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Críticas

Karmele: Un drama histórico sobrio entre el clasicismo y el esquematismo

La película sobre Karmele Urresti y Txomin Letamendi, represaliados por el franquismo, brilla en su cuidado estético y en el uso de la música como memoria colectiva, pero pierde fuerza al encajarse en moldes narrativos demasiado fáciles
Crítica de 'Karmele', película de Asier Altuna

Karmele (Jone Laspiur) y su familia, tras haber sido encarcelado su hermano, huyen a Francia tras ser expulsados de su casa por las tropas franquistas durante la Guerra Civil. Allí Karmele será contactada por los vascos en el exilio, interesados en sus habilidades musicales como herramienta de visibilización de la lucha. Así es como conoce a Txomin (Eneko Sagardoy), un trompetista profesional también muy movilizado políticamente. Ambos se enamoran de inmediato.

Drama histórico como mandan los cánones, para lo bueno y para lo malo. Es lo que ha planteado Asier Altuna en Karmele, una historia de amor, represión y compromiso a la vasca que adapta la novela La hora de despertarnos juntos, de Kirmen Uribe, que a su vez recupera la historia real de los represaliados Karmele Urresti y Txomin Letamendi, que desde luego daba para libro y película.

Urresti y Letamendi fueron militantes del Gobierno Vasco en el exilio hasta prácticamente los años 50, incluso llegando a colaborar con la OSS (la antecesora de la CIA). Altuna ha convertido la historia de esta pareja en una película de altos vuelos, de hechuras clásicas, en las que brilla el compromiso político y la música, pero menos el molde y los esquematismos dramáticos.

La música como memoria en Karmele

<strong>Karmele</strong>: Un drama histórico sobrio entre el clasicismo y el esquematismo 1

Aunque quizá hace un tiempo eran más habituales (Salvador, Las trece rosas, Los girasoles ciegos, La voz dormida, etc…), este tipo de grandes dramas vinculados a la memoria histórica de las víctimas del franquismo aparecen en España cada vez menos. (el último, con viaje presente/pasado podría ser El maestro que prometió el mar). Karmele, en una lectura muy vasca, es uno nuevo.

Quizá por esa misma razón, Karmele se siente una película algo demodé y, por tanto, con el encanto que tiene lo que está fuera de su tiempo. Sus altos valores de producción (dirección de arte, vestuario, peluquería, sonido.. y, cómo no, la espectacular fotografía de Javier Agirre Erauso) hacen que no se caiga en el cartón piedra y se vea una época que resuena en tres dimensiones.

La novedad a la película, además del punto de vista de una mujer (los detalles machistas de Txomin son más o menos sutiles), se la pone el protagonismo que se le da a la música cantada y tocada en plano, que funciona como vía de escape para la madre patria perdida durante el franquismo. Altuna ya había demostrado su pasión por la canción popular vasca en Bertsolari (2011), y ahora lo vuelve a demostrar en esta película, que se deja llevar por la fuerza de la Eresoinka, el Coro Nacional Vasco en el exilio, o los cantos espontáneos que son todo calor y dolor. Es de lo mejor de la película.

Un molde que por cierto no deja de ser molde

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Donde Karmele no se eleva es en la descripción sociopolítica del momento y su amolde a la estructura dramática dirigida a provocar la emoción. El acercamiento de la represión franquista es demasiado perezosa: de malos muy malos, de contrastes visuales facilones y explicaciones esquemáticas para el espectador (¿dónde está el pobre hermano al final de la película?). Ahí, la condición de película acomodada a las certezas más básicas del público nacionalista local pesa demasiado. Entendámonos: no es suavizar o blanquear el franquismo, es encontrar otras formas para explicarlo que se salgan de un manual demasiado sobado.

No ayuda tampoco a mitigar la sensación de molde preconfeccionado la sucesión continua de elipsis, una herencia literaria que corta la construcción dramática para privilegiar la simple narración expositiva de los hechos. Hay demasiadas cosas que contar al público, y eso desemboca en una parte final que, pese a que se prepara para el drama, no llega del todo a las emociones que busca.

Aún así, las decisiones de Altuna (no forzar la música extradiegética, evitar el flashforward, la solemne secuencia final…), ese empaque histórico y el esfuerzo de sus dos actores principales —aunque el Txomin real tuviese 15 años más que Karmele— hacen que la película se sostenga hasta el final de una forma digna, pese a todos sus atajos.


Dónde ver

Arturo Tena

Arturo Tena

Graduado en Periodismo por la Universidad Carlos III de Madrid. Escribe crítica y análisis de cine desde 2010 y es socio de ACCEC (Associació Catalana de la Crítica i l'Escriptura Cinematogràfica). Después de trabajar en CTXT, desde 2018 dirige el medio especializado Cine con Ñ.