Críticas
Frontera: Judith Colell encuentra refugio en el alambre

Stills de 'Frontera'. ©Andrea Resmini. Montaje: ©Cine con Ñ
Frontera es la que hay con la Francia de Vichy en un pequeño pueblo fronterizo del Pirineo catalán. La gestiona Manel Grau, un funcionario que busca tapar su pasado republicano con diligencia y buen trabajo. Cuando los judíos que huyen de los nazis intenta cruzar la frontera y encontrar un respiro en España, se toparán con las autoridades alemanas, en connivencia con los poderes de la España franquista. Pero tanto Grau como otros habitantes del pueblo no están dispuestos a negarles el paso a los refugiados.
Película a caballo entre el drama y el thriller histórico, Frontera se mete de lleno en la interesante historia real de los ‘pasadores’ españoles que ayudaron a los refugiados judíos que huían de la prisión y el exterminio durante la Segunda Guerra Mundial. Es una historia paralela a la de El fred que crema (El frío que quema) (2022), ambientada en el mismo año pero en Andorra, ahora centrada aún más en describir la mecánica de las redes de ayuda para salvar a estas personas en la frontera.
Dirige Frontera la veterana Judith Colell (Elisa K, Nosotras), que lleva al cine este oportuno guión de Miguel Ibáñez Monroy (Els encantats, Las distancias) y Gerard Giménez (guionista de programas televisivos y radiofónicos). Lo hace con hechuras clásicas en su reconstrucción histórica, sin complicarse la vida en su estructura pero con algún que otro detalle que hace olvidar sus atajos y líneas más básicas.
La frontera de la época

Donde la película gana más enteros es en su reconstrucción de época. El ambiente de miseria rural de la posguerra, aunque quizá un poco extraexprimido para la ocasión, está bien contextualizado en las imágenes y el trabajo general para conseguirlo (fotografía, arte, vestuarios, etc…) acompaña y mucho. La sensación espacial de la película, tan importante para la sensación fronteriza, está conseguida para que luzca en tres dimensiones.
En general, en Frontera se siente algo importante: la pesadumbre y el miedo provocados por la Guerra Civil, sobre todo para los que se habían colocado del bando perdedor. Lo que espesa la película es el silencio impuesto, un motivo socorrido a la hora de tratar el primer franquismo, pero que no siempre se describe bien. Y aquí se hace con cabeza, incluso incorporando una perspectiva de género: son las mujeres valientes las que rompen el círculo, mientras los hombres asumen una posición algo cobarde. Responsable y entendible, pero también cobarde.
Quizá la parte final de la película es menos satisfactoria en cuanto al in crescendo del thriller y un poco más complicada de creer en la sucesión de los hechos, pero aguanta porque esta atmósfera construida sí es verosímil, y Colell se preocupa de verdad por introducirnos en ella. El peso del cine de la época de Agustí Villaronga (Pa negre, Incerta glòria) se nota, pero para bien.
Unos personajes en el alambre

A darle entidad a Frontera ayudan también la forma de encarar a los personajes, que no van tan directos a los arquetipos de siempre. Por inesperado y ambiguo destaca el personaje del Guardia Civil interpretado por Asier Etxeandia, pero también se ve un mínimo esfuerzo por no presentar a los nazis como simples malvados de cómic (Joren Seldeslachts aguanta el tipo), sino en ir un poco más al detalle y verlos como piezas intermedias de un tablero mucho más grande.
En general, hay una preocupación real por la dimensión dramática de los protagonistas. Para el timón anímico y de dignidad de la película es decisivo el matrimonio entre los personajes de Miki Esparbé y María Rodríguez Soto, y sus dinámicas funcionan. Más esquemáticos son los de Bruna Cusí y Jordi Sánchez. Ya sea por mal dirigidos, mal escritos o mal ejecutados, sus interpretaciones desentonan un poco.
En general, Frontera es una película histórica bien compuesta, que se mantiene fiel a no cargar demasiados las tintas pero sin confundir un cierto academicismo —Colell haciendo honor al puesto— con brocha gorda. El resto lo hace el atractivo de unos hechos que ocurrieron realmente y que, además, tienen un pertinente eco actual —tan evidente que, en un gesto didáctico innecesario, no hace falta que te lo repitan al final en los créditos—.
Dónde ver

Arturo Tena