Críticas
Inmotep: ¿A qué había venido yo a la cocina?

Inmotep sigue a Marc, un conductor de alquiler, uno de esos que va a los aeropuertos o estaciones con carteles con el nombre de la persona que tiene que recoger, que un día encuentra un mensaje pidiendo socorro en la parte de atrás de una tarjeta corporativa de uno de sus clientes. Mientras aprende italiano y se echa novio, Marc investiga quién era el misterioso agente inmobiliario que dejó la petición de ayuda, ahora aparentemente desaparecido excepto por un cuadro a medias de una pintora… que se lo vuelve a encontrar en imágenes de stock.
La película de Julián Génisson tuvo su estreno español dentro de la sección competitiva Las Nuevas Olas Ficción del Festival de Sevilla en 2022 tras pasar por Róterdam. En el pase que pudo ver este redactor, como suele ser relativamente habitual en este tipo de festivales, la mitad del público sabía a lo que iba y la otra mitad no, así que se combinaban bufidos de estupefacción con carcajadas sinceras y otras un poco por cumplir, como de demostrar que se estaba pillando el chiste. Nada que el propio filme no vea venir, aunque no le importe mucho.
Ahora llega a Filmin, que se siente un poco por su hogar natural dado el tipo de público al que aspira, en un contexto en el que la realidad la vuelve cada vez más de actualidad. Su propio director ya comentaba en redes que no tenía miedo a la IA porque muchas películas que se estrenan ya parecen hechas con ella. Inmotep es la respuesta a ese miedo un poco antes de que estuviese instalado en la conversación, aunque hable más de las imágenes de stock y otras perversiones antes que de la famosa inteligencia, o ausencia de ella, artificial y natural.
Inmotep te deja congelado en la imagen

Génisson, parte del colectivo Canódromo Abandonado, como se lo suele citar, se mantiene en el estilo independiente y experimental de sus anteriores trabajos rodando un filme en el que las pocas voces que se escuchan son todas grabaciones distorsionadas de una forma u otra y la información nos llega por mails a medias, whatsapp indiscretos o notas en libretas. El resto son sus personajes tapados bajo una música hipnótica que parece de video institucional o de ascensor y contribuye al ambiente de irrealidad sobre la construcción de las imágenes cuya misión es ser genéricas.
Ojo, que Inmotep es «rara», digamos, pero no inaccesible. «Lo que pasa» se entiende el 90% del tiempo, incluido que el personaje de Luis García Luque está como un cencerro porque lee a Jordan Peterson y no capta la sutileza con la que el karma lo invita a limpiarse el culo con él. Y esto no es metáfora. Una vez se aceptan las reglas extrañas de su universo, de hecho, lo mejor es dejarse llevar.
Porque en su trama de surrealismo modernito y tecnológico, con decisiones creativas e intencionadas que en Comunicación Audiovisual en mis tiempos suponían el suspenso en cualquier trabajo de clase, hay una reflexión sobre las imágenes de consumo rápido y la imposibilidad de captación de una emoción real a través de ellas. Como tampoco le apetece llegar a ninguna conclusión tajante, otorga a uno de sus personajes un final feliz, y aunque acabe atrapado en otra dimensión, no estará solo.
Inmotep, el primer agente inmobilario

La película arranca definiendo el ‘efecto umbral’, una de esas explicaciones más o menos psicológicas a lo «fallo en Matrix» que nos indica por qué a veces al cruzar una puerta se nos olvida lo que habíamos ido a hacer. Presuntamente el cerebro, abrumado por la cantidad de información que le llega de manera constante, subdivide nuestros quehaceres en pantallas de videojuego, y cuando pasamos por un umbral entiende que al cambiar de ambiente cambiamos de tareas pendientes. Por eso se nos olvida lo que habíamos venido a hacer a la cocina.
Todo esto se mezcla con el costumbrismo, la hipercompetitividad y las falsedades del mercado inmobiliario, el insomnio del personaje de la pintora —que está ahí parece que solo accesoriamente, pero luego no veas— y los viajes entre dimensiones. Salpimentado con guiños al público habitual de este tipo de cine que incluyen desde el reparto hasta cameos en efigie de otros como Luis López Carrasco, el director de El año del descubrimiento.
Y bueno, en fin. La cosa es que Inmotep confía en nosotros como espectadores pero tampoco deja que nos vengamos arriba con su humor surrealista, ya que da por sentado que veníamos hipnotizados de casa. Por eso realmente esta película no nos podía dejar peor de lo que estábamos antes y acaba en continuará, porque todo siempre continua. Sobre todo lo de seguir cruzando puertas y no tener muy claro ni para qué.

Jose A. Cano