Cine clásicoCine español de los 80

Gay Club: Ser LGTBI también se podía disfrutar

Primer artículo sobre joyas LGTB del cine español a rescatar. Esta comedia de Ramón Fernández fue pionera en reflejar a gays desde una «postura amable» y divertida en 1980

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En noviembre de 1980 se estrenó en los cines Gay Club. Lo que a simple vista podría tratarse de una de las tantas comedias que realizaban Ramón Fernández, Mariano Ozores y compañía en la época resultó ser una particular y más que aceptable película en la los protagonistas son unos chicos homosexuales de pueblo que deciden abrir un negocio, un bar gay. El director era el propio Fernández, el mismo que había dirigido No desearás al vecino del quinto (1970), con ese personaje gay tan bochornoso, caricaturizado y ofensivo interpretado por Alfredo Landa. Los cambios que se estaban produciendo en España también se empezaban a reflejar en el cine. 

Antes de Gay Club, Eloy de la Iglesia ya había realizado Los placeres ocultos (1977) y El diputado (1978), Pedro Olea había dirigido Un hombre llamado Flor de Otoño (1978), pero podría decirse que Gay Club fue de las primeras películas -si no la primera- donde el retrato que se hace de los homosexuales es completamente natural y, lo más importante, los protagonistas no son unos tristes. Tienen sus problemas, claro, pero el desarrollo de los personajes no se construye ni se sustenta únicamente en la desgracia, sino también en el disfrute. Antes de los maricones contentos de Almodóvar o de Félix Sabroso y Dunia Ayaso en los 90, llegaron los de Ramón Fernández. 

La primera comedia española gay-friendly

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El escritor Alejandro Melero apunta en su libro Los placeres ocultos: Gays y lesbianas en el cine español de la transición, que Gay Club es la primera comedia española gay-friendly, «que muestra una postura amable, e incluso activista, con respecto a la homosexualidad«. Y sí, uno de los valores añadidos que tiene la película es que no es solo divertida sino que hay lugar para una cierta reivindicación, sobre todo en la parte final. 

Estamos ante una comedia muy gay por varios motivos: el más relevante es que los protagonistas son tres amigos de un pueblo andaluz que deciden poner un negocio en el local de otra conocida suya. Dos de ellos son amigos gays (interpretados por Francisco Algora y José Álvarez), que no se esconden y se tratan con cariño y se hablan en femenino si así les apetece, y la tercera es la amiga mariliendre (interpretada por Josele Román) que les apoya en la aventura de abrir el primer bar gay en un pueblo copiando así los bares que ya había en ciudades grandes. 

La película tiene una homofilia clara; no tiende a ridiculizar a sus personajes sino que están interpretados con gracia y sin sobreactuación. Esto es muy importante recalcarlo porque los años 70 están marcados por incluir en filmes cómicos al típico mariquita estereotipado con pluma siendo esa es su única característica. Aquí hay pluma -y mucha- pero no es negativa y no es lo único que se destaca de los personajes. Esa es la diferencia más relevante con el cine anterior: se nota que quisieron esforzarse por hacer un retrato fiel. Personajes entrañables, con una verborrea muy graciosa, que tienen el apoyo de su entorno y también, porque sino no sería un reflejo fiel de la época, el rechazo de cierto sector reaccionario del pueblo.

El reflejo del contexto social de la situación LGTB en España

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Hay varias secuencias en las que se apuntan ciertas dinámicas sociales que se producían en torno al colectivo LGTB en la época. Por ejemplo, en el primer tramo de la película, los protagonistas van a visitar al director de un banco para que les preste un crédito y poder quedarse con el local en el que quieren montar el club gay . La respuesta negativa sirve de reflejo de cómo, aunque España estaba ya inmersa en una democracia, aún no todo estaba conseguido, ni muchísimo menos

Otro acierto del guión es mostrar, aunque con cierta tendencia a ridiculizarlos, personajes indignados por la consecución de los avances dentro del colectivo: es el caso del cacique del pueblo, un abogado interpretado por José Lifante, que busca cualquier tipo de excusa dentro de la ley para detener la apertura del local. Estos personajes -como otro interpretado por Manuel Aleixandre- son la representación del antiguo régimen, reacios pero resignados ante la nueva realidad.

En un momento de Gay Club, uno de estos personajes sintetiza cómo la situación de los homosexuales había mejorado y no podían hacer nada contra ello: «Mientras las cosas sigan como están no podemos hacer nada. Por lo menos antes, si los quitaban de la Ley de Vagos y Maleantes, los ponían en la de Peligrosidad Social, pero ahora, desgraciadamente, no tenemos de dónde agarrarnos». En un diálogo simple, el guionista Manuel Vidal resumió la evolución positiva de España en el tema de derechos LGTB.

En otra escena, dentro del club gay ya abierto, uno de los transformistas que aparecen en el escenario bromea con la aún difícil situación que se vivía dentro de las salas de espectáculos, de cómo la policía podía entrar en esos locales de ambiente, acusarlos de escándalo público y detener a los artistas. Al final, eso acaba ocurriendo también en la película. La intención, pese a que Gay Club sea una fantasía divertida, era ser veraces con la realidad del país, los retos pendientes y los avances imparables.  

Activismo y visibilidad divertida en Guy Club

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La película se vuelve más militante en el tramo final, cuando se celebra un juicio tras acusarlos de escándalo público en el local (la única artimaña que los caciques del pueblo se pueden inventar para cerrarles el negocio). Primero hay que destacar la aparición de Florinda Chico como la madre cómplice que apoya a su hijo gay (interpretado por José Álvarez) y se siente además orgullosa. Qué importante era incluir este ejercicio de visibilidad y aceptación en una película de 1980. Pero lo reivindicativo viene del personaje interpretado por Francisco Algora, Tony, que declara ante el tribunal la situación que vivían los homosexuales: 

«Los homosexuales ya estamos acostumbrados a que se nos condene, no por lo que hacemos, sino por lo que somos. Desde niños, nos humillan, nos desprecian y nos persiguen. El solo hecho de ser homosexual, en el mundo machista en que vivimos, ya constituye en sí un delito. Por eso, aunque hayan quitado la homosexualidad de esa ley llamada de Peligrosidad Social, seguimos padeciendo la misma represión que antes por parte de personas a las que, desde toda la vida, les inculcaron el miedo, el odio y el desprecio ante nosotros». Este monólogo es muy potente y sorprende muchísimo, para bien, que esté dentro de una película claramente comercial. 

Lástima que después de 40 años no tengamos muchos más ejemplos de filmes de este corte: el colectivo LGTB también necesita sentirse representado en películas divertidas y no solo en dramas sobre el hecho de ser LGTB. Gay Club fue pionera en este sentido. Es una pena que no esté actualmente disponible en ninguna plataforma digital (los derechos del filme los tiene José Frade) y que desde hace muchos años no se haya emitido en televisión. 

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