja de algún tipo que sorprende, y por ello se agradece, que exista una como esta. El filme te explica más o menos todo desde un punto de vista muy concreto, pero no concluye nada. Simplemente te dice, toma, aquí lo tienes. Esto es así, o al menos lo es desde la experiencia de estas personas. Tú verás lo que piensas de esta historia.

La consagración de la primavera, aparte, es una película muy bien filmada, basada en gran parte en la interpretación de Valèria Sorolla, que aguanta del tirón todo el metraje con un primer plano persiguiéndola, además de un par de escenas vamos a decir que no «comprometidas», que aquí no somos tan horteras, pero complicadas.

La consagración de la primavera y las expectativas

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Si a uno le hablan de una película de festival, con el director de La herida, que trata sobre una joven en pleno proceso de encontrarse a sí misma y que lo logra a través de su relación con un joven discapacitado y la madre de este, se espera otra cosa. Para empezar, algo bastante menos interesante, aburrido y desafiante que lo que finalmente se encuentra. Tampoco es, como puede parecer en algún momento, una historia de amor atípica o algo así de, en el fondo, bienqueda. Es una especie de reflexión en voz alta sin respuesta, porque cualquiera que se dé sería un atrevimiento.

Se trata de valorar La consagración de la primavera por lo que es. Y lo que es puede resultar bastante incómodo, porque después de casi dos horas acompañando a la protagonista en sus cuitas, es inevitable hasta cierto punto adoptarla un poco en su desnortamiento vital y sentimental y resistirse a que nos caiga mal o a juzgarla. Porque si se quisiese hacer una sinopsis sin piedad de la película se podría hablar de una chavala de un pueblo perdido de Baleares a la que sueltan en un Madrid repleto de fornidos donceles, es un poco como abrirle toriles, y la pobre no sabe a qué agarrarse, literalmente.

Lo que pasa es que no, no va de eso, o no solo de eso. La película es muy consciente de las expectativas que puede crear su forma de presentarse o de la lectura superficial que puede tener el argumento. De manera que cuando trata la sexualidad de las personas con discapacidad, en este caso un hombre joven con parálisis cerebral, lo hace sin morbo o sentimentalismos, pero tampoco con la vaselina de la comedia amable tipo Las sesiones (2012), de Ben Lewin, aunque compartan muchos elementos. Por el camino Emma Suárez deja una frase que su personaje lanza a otro pero que en realidad el guión nos coloca a nosotros delante: esto pasa, esto es así, y es mejor entender por qué que ponerse a juzgarlo o moralizar con buenismos.

Perder las formas y conservar las maneras

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Así, La consagración de la primavera tiene un discurso también muy incómodo sobre la dependencia o el altruismo y hasta qué punto relaciones como las que vemos que se explican aquí tienen más que ver con el egoísmo que con la verdadera conexión con otras personas o la consideración de estas en un plano de igualdad. La catarsis de Laura respecto a David, de hecho, no puede ser más, en el fondo, egocéntrica, y por otra parte, comprensible dadas sus circunstancias.

Por otra parte Franco maneja bien que la dirección aparezca y desaparezca de la historia según le convenga desarrollar unos elementos u otros. Si, como apuntábamos, la mayor parte del metraje se centra en el rostro y las reacciones de la protagonista, siempre en planos muy cerrados, en las conversaciones con otros personajes principales de repente la cámara decide moverse y jugar con el encuadre en función del toma y daca, e incluso esconder alguna expresión cuando la reacción que interesa, realmente, es la del público ante lo que está pensando en ese momento.

En resumen, La consagración de la primavera es una muy buena película, en la que Fernando Franco demuestra no solo un gran pulso como narrador consciente de las necesidades de lo que quiera expresar, también una voz autoral madura para abordar temas complejos y presentarlos de manera poco complacientes con lo que espera el espectador. Es también una reflexión sobre la empatía, su ausencia ocasional y la necesidad del conocimiento de uno mismo, en el que a veces nos llevan ventaja quienes menos lo esperamos. Y también es un reto para el espectador: el de pasar por ella sin emitir un solo juicio.

Imágenes: La consagración de la primavera – Nueve Cartas/David Herranz

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